Daga en el pecho.

Uno.

Corría sintiendo que los pies le quemaban. Ardían con cada golpe que daban contra el suelo. El pelo marrón chocolate, lacio por esos días, subía y bajaba con frenesí, formando un océano de olas enfurecidas que chocaban contra la orilla, la espalda, minúscula, con las vértebras a flor de piel. Siempre delgada, siempre desgarbada. Las vitaminas que obligada tomaba para “comer bien” todavía podía degustarlas en las paredes de la boca, una boca abierta y largando aire caliente, agitado. Corría sin parar, abriendo y cerrando puertas, cansada, más imparable.

Dos.

La maratón continúa como una competencia contra el tiempo. Ningún espacio le convencía, quería el mejor. ¿Los armarios? Trillados. Sabía incluso a su corta edad que sería el primer lugar en el que buscaran. ¿Bajo las mesas? El sol golpearía sus extremidades dibujando contra el suelo de baldosas grises su propia sombra, su forma, la que perseguía sin cansarse todos los días al caminar por la calle.

Tres.

Observa como uno de sus competidores la observa entreabriendo un baúl y observándola con ojos divertidos. Se mofa de ella, puede sentirlo. La idea es buena, y una parte de ella se odia por no haberla tenido.

“Apurate”.

Da media vuelta. Se aleja a pasos incendiarios.

Se detiene frente a la puerta del baño. Sus pulmones parecen amenazar con estallar. Respira velozmente, y si alguien se hubiese percatado de que la velocidad con que su pecho subía y bajaba no era normal, era muy probable que nunca hubiese llegado siquiera a jugar.

Pero no había nadie. De modo que continuo.

Cuatro.

Al girar su cabeza y ver la puerta del baño cerrada ante sus ojos, de pronto estos se encienden como si alguien hubiese prendido una luz. Millones de destellos emanan de esos pequeños ojitos marrones.

¡Sí!

Abre la puerta tapándose con la palma de su mano la boca, para que sus perseguidores no sean capaz de captar las risas bajitas que emanaban de allí.

Cinco.

Hace a un lado las cortinas de baño, introduce su pequeño cuerpo en la amplia ducha y vuelve a cerrar las cortinas. Se ubica en la pose perfecta para no reflejarse en ellas y antes de darse cuenta allí esta: Hecha un bollito bajo la canilla, aguardando. Se siente vencedora, y sin embargo, la respiración no se ha normalizado. Sus pulmones, ahora semi-cerrados, expulsan aire de forma alarmante.

Ella no lo nota, es feliz en su escondite.

Seis.

Espera. Es consciente de que sus manos han comenzado a moverse sin que ella pueda controlarlo. Su mamá siempre dice que es friolenta, y asume que los mosaicos gélidos contra su piel son los culpables frente a los temblores. Su respiración es silbante. No la han encontrado. No aún. Todavía no han comenzado a buscar.

Siete.

Falta poco. Escucha como comienzan a contar más rápido, expectantes de encontrarlos a todos, de hacerlos perder. A ella no la encontrarían, lo sabe. Se regocija ante esa idea.

Ignora que ha perdido el total control de su pequeño cuerpo. Por alguna razón, la respiración cortada, los temblores que ahora han tomado sus piernas también, y el sudor frío que emana todo su organismo no la asusta. De alguna forma, es normal.

Ocho.

Nueve.

Diez.

¡Los voy a encontrar!

Ella reafirma su pose, hecha un bollito con la cabeza entre las rodillas y los bracitos rodeando sus piernas. Inhala, exhala, inhala, exhala. Tiembla. Sus manos se han convertido en canillas, llenando de agua las palmas y empapando con la fuerza de una tormenta de verano sus muslos.

Aguarda.

A lo lejos, advierte las risas de todos los que ya han sido encontrados. Los que estaban detrás de las cortinas, abajo de las mesas, en el baúl de madera en donde solían guardar cosas que ya ninguno recuerda. Todos se ríen allá afuera, en un universo que nunca será el suyo. Poco a poco ella se despega del mundo al que nunca perteneció. Desconoce que faltan tan solo un par de años para que llore escondida en el departamento de su abuela preguntándole por qué no puede ser cómo los demás.

La respuesta es: Jamas lo fue. Su falta de amigos, la vergüenza, la preferencia de leer y escuchar un disco antes que salir a tomar un helado con sus compañeras. En el fondo, sabía que se burlarían de todo lo que ella constituía.

¿Que nadie se percataba de que todavía no la habían encontrado?

Ese fue el primer día en el que fue invisible.

Desde entonces, esa misma invisibilidad fue la que más ataques desató, la culpable de un centenar de llantos. El saberse invisible y poco importante acudió en forma de la única sombra que la encontró ese día. Descorrió las cortinas, se sentó en cuclillas. Acarició sus cabellos que luego ya no serían lacios, y clavó en el centro de su pecho una cuchilla.

Cada vez que se sabe invisible, la herida vuelve a abrirse. Y de pronto duele ahí.

Sus pulmones se cierran. Sus manos sudan y tiemblan sin detenerse. Es incapaz de comprender que ocurre a su alrededor, siente que se morirá y que ya no le queda nada. Los ataques le quitan el poder de conectarse con la realidad. Queda en un estado de desconexión, sola como sola estaba en esa bañera, manifestando el primer de un millón de ataques.

La desesperación se plantó en ella como un árbol envenenado. Comenzó a sacudirse, asustada hasta del rostro indiferente que le devolvían los mosaicos de la ducha. Se levantó en un arranque de energía nociva que no pudo controlar. Se sentía como derrames de adrenalina amarga, negra como el color del petróleo, capaz de prender fuego todo su ser y dejarla en el suelo.

Se levantó en un arranque y en un arranque golpeó dos de sus vértebras con la canilla. Fue una explosión. La respiración se normalizó, las extremidades dejaron de temblar. Un dolor indescriptible comenzó a extenderse por su espalda, de la misma forma en la que se extiende el agua en un mantel cuando un vaso es derramado. Aulló de dolor y las lagrimas comenzaron a rodar por sus mejillas siempre pálidas. No sabía bien por qué lloraba, pero sabía que la desolación no era solo el resultado de darse cuenta que no podría dormir bien por varios días a causa del enorme hematoma que tendría.

La puerta del baño se abrió de un golpe y sus hermanos, una amiga de la infancia, la cual había invitado a hacer la tarea y que había sido la dueña de la idea tras el juego, acompañados por su abuela, acudieron en su ayuda. Le dieron la mano y la asistieron para salir de la ducha.

Entre lágrimas, ella se sintió algo mejor. Y sin embargo, al bajar la vista, pudo observar la sangre que sabría que nadie excepto ella vería. La sangre metafórica de la herida que tenía en el centro de su pecho. La cicatriz invisible de su temor a la soledad. La cicatriz invisible, el recuerdo de su primero. El primero de muchos.

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