El mito de la caverna de la ñoñez

Ya ha pasado casi medio año y entre tantas cosas que me han ocurrido hay una que creo que no seguirá para los siguientes años: ser ñoño. Y no me refiero a que deje de consumir anime, que no vea películas de superhéroes o cosas así, sino a sentirme parte de un grupo del que ahora lo siento lejano y estancado, porque los intereses y preocupaciones son otras. Y para peor: muchas de sus actitudes ya me parecen infantiles y hasta vergonzosas a tal punto que prefiero ocultar mis gustos si eso me permite no mezclarme con esa calaña de gente que ahuyenta mucho más a los que quieran iniciarse, aún cuando después salen en las redes sociales lamentándose que no los entienden o que piensan como “viejo senil”.

Y antes que venga el típico sujeto a decirme (porque ya me pasó esta semana) “ay, pero a mí me gustan las monas chinas y yo no soy así, porque blablabla…”, me refiero a ñoños en términos generales y a una tendencia que lamentablemente se está volviendo común en el público más joven. Y si usted, querido lector, no pertenece a esa descripción o es lo suficientemente humilde para reconocer sus defectos, ¡felicidades, no es parte del problema!

Cuando el ñoño es elitista

Cuando se es fan de algo que no forma parte de los gustos populares se tiende a elevarlo a niveles mesiánicos, sin importar la calidad del producto o si realmente merece toda esa atención. Y cuando pasa eso, el fanatismo se convierte en una suerte de culto y sus adherentes transforman todo en un código de patrones y conductas a los que sólo pueden llegar los “elegidos”: personas que deben cumplir ciertos patrones (en los peores de los casos, referentes a la persona) para formar parte de su grupo, porque sino lo hacen por moda y no deberían considerarse “fan” de esa cosa.

La descripción anterior podría encajar perfectamente con ñoños muchísimo más viejos que eran rechazados en los círculos sociales populares (¿o tal vez ellos mismos se ensimismaron como medida de protección?) y que eran los únicos que consumían esos productos. Pero incluso ahora, en una era donde la gente tiene acceso masivo a muchos cómics y anime, donde las producciones de libros y cómics famosos están a la orden del día (con resultados buenos o malos), con una biblioteca musical extensa y muchos aficiones masificadas, la gente prefiere encerrarse en su cubículo y que sólo los “elegidos” sean fans de lo que le gusta, porque el resto de las personas son posers y sólo les gusta por ser más popular o masivo. Pues adivinen: ni Stan Lee ni Hideo Kojima ni tampoco George R. R. Martin les darán una medalla por ser sus primeros e incondicionales fans y a ellos les importa poco que una chica le guste Metal Gear porque su primer título fue Metal Gear Solid V The Phantom Pain o porque ese niño de 12 años espere ansioso el estreno de Spiderman Homecoming sin haberse leído los 700 y pico números de Amazing Spiderman, porque hacen sus obras para todos y no para una secta.

Si hay algo de lo que puede enorgullerse Steven Universe es tratar a los fans como simples fans y no como sus jefes.

Cuando el noño es conformista

Una de las cosas que no le gusta al ñoño promedio es que le cambien sus productos, porque él siente que como lo conoció le debe gustar al resto de los que inicien (bajo sus parámetros, recuerden que los posers no están permitidos en su liga) y si le hacen el mínimo cambio o hacen algo basado en ello y no es una calca perfecta del material original, entonces es un acto traición a los fans de la obra que darían su vida, según ellos, para que la obra en cuestión exista. Por eso mismo miran con recelo que los productos nuevos buscan acercarse a públicos que, según ellos, siempre fueron ajenos al medio y que de hacerlo sólo alterían el status-quo de sus queridas obras.

Algo similar lo comenté en mi reseña de Gundam Thunderbolt, pero pasa en todos los grupos de fans. Y nuevamente: las empresas y los creativos no le deben nada a los fans, porque son meros números que acrecentan ventas, que permiten proyectar el éxito o no de un proyecto y sobretodo, personas como cualquier otra. Y cuando tu modelo a seguir son gente que odia los cambios, que tal o cual personaje debe seguir determinados diseños o colores PANTONE® porque sino no lo lee o que se creen una suerte de inversionistas por comprar tal o cual producto, lamentablemente están condenados a envejecer rápidamente, porque ese público no es eterno. Por eso tenemos ejemplos como DC Comics que tuvo que reiniciar, otra vez, su línea de cómics en vista que New 52 no les funcionó por culpa de los fans (incluso cuando estaban enmendando sus errores iniciales y sacaban buenos trabajos bajo esa línea, como Constantine The Hellblazer) o las constantes amenazas que han recibido en Marvel cada vez que hacen algo que remezca el panorama (como que Otto sea el nuevo Spiderman en Superior Spiderman o que Captain America sea un agente de Hydra), porque vienen justamente de gente que no tolera los cambios y que lamentablemente desemboca en algo mucho peor.

Cuando el ñoño es ensimismado

Una de las cosas más repudiables del ñoño promedio es que cree que lo que sale en las cosas que le gusta son un mundo completamente aparte, pero que sus reglas se aplican para la gente real, volviéndolo un ser desconectado con la realidad y reacio a que critiquen su medio si no es bajo sus parámetros. ¿Por qué creen que es tan difícil en un medio como el anime o los videojuegos, por ejemplo, realizar una crítica más allá de lo técnico cuando su propio público no es capaz de analizar el contenido que entrega o la filosofía de sus creadores al plasmarlo? ¿Por qué al momento que alguien dice la palabra sexista o racista todos se abanderan ciegamente al creador (aunque él no lo haya pedido) y no analizan siquiera el argumento para decir aquello, prefiriendo la fácil y vacía defensa de “lo hizo porque tiene libertad creativa”?

Y sí, la gente tiene toda la creatividad de hacer lo que se le antoje y sin rendirle cuentas a sus fans (y menos a los que no le gusta su trabajo), pero eso no impide que su obra sea intocable ni sea ajena a las críticas. Vamos, que si desean que los cómics, la animación, los videojuegos y otros medios sean considerados artes, no pueden quitarle su análisis político y social, porque no son obras creadas de la nada y así como a muchos les gusta buscar agendas políticas donde no las hay, tampoco pueden negar que todos los creativos son bañados por los sucesos que ocurren a su alrededor y los inspiran en pequeños o grandes detalles de su obra. Por lo mismo gente como Anita Sarkeesian tiene todo el derecho de criticar los tópicos sexistas en los videojuegos y hacerlo bajo sus propias reglas, así como hay gente que está en su derecho de rebatir sus argumentos y exponer en qué está mal y todo en un sano debate… lo cual es bastante distinto a amenazarla de muerte, sólo porque opina distinto a los ñoños promedio y pareciese que ser ñoño es también ser facha.

DOA es el ejemplo de saga que seguirá siendo conformista y mediocre porque los fans son conformistas y mediocres.

Lamentablemente esas tres cosas, si bien no afectan directamente, son detonantes para crear gente que es reacia a la realidad y que prefiere ocultarse en sus gustos y aficiones para no tener que tocar la realidad. Una realidad que ellos definen como nefasta porque el trato hacia a las mujeres es distinto al que ven en sus productos mayormente hechos por hombres heterosexuales, porque la gente trans no son como el fetiche de “mujer con pene” de su material pornográfico o porque muchos de los contenidos que ellos encuentran como normales allá fuera son cuestionables.

Y antes que salten con el argumento de la libertad de expresión y que hay problemáticas más importantes como los niños en África o la gente de Medio Oriente, ser así de conformista delimita el pensamiento crítico y los medios que aman seguirán siendo visto como productos para niños (o niños grandes que les gusta un hombre con los calzoncillos afuera) y que estos nunca se diversificarán porque sus fans lloran al primer cambio de color de piel de un personaje ficticio o porque dicen que los que consumen Lolicon son unos pedófilos y eso crea mala imagen a nivel internacional. E incluso si les dicen que su producto es discriminador o distorsiona la realidad, ¿qué importa? ¿Eso les impide amarlo y ser autocrítico? ¿O acaso es tan incompatible que la persona que es feminista y le gusta, por ejemplo Senran Kagura es hipócrita cuando le puede gustar por distintos motivos más allá del fanservice?

El problema del ñoño, básicamente, es quedarse refugiado en su cueva y no mirar lo que pasa allá fuera, irónicamente echándole la culpa al exterior por querer diversificar los contenidos a gente que inocentemente quiere adentrarse y que debe aguantar a sujetos con poco o nulo tacto social. Sin embargo, hay un pequeño consuelo para estos últimos: los ñoños no viven eternamente y las aficiones se adaptarán a nuevos públicos, les guste o no.