Hay personas que causan revoluciones en uno.

Brilla, y lo hace de forma única. Todos brillamos, pero él lo hace como nunca nadie brilló. Su luz encandila mi razón y todo lo que veo es resplandeciente. No hay oscuridad, puedo contemplarlo todo.

Me hace seguirlo y lo hago con gusto. A veces hasta sin cuestionar. Se convierte en un guía para mí, y lo atractivo del asunto es que también me deja guiarlo. Vamos iluminando el camino juntos.

De repente su luz, se empieza a mezclar con la mía, comienzan a complementarse entre sí, se vuelven una sola.

Y ya no me pertenezco a mí, sino que pertenezco a un nosotros.

Pero no quiero perderme, porque la luz demasiado resplandeciente puede llegar a quemar, y el miedo a quemarse se vuelve grande, así que lo combato, empiezo una guerra dentro de mí. Una guerra que pierdo, porque no se puede luchar contra lo que tiene que ser.

Entonces me dejo llevar, y me doy cuenta que su luz, no es dañina. Descubro que no me pierdo, si no, por el contrario, me encuentro nueva.

La revolución termina. Como todas, dejó sus consecuencias.

Soy yo, más yo que nunca.