El Sí y el No en Colombia

El manejo de la información en el plebiscito para apoyar o no el Acuerdo Final de Paz entre el gobierno colombiano y las FARC-EP

Un remordimiento me acompaña desde que supe que no podía votar: no haber participado en el referendo del 2 de Octubre de 2016 sobre los Acuerdos Paz de Colombia entre el gobierno y las FARC-EP. Sólo las personas inscritas para las elecciones de 2014 podían hacerlo y en esa ocasión no tuve motivación alguna para inscribir mi cédula y menos para hacer un viaje costoso y largo a un consulado que me ha resultado poco útil.

El valor de un voto fue claro para mí en las elecciones a personería en el colegio. Los resultados fueron, si no me falla la memoria, 344 frente a 347, o una diferencia de dos votos. Perdí y sabíamos que tres de las personas más cercanas durante la campaña no votaron. Al final fue mejor para mí, ya que las expectativas de las niñas en el colegio de monjas en que estudié era que cambiaran el blazer por una chaqueta, y que las excursiones no fueran a Choachí sino a Cartagena. Ninguna de las dos dentro de mi agenda. De todas maneras entendí que todo voto vale.

En el 2006 voté por primera y única vez hasta ahora como colombianos en el exterior. Pagué dos viajes al consulado de Sydney, que quedaba a dos horas de la ciudad en que viví, uno para inscribir la cédula y la otra para votar. Esa vez voté guiada por el miedo, por la rabia, por la mano firme y corazón grande, voté por Álvaro Uribe Vélez. Él había mostrado resultados que me permitían soñar con viajar por Colombia, con atravesarla sin miedo y conocer esos bellos lugares de mi país que sólo podía acceder a través de libros y documentales. Me dejé llevar por esa promesa. Pero después comenzó a destaparse todo, o comencé a enterarme de los medios con que se lograban los resultados. Las historias me hacían sentir culpable y triste, pero también insegura. Cuando leía las crónicas sobre la guerrilla, el paramilitarismo en las revista Semana y Cambio podía despertarme a media noche luego de una pesadilla al respecto. Si estábamos en la finca, en Fusagasugá, era impensable caminar hacia Pasca o hacia el río porque de pronto algo iba a pasar.

En el 2010, a sabiendas de que saldría nuevamente del país por término indefinido, participé activamente en la campaña por Antanas Mockus. Era la primera vez que me sentía identificada con alguien en el mundo de la política y quería que esa fuera de alguna manera mi aporte para un país mejor. Me gustaba su transparencia y consistencia en el discurso. Me involucré en campañas maravillosas que no se quedaban en la palabra sino pasaban a la acción. Acompañada por mi mamá, fuimos a Usme a entregar libros y a hablar con la gente junto a otros entusiastas del mediático y peligroso término La Ola Verde. Durante esa jornada, algunas personas nos escuchaban pero también otras nos insultaban desde lejos.También conversamos con otras que estaban decididas a no votar. Gente que no cree en la política, que considera el voto como una manera de legitimizar y apoyar a unos gobernantes que no llenan sus expectativas y definitivamente no los representan. Fue interesante escuchar ese discurso. Estas personas tal vez pertenecen a ese no sabe no responde, esa parte de la población que se hace sentir porque falta.

Esa campaña tuvo también la novedad de incluir por primera vez en Colombia la participación de la gente en las redes sociales. Ella descubrió que no solamente podía ser amistosa con ideas, sino también mezquina. Que podía tergiversar el mensaje y hacer que este se expandiera, ya sea por identificación, popularidad, o simple irresponsabilidad. La poralización, tan útil para los medios y tan peligrosa en un país como Colombia, se manifestó sin treguas. Sacó lo peor de cada grupo. Incluso recuerdo que Antanas le llamó la atención a sus seguidores. Las caricaturas verbales y visuales de ambos lados me parecían grotescas. Para aportar algo de mi creación, inspirada por un espontáneo ejercicio de décimas con algunos amigos de Facebook, creé algunas para apoyar a la propuesta en la que creía. Santos, candidato en ese momento, transformó la estrategia de campaña y sin o con su conocimiento, permitió que de Mockus y su programa de gobierno se dijeran cosas horribles. En algunas zonas del país comenzaron a circular panfletos y vallas en que se asustaba al pueblo con mentiras que después se convertían en sus razones para votar en contra, pero no a favor de una propuesta. Dada la popularidad y su amistad con Uribe, Santos se apoyó en la imagen de quien era el actual presidente para debilitar la campaña del partido verde.

El día de las elecciones, estuve desde muy temprano en mi mesa asignada como representante del partido. Durante la jornada veía llegar mucha gente mayor a votar; posiblemente por Santos pensaba. En la mesa, entre los jurados de votación, también él tenía simpatizantes. Me costaba entender esa identificación y por primera vez me enfrenté a la posibilidad real de ser una minoría. El común denominador de quienes votaron por Santos era la fidelidad a Uribe y a su seguridad democrática. Ese día mientras hacíamos el conteo y escuchábamos los resultados sentía que ese sueño de una Colombia en que el fin no justifica los medios se iba desvaneciendo poco a poco. Santos subió a la presidencia con una máscara y al día siguiente yo sólo lloraba.

Desde la distancia, aunque evitaba leer noticias de Colombia porque me recordaban un trago amargo de mentiras, seguí de vez en cuando las noticias sobre las lentas conversaciones en La Habana y me entusiasmaba cuando de vez en cuando escuchaba sobre prosperidad en el país. Las elecciones de 2014 no me generaron mayor interés, aún así me sorprendieron los resultados de Zuluaga. De él no había oído hablar y si bien Santos no es carismático, le ganaba a Zuluaga con creces. Así que lo vi como un maniquí de Uribe. Aunque ganó Santos, que era la opción más pacífica, nuevamente me sorprendió la voz del pueblo; la sombra de Uribe presente y ahora también de viva voz en el Senado.

El 26 de Junio de este año esperé con emoción la ceremonia de presentación de los acuerdos de paz. Expresé por primera vez públicamente mis pensamientos sobre el tema y encontré eco entre algunos amigos y desconocidos. Me parecía increíble y emocionante lo que estaba ocurriendo. Cuando habló el comandante de las FARC-EP, Rodrigo Londoño alias “Timochenko”, por momentos no pude evitar sentir desconfianza en sus palabras pero aún así me hice a la idea de creer, creerle, creer que Colombia puede estar en paz. Un mes antes de la firma oficial de los acuerdos programada para el lunes 26 de Septiembre, estuvo a disposición el acuerdo final. Al respecto, la oposición expresaba en los medios que el tiempo dado para leer el documento, de casi 300 páginas, era muy poco. Descargué el documento y en realidad no lo encontré difícil de leer, aburrido, lleno de sustantivos extensos que luego se convertían en siglas, pero no es un documento difícil de leer. Algunos medios hicieron explicaciones relámpago de los diferentes puntos entre los que adiviné dos serían muy controversiales: el dinero que iba a ser entregado a los miembros de las FARC-EP para reintegrarse a la sociedad y el tema de las penas. Es verdad, son concesiones muy grandes, además que era difícil creer que las FARC-EP no tenían dinero; sólo un día antes de la votación anunciaron que harían un inventario de sus recursos económicos con el fin de reparar a las víctimas. Mi optimismo era mayor y se basaba en que cuando se hace un pacto, se tiene que ceder.

Además de la población que es apática a votar, el hecho de la manera confusa en que el proceso se mediatizó sugiere la hipótesis que una parte de la población, que no escuchó mucho de la filigrana, pensó que su voto no valía, que el acuerdo ya estaba firmado. ¿Habría también dentro de quienes no votaron personas que confiaban que una de las opciones ya era la ganadora? ¿Se confiaron los del SÍ o en el bajo umbral de votación para ratificar los acuerdos? A pesar de que estuve alejada de la red social que me conecta con Colombia durante septiembre, noté al reconectarme que en su mayoría, o al menos quienes compartían entusiasmados su elección, iban con el SÍ. Todo eso lo viví intensamente el 2 de octubre; incluso antes de que Colombia despertara ya se sentía el positivismo y las bandera colombiana llenaba mi muro de noticias con las fotos y mensajes de los colombianos que viven en Europa. De todas maneras, con la experiencia de la Ola Verde y de la mala espina que le tengo a las encuestas tenía mucha ansiedad de que el NO se manifestara con fuerza. Sumado a esto, las noticias del mal tiempo en Colombia se convertirían en una excusa más para no ir a votar.

Siguiendo el proceso, había leído que Uribe se quejó de que el gobierno, apoyado por los medios, estaba mostrando la opción del SÍ como la única viable. Algunos ejemplos de esto podrían ser que la revista Semana la había escrito sola en su portada y El Tiempo había hecho un especial en que diferentes personas hablaban sobre sus recuerdos de la guerra y porqué le daban el SÍ a la paz. Ese era el discurso que los simpatizantes del NO, con Uribe a la cabeza, criticaban. Días después comenzaron a aparecer las dos como opciones viables. ElEspectador.com hizo un especial muy pedagógico con preguntas para los promotores de ambas opciones y de acuerdo con sus respuestas uno elegía con la que estaba de acuerdo y al final se recibía una puntuación. También durante la transmisión de la firma del acuerdo de paz en Cartagena dos personajes contrarios opinaron sobre la ceremonia y los discursos. Esa transmisión, si no decisiva, pudo haber inclinado la balanza hacia el NO para los indecisos. En las dos alocuciones de Timochencko, tanto en la Habana como en Cartagena, su discurso parecía más de campaña política y triunfalismo que de conciliación y arrepentimiento. Ese no era el tono que los colombianos queríamos escuchar, que merecíamos escuchar. A esta ceremonia se refirió Jaime Bayly en un escrito titulado ‘El crimen si paga’ publicado el 30 de Septiembre en su página ‘El Francotirador’ y que el Centro Democrático y Alvaro Uribe compartieron el mismo día en sus cuentas de Twitter. Es claro que Bayly habla desde la cómoda perspectiva del no-político, del extranjero, del controversial, pero sus palabras pueden ser también las que algunos colombianos pensaron durante la transmisión:

“La fotografía me dejó triste, descorazonado: el presidente colombiano Santos, estrechando la mano del terrorista Rodrigo Londoño, alias Timochenko, sellando la rendición de la democracia colombiana ante los chantajes de las Farc, y detrás, con aire imperial, el dictador cubano Raúl Castro, de guayabera, apadrinando el pacto innoble. Pensé: por lo visto, el crimen sí paga: las Farc secuestraron la paz de Colombia durante medio siglo, y Santos les ha pagado un oneroso rescate, amnistiándolos, jubilándolos, desplegándoles alfombra roja para que ocupen lugares de honor en el Congreso, y tejiendo un enrevesado proceso judicial, a cargo de magistrados seguramente extranjeros, diseñado para que los terroristas, pobrecitos, no pasen un solo día en la cárcel.” (Bayly, 2016)

La escritura de este párrafo es bella, elegante, enfática, sugestiva, al igual que todo el artículo, pero el mensaje es igualmente peligroso al que critica. Este tipo de reflexiones apelan al rencor, a la venganza, aunque también se podría leer que apelan a la justicia ¿pero de qué justicia se puede hablar en una guerra que no es de años sino décadas? Me llamó la atención un comentario, también muy bien escrito, del señor Ivan García un día después del referendo. Él se refiere a sí mismo como perteneciente al grupo de “los ingenuos”, los que a sabiendas de lo condescendientes de los acuerdos, estuvieron a favor. Creo que el SÍ fue efectivamente de los que ya estamos hartos, hastiados, desesperados.

Debates con argumentos hacen falta en Colombia, por eso considero provechosas y enriquecedoras las discusiones que motivó el acuerdo, así fueran en diferido o cara a cara. No sé qué tanto alcance tuvieron, pero fueron un gran aporte de los medios electrónicos y un ejemplo de argumentación y promoción para tener un criterio propio. En contraste, cuando el NO ganó, salieron otros mensajes a relucir que también pudieron determinar su imposición. Apareció entonces un sector de los electores que no votaron por el tema que se estaba dialogando, sino en contra o a favor de los abanderados de cada opción, guiados por rencores pasados, o descontentos con el actual gobierno. Desde la lejanía no entiendo muy bien ¿qué tienen que ver unas cartillas del Ministerio de Educación con los acuerdos de paz? Otro tipo de mensajes de odio y temor también hacían ver el SÍ como una opción riesgosa para el sistema político y la institucionalidad y un riesgo de que Colombia se fuese a parecer a Venezuela. Me topé con un fragmento, que aquí traduzco, de una entrevista privada que le hicieron al general Nazi Herman Göring, durante los juicios de la segunda guerra mundial y que fue consignada en Los Diarios de Nuremberg (1947), libro del sicólogo y miembro de la inteligencia de E.E.UU. Gustave Gilbert. La conversación tuvo lugar en la celda de Göring, el 18 April de 1946, durante el período de tres días en que los juicios se suspendieron por las celebraciones de pascua:

“Volvimos nuevamente al tema de la guerra y dije que, contrario a su actitud, yo no creía que la gente común estuviera muy agradecida con los líderes que los llevan a la guerra y a la destrucción.

“¿Por qué? Por supuesto, la gente no desea la guerra.” Göring se encogió de hombros “¿Por qué querría un pobre holgazán en una finca arriesgar su vida en una guerra cuando lo mejor que puede obtener es regresar entero? Naturalmente, la gente del común no quiera la guerra, ni en Rusia, ni en Inglaterra, ni en Estados Unidos, ni a ese respecto en Alemania. Eso se entiende. Pero, después de todo, son los líderes de un país quienes determinan la política, y es siempre una simple cuestión de arrastrar a la gente, así sea en una democracia, o en una dictadura fascista, o en un parlamento, o en una dictadura comunista.

“Hay una diferencia” advertí “En una democracia la gente tiene algo que decir al respecto a través de los representantes electos, y en Estados Unidos solamente el congreso puede declarar guerras.”

“Oh, todo eso está bien y es bueno, pero, la gente siempre puede ser traída a las órdenes de sus líderes. Eso es fácil. Todo lo que tiene que hacer es decirles que ellos están siendo atacados, y denunciar a los pacifistas por falta de patriotismo y por exponer al país al peligro. Eso funciona de la misma forma en cualquier país.” (Gilbert, 1947)

El objetivo de incluir esta cita no tiene la intención de relacionar la afiliación política de quien lo dice con los personajes de Colombia, tampoco estoy hablando de guerra, la incluyo porque muestra claramente una estrategia de manipulación; porque es así como se han manejado las campañas políticas en Colombia, con miedo, con rabia. Y es esta por lo general el arma que usan con mayor intensidad quienes van mal en las encuestas o se han quedado sin argumentos o sin razones fácilmente comprensibles. Es la estrategia en que todos hemos caído de alguna manera. Es la estrategia que mueve masas. Es la que le funcionó a Uribe, a Santos en su primer mandato, y la que funcionó ahora en el referendo. Uribe capitaliza muy bien el temor. Su cuenta de Twitter muestra material para persuadir todos los oídos y temores, como cuando compartió el 28 de Septiembre un artículo de Telesur en que el grupo ETA en España lamentaba no haber llegado a un acuerdo como el que se había firmado en Colombia. Este tipo de información tan cerca de las elecciones hubiera aparecido al momento en que fuera a ejercer mi derecho al voto. La estrategia del NO, fue confirmada por el propio gerente de la campaña Juan Carlos Vélez Uribe en entrevista al diario la República en octubre 5 de 2016 en las sección Asuntos Legales:

“La campaña del Sí fue basada en la esperanza de un nuevo país, ¿cuál fue el mensaje de ustedes?

La indignación. Estábamos buscando que la gente saliera a votar verraca.

¿Cómo fue la estrategia?

Descubrimos el poder viral de las redes sociales. Por ejemplo, en una visita a Apartadó, Antioquia, un concejal me pasó una imagen de Santos y ‘Timochenko’ con un mensaje de por qué se le iba a dar dinero a los guerrilleros si el país estaba en la olla. Yo la publiqué en mi Facebook y al sábado pasado tenía 130.000 compartidos con un alcance de seis millones de personas.” (Ramírez, 2016)

Estas declaraciones, que a diferencia de las de Göring no están dentro de un contexto de juicio, sino por el contrario fueron entregadas con total libertad y hasta con orgullo, demuestran la facilidad con que se juega el destino de un país a través de la manipulación, que también se le criticó a los del SÍ, aunque esta campaña se centró en la reconciliación. Göring y Vélez coinciden en lo fácil que es mover a la masas en función del interés de sus líderes sobre todo si se alude al peligro. La coincidencia no es feliz, es lamentable. Es triste constatar los medios para lograr los objetivos.

Tal vez lo más desgastante de todo este proceso es que el discurso y el debate en el país siga enfocado en lo básico. Pareciera que no pudiésemos salir de eso, como dicen algunos, pasar la página. Que los cuatro años, sumados a fallidos intentos de principios de los ochenta, no fueran suficientes para haber cumplido la tarea para siquiera arrancar. Seguimos trabajando en las columnas del edificio y no podemos ir hacia arriba, construyendo. Es como quedarse en la infancia y no salir de la etapa del balbuceo. Esa era tal vez la esperanza de los optimistas, quienes sin reparos y a pesar de saber que el acuerdo era condescendiente, lo apoyábamos; para que el proceso iniciara; para arrancar. Lo que pasó el domingo cuando se conocieron los resultados fue como encontrar una obstáculo inesperado en el camino. Había una ruta más o menos clara, pero algo se atravesó, una piedra, un tronco. Ese día, 2 de Octubre, desde el primer boletín informativo de la Registraduría poco después de las 4 pm, comencé a sufrir. Durante toda la primera hora de resultados me resultaba imposible creer lo que estaba ocurriendo. Era como mirar desde una cámara satelital a la tierra tomando un rumbo que no estaba prescrito. Dentro de la intimidad de la casa y la conversación con mis papás, comencé a echar piedras contra Colombia, contra quienes votaron NO, contra quienes no votaron, pero los que más sufrieron con este rosario de insultos fueron los que desperdiciaron el voto y lo anularon o no lo marcaron. ¿Quiénes fueron? ¿Por qué lo hicieron? A una pregunta de dos respuestas le salieron cuatro, y la suma votos de las dos adicionales, tal vez, hubiese creado una respuesta más contundente; en realidad no. De todas maneras esos votos me dejan muchos interrogantes.

Cuando la victoria del NO fue clara, la pregunta inmediata fue ¿y ahora qué va a pasar? El miedo se apoderó de nosotros, porque si la ruta del apoyo de la sociedad civil hubiese sido afirmativa y contundente, el plan ya estaba diseñado; el otro camino en cambio estaba sin pavimentar. Dentro de mis contactos el panorama era desolador, un poco apocalíptico e irónicamente guerrerista. Muy despacio comenzaron a aparecer quienes votaron por el NO, quienes vieron la oportunidad para destapar sus razones, cantar victoria, y criticar la actitud de quienes apoyaron el SÍ. Era triste ver cómo la paz de Colombia se había transformado en una competencia. Al otro día, encontré pensamientos más profundos. Allí vi que el lado positivo de esta situación había sido la reflexión individual proyectada al bien común, porque la única alternativa cierta es mirar hacia adelante.

Luego de conocerse los resultados, las intervenciones del presidente y del jefe de las FARC-EP de que el cese al fuego era bilateral e indefinido, unidas a la convicción con la que los líderes del NO hablaban sobre la oportunidad de unos acuerdos más influyentes y justos, me dieron un poco de tranquilidad. Quizás esta era una oportunidad para corregir ¿aunque por qué hasta ahora?. Me indignó la respuesta del Centro Democrático cuando dilató la invitación de reunión extraordinaria para escuchar sus propuesta -Primero debemos leer el acuerdo- dijo Zuluaga. ¿Qué? ¿Hasta ahora no lo van a leer? ¿A qué se estaban oponiendo? ¿Por qué el poder, el ego y los intereses particulares se superponen a los del pueblo? Cuando la incertidumbre, la mención de la guerra en el discurso y la falta de claridad propositiva de las cabezas de la oposición se hizo evidente, algunas personas del NO se manifestaron para presionar y ambas voces de la sociedad que chocaron durante unas semanas e intensas horas encontraron que ambos querían un acuerdo por la paz YA. El 5 de Octubre deberá también pasar a la historia como un día en que la esperanza renació. La llamada Unidad Nacional de Santos, con la que inició su mandato seis años atrás, pareció ganar significado. En el palacio de Nariño las fuerzas contrarias se reunieron y en la noche universitarios en diferentes ciudades del país manifestaron su deseo de un acuerdo pronto.

Lo único claro dentro de toda esta incertidumbre es que hay una fecha, el 31 de Octubre, que todos los colombianos no queremos se convierta en la horrible noche.

PD. Cuando me pregunto porqué sentí la necesidad de escribir este texto se me ocurren varias razones. La primera porque necesitaba organizar de alguna manera en mi mente todo lo que he vivido en los últimos meses y días. La segunda razón es porque creo que es importante revisar el papel de los medios en este contexto. Y la tercera es porque considero importante compartir mis reflexiones con las personas que no han estado en este proceso, a las personas de Colombia, y las personas que no son colombianos que supieron de este importante momento de la historia nacional sólo por resultados del domingo, un resumen personal y reciente alrededor de las campañas electorales en Colombia. Otra razón para escribir, es porque he visto con tristeza cómo la sociedad se ha vuelto tan reaccionaria. La facilidad e inmediatez con que se publica y se comenta, si bien ha propiciado el intercambio de posiciones, también ha limitado el tiempo de digerir la información, además de normalizar el insulto, la grosería. Por ejemplo, la cita de Göring sería peligrosa para compartir en redes, con seguridad generaría comentarios desmedidos que cada sector acomodaría a su discurso. Por eso este ejercicio de escribir y leer, tal vez ayude a equilibrar la balanza de opiniones cortas y sin contexto en un país que no lee.

Para sonreír un poco, esta escena 33'38" -34' de la película “Perder es cuestión de método” (2004) del colombiano Sergio Cabrera.

Bayly, Jaime. Sep. 30 de 2016. El crimen si paga. http://www.elfrancotirador.com/el-crimen-si-paga/ Accedido en Oct. 06 de 2016

Gilbert, G.M. Nuremberg Diary. New York: Farrar, Straus and Company, 1947 (pp. 278–279) en http://www.snopes.com/quotes/goering.asp Accedido en Oct. 06 de 2016

Ramírez, Juliana. Oct. 05 de 2016. El No ha sido la campaña más barata y más efectiva de la historia. Entrevista a Juan Carlos Vélez Uribe. http://www.larepublica.co/el-no-ha-sido-la-campa%C3%B1a-m%C3%A1s-barata-y-m%C3%A1s-efectiva-de-la-historia_427891 Accedido en Oct. 06 de 2016

Revista Semana. Oct. 01 de 2016. Las FARC anuncian que entregarán bienes, Santos les responde. http://www.semana.com/nacion/articulo/farc-declaracion-de-bienes/496337 Accedido en Oct. 06 de 2016

Telesur. 2016. http://www.telesurtv.net/news/ETA-pide-a-Espana-y-Francia-negociar-un-acuerdo-de-paz-20160928-0039.html Accedido en Oct. 6 de 2016

Explorar, sentir, pensar, hacer, crear, descubrir, aprender. Es difícil para mí escribir mi Bio, así sea corta y sea bio.

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