Infierno de Polvo y Sol

En Parc Kadó terminan los más desesperados de los repatriados.

Por Benjamín Torres Gotay // Publicado originalmente por El Nuevo Día

ANSE-à-PITRE, Haití — El sol atiza salvaje en la espalda mientras Joselene Jean camina con cuidado entre las filosas piedras, abre la cortina que le sirve de puerta a donde vive e invita a mirar adentro. “Aquí yo vivo”, dice, en un español empapado de creole, sonriendo, sin que se note en su voz ningún rastro de amargura.

Adentro, en la opresiva oscuridad, entre la densa polvareda, en el calor infernal, apenas se ven los contornos de un catre improvisado, ropa colgando, múltiples cachivaches. Lo que ella llama su hogar es una caseta de lonas plásticas, telas viejas y cartón, puestas unas encima de otras sobre un esqueleto de ramas de árbol.

Aquí fue que terminó Joselene, de 46 años, tras toda la vida viviendo y trabajando como empleada doméstica en la República Dominicana. Allá, en el vecino país cuyas verdes montañas se ven a la distancia, podría estar todavía. Joselene está entre los 288,000 haitianos que pudieron regularizar su situación migratoria en el término dispuesto por las autoridades dominicanas entre noviembre de 2013 y junio de 2015.

Pero poco después de que terminó el periodo de regularización, empezó a oír muchas historias de haitianos detenidos arbitrariamente en la calle por agentes de la Dirección General de Migración (DGM) de la República Dominicana y expulsados a Haití sin proceso formal de apelación.

Joselene Jean, “Aquí yo vivo”, dice, en un español empapado de creole, sonriendo, sin que se note en su voz ningún rastro de amargura. (Fotos: Dennis M. Rivera Pichardo)

Empezó a sentirse señalada y hostigada. Le llegaron rumores de que, como en los tiempos del dictador dominicano Rafael Leonidas Trujillo, quien gobernó la República Dominicana con mano ensangrentada por tres décadas entre 1930 y 1961, en las noches salían hordas de dominicanos a atacar haitianos.

Tales ataques no han vuelto a ocurrir, pero para ella es lo mismo. La espada del terror había sido sembrada en su conciencia.

Dejó atrás su trabajo y toda la vida en la República Dominicana para cruzar a Haití, donde no tiene ya ningún familiar, y terminar donde terminan los más desesperados de los cerca de 100,000 haitianos que, voluntaria o involuntariamente, han salido de la República Dominicana durante el último año: en los campamentos de repatriados que se han multiplicado cerca de la frontera con Quisqueya.

“Allá en República Dominicana tenía vida. Aquí no hay vida. Pasan muchas calamidades en este país. Pero tenía miedo”, dice Joselene, quien tuvo cuatro hijos, tres ya fallecidos.

Joselene vive en el campamento Parc Kadó, cerca de la comunidad de Anse- à-Pitre, un enjambre de casetas de campaña como la suya, donde en este momento viven cerca de 2,000 haitianos y dominicanos descendientes de haitianos que, como ella, salieron de la República Dominicana a consecuencia de la política de repatriaciones puesta en marcha por el gobierno dominicano.

El campamento ubica en una llanura vaporosa, árida y tosca, de tierra rojiza e inerte vegetación. No hay agua potable, mucho menos luz eléctrica. No hay sistema sanitario alguno, ni servicios de salud. Los que viven aquí se bañan en un río cercano. No hay escuelas. La comunidad más cercana es Anse-à-Pitre, que es casi tan pobre como el campamento.

(Foto: Dennis M. Rivera Pichardo)

Niños sin nada

En Parc Kadó abundan los niños flacos, barrigones, desnudos, desnutridos. No siempre comen a diario. Casi nunca comen tres veces al día.

No saben lo que es un helado ni un refresco. Son niños que nunca se han puesto un pañal desechable, ni usado zapatos, ni chupado biberón, ni visto una película de Disney.

Nunca han visto un médico. Nunca irán a la escuela, a menos que alguien o algo los saque de este infierno de polvo y sol. Un varón vestía un mameluco de niña, sin saberlo. Otro tenía puesto un disfraz de Power Ranger, que en algún lugar menos hostil para la humanidad otro niño usó, quizás una sola vez, probablemente fue a un fiesta, recogió dulces, lo desechó y terminó por aquí, en una voltereta del azar, protegiendo del sol y del polvo a un niño que no tiene absolutamente nada más.

El destino de los niños de Parc Kadó y otros campamentos de repatriados, a menos que algo radical ocurra, es ser los que dentro de unos años les estén contando a periodistas de todo lo que no tienen ellos ni sus hijos. “Si yo hallo una vaina para trabajar, yo lo hago. Si hubiera escuela, yo iba”, dice Noel Donne, quien tiene 15 años, pero aparenta muchos menos.

En el campamento residen cientos de niños. (Fotos: Dennis M. Rivera Pichardo)

Frecuentemente, pasa por aquí el cura de una parroquia cercana con bolsitas de arroz que, dependiendo del tamaño de la familia, puede durar desde uno hasta varios días. A veces vienen organismos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), la Unión Europea o grupos humanitarios de Haití, la República Dominicana y Puerto Rico.

El gobierno haitiano les lleva la ropa donada por gente que jamás podrá imaginar cómo es el sitio donde terminó lo que a ellos les sobró.

La mayor parte del tiempo están a la intemperie, en una afanosa lucha de todos los días y todas las horas, por encontrar algo que llevarse a la boca o con qué cubrirse. “Ayer salí a conseguir qué comer y no conseguí nada”, dice Luce Lafleur, un dominicano de 33 años, hijo de haitianos indocumentados, que vive aquí con su esposa, Andrea Alexandre, y dos de sus tres hijos, tras ser deportados por no haber conseguido los papeles que les certificaran como quisqueyanos.

Luce llegó con sus tres hijos — una niña de once años y dos varones de tres y un año — pero al poco tiempo la niña se fue. “Una hermana mía vino a verme y cuando vio cómo yo estaba viviendo se echó a gritar y se llevó la niña con ella”, cuenta Luce. “Mi hija se pasaba llorando, preguntándome cuándo íbamos a tener una nueva vida y yo le decía: ‘mija, no te desesperes, que ya Dios nos va a ayudar’”.

Luce añorasu antigua vida en República Dominicana. Trabajaba en construcción, con un sueldo que le permitía alquilar en una pequeña casa en Santo Domingo, “con un patio donde me podía sentar a pensar”.

“Mi esposa tenía qué cocinar todos los días. Y a veces el domingo me decía ‘hoy no voy a cocinar’ y nos íbamos a McDonalds”, recuerda, sin poder explicarse todavía cómo terminó aquí.

25 años perdidos

Su vecino en Parc Kadó es Saint Louis Philomene, haitiano de 60 años, quien pasó 25 años dejando el cuero y la vida en los cañaverales de La Romana.

Viviendo en La Romana, a dos horas de Santo Domingo y sin medio de transporte, no pudo completar el trámite para regularizar su status migratorio. Su mayor preocupación es que fue deportado antes de cobrar su último salario.

Desde entonces anda tratando de encontrar a alguien que le lleve el mensaje a su jefe de dónde está para que le envíe el dinero que le adeuda.

Saint Louis Philomene, haitiano de 60 años, quien pasó 25 años trabajando los cañaverales de La Romana, República Dominicana. (Foto: Dennis M. Rivera Pichardo)

En Parc Kadó también malvive Nini Brasil, con cinco de sus nueve hijos. Dominicana, hija de haitianos, nacida en La Altagracia, llegó aquí tras ser detenida en múltiples ocasiones por agentes migratorios dominicanos en la localidad fronteriza de Pedernales, donde vivía y trabajaba como empleado doméstica.

“Yo les decía: ‘si ustedes me agarran diez veces, diez veces vuelvo, porque yo no tengo nada que hacer en Haití, yo soy dominicana’”, relata la mujer de 36 años. Pero se cansó del acoso. “No podía caminar la calle porque cada vez que salía a trabajar, me agarraban”, cuenta.

Nini junto a sus hijos. (Foto: Dennis M. Rivera Pichardo)

Sus hijos, dice, “no comen todos los días, porque ellos comen cuando yo hallo y a veces no hallo”.

En medio de la conversación, Nini divaga. A veces, dice, se deja adormecer por ideas extrañas. “Me entran pensamientos de hacerme algo mal’, dice, mirando al vacío. “Pero después pienso, si me hago al mal, ¿qué va a pasar con mis muchachos? Es el tormento que me tiene pensando así”.

El Nuevo Día visitó Parc Kadó un domingo, pero nadie lo había notado. Los afanes eran los mismos de todos los idénticos días.

Solo Joselene vio la diferencia. Temprano se puso sus mejores galas: un gorro tejido, una blusa de rayas azules, una falda larga de flores.

Se fue a la Iglesia.

“Eso es lo primero”, dijo, convencida, “pues sin Dios no hay nada”.

Publicado originalmente en El Nuevo Día. Domingo 10 de julio de 2016