Horror, Holmes.

Reseña. Sherlock T04E02: The Lying Detective.

Deja-vú.

El estreno del segundo episodio de Sherlock fue efectivamente eso: La sensación de estar viviendo algo que ya había vivido una semana atrás, cuando el año iniciaba y todos alzábamos nuestras copas dejando morir a otros trescientos sesenta y cinco días más, con la emoción vibrante de estar recibiendo unos nuevos, limpitos y sin estrenar. Sin embargo, inmediatamente después de que esta excitación y los respectivos saludos y deseos por un próspero 2017 se hubiesen extinguido, en mis redes sociales todo parecía indicar una sola cosa: El retorno de Sherlock Holmes era mucho, muchísimo más importante que dejar atrás un año bastante fatídico para todos.

En sí, esto no me resultó sorpresivo. Aquellos que alrededor del mundo optamos por iniciar esta demencial serie de televisión, ya sea hace un año, un mes o por el tan lejano 2010 sabemos lo que significaba recibir tres episodios más, tres nuevas aventuras y otros tres momentos en donde lo más valorable es el espacio cedido para que Benedict y Martin hagan de las suyas acompañados de una edición alucinante y guiones infalibles. Desde esta perspectiva, no era extraño que algo tan sobrevalorado como el cambio que (no) significa un año más ceda en importancia ante la oportunidad de poder tener una vez más a Sherlock Holmes y John Watson en nuestras pantallas chicas.

¿Con qué nos sorprendió, entonces, el retorno denominado The Six Thatchers? Con un viraje narrativo total basado en la decisión de profundizar tanto en Sherlock como en John por igual, ahondando en los aspectos no analizados de sus personalidades, mostrando sus debilidades, sus oscuridades y sus aristas para generar así un efecto antagónico en la audiencia al tener tener frente a nuestros ojos un Sherlock emocional y humano junto a un John que dejó de lado las cualidades que lo volvían un personaje ameno y cercano al público como elemento de contraste frente a un protagonista que busca constantemente alejarse del televidente.

El primer episodio funcionó entonces como un planteo: Se nos comunica a nosotros, los que nos hallamos del otro lado de la pantalla, que ha habido un cambio en la narrativa. Así como el capitán notifica a sus pasajeros si el avión va a desviarse o modificar su recorrido, en este caso los capitanes del avión que Sherlock significa, Mark Gatiss y Stephen Moffat, se sirvieron de The Six Thatchers para plantear las modificaciones e informarnos que, en esta temporada, lo que se buscaría es no solo ahondar en estos rostros que nos vienen acompañando por lo que ya son siete años (a pesar de la mucha distancia entre sus visitas a nuestras televisiones/computadoras) sino también generar un giro de trescientos sesenta grados tanto en uno como en otro.

La tarea esta vez fue de reforzar la propuesta. Afirmarla. El objetivo del segundo estreno, con tan solo una semana de diferencia después del primero, fue que el cambio decantara en los observadores. De llevarlo al máximo, tirar la cuerda hasta que no diera más. Cómo en todo lo que se ve una oportunidad de éxito tras una idea interesante excelentemente llevada a cabo, el siguiente paso es explotarlo. Y esto fue lo que se hizo con el segundo episodio: The Lying Detective.

Si, en efecto, el primer episodio consiguió removernos a todos de nuestras sillas, The Lying Detective constituye una patada de tal intensidad que en lugar de movilizarnos consigue dejarnos en el suelo, y me atrevo a decir que esto aplica para los escépticos tanto como para aquellos que no sienten especial interés por la serie. ¿En que radica esto? En que el segundo episodio de lo que puede caracterizarse hasta ahora como una cuarta temporada de excelencia no posee una sola falla. Tanto cinematográficamente como en términos de historia, esta nueva entrega podría ser comprendida como el mejor episodio de Sherlock hasta ahora. Y así ha sido definido por muchos.

Ahora, teniendo una serie de televisión en la que los errores escasean y tanto por su limitada cantidad de episodios como por el nivel de cada uno de ellos (se los trata como si se estuviera estrenando un largometraje cada vez que directores, guionistas, productores y actores se sientan a la mesa con nuevo material), ¿Cómo es posible que Sherlock continúe superándose a sí misma una y otra, y otra vez? Y posiblemente más importante, ¿Qué hace a The Lying Detective uno de los mejores episodios hasta el momento? La respuesta es tan obvia que cualquiera de nosotros, sin ser detectives, podemos dar con ella: No le falta absolutamente nada.

Este episodio actúa como un punto de conexión entre lo que significó Sherlock en un pasado y lo que significa ahora. Constituye un desafío en el instante mismo en que se propone tocar fondo, aventurarse hasta llegar al abismo para poder pegar el salto y romper con sus propios límites, con las barreras que ya se ha aproximado a delimitar en varias ocasiones. The Lying Detective parecer ser ni más ni menos que eso mismo: La antesala al golpe final, la caída del telón. Tocar fondo tan solo para volver como nunca antes. En pantalla vemos como, tras la fractura que produjo el primer episodio al finalizar (me abstengo de brindar información por poder considerarse aún como algo reciente), todos los personajes se hallan sumidos en el más terrible de las miserias. Todos ellos parecen haber quedado congelados, estáticos en un momento y un lugar que lejos está de ser la entrañable 221B Baker Street. Giros, cambios y virajes se detienen. La historia misma se halla de luto.

¿Qué queda entonces? El genio. El irrefrenable ingenio. El poder incontrolable de una inteligencia que no puede más que continuar manejada por la estática misma. La pregunta: ¿Tiene sentido semejante contradicción, más aún ubicada en el centro de la historia? La respuesta: Sí. Cuando nada más queda, la mente de Sherlock continúa allí, fomentada por haber convertido su cocina en un laboratorio de metanfetamina y drogas intravenosas, haciéndole un homenaje al Sherlock tradicional, el adicto al opio y la morfina. No podemos afirmar que Arthur Conan Doyle viese demasiado problema en intercambiarlas por sustancias un poco más modernas, dado el tono que tiene la serie y ya bien conocemos. La humanidad que ahora se ha derramado por sobre el personaje encarnado por Cumberbatch lo ha arrastrado de vuelva a la oscuridad, esta vez desde los sentimientos: El vacío, la tristeza, y por sobre todo, la culpa.

Con Sherlock bajo los efectos de todo aquello que es capaz de consumir, suministrado por su nuevo compañero de habitaciones, un drogadicto y traficante dicho y hecho, se presenta ante él un nuevo caso: En una noche tormentosa llega a su oficina una mujer joven asegurando que su padre le ha confesado a ella y a un grupo de colegas y amigos, no sin antes administrarles una droga que actúa sobre la memoria, su deseo de matar a alguien. No es esta revelación lo que sacude a la muchacha, sino el nombre del sujeto tras el cual su padre está detrás, junto con la terrible noticia de que, debido a la droga misma, no puede recordar exactamente quién es esta futura víctima. Y las cosas no hacen más que complicarse al descubrir que el progenitor en cuestión es Culverton Smith, un importante hombre de negocios con múltiples obras de caridad y organizaciones de ayuda para gente necesitada. Los medios lo aman, es venerado por el pueblo inglés y querido por cientos de personas. En otras palabras: Al ojo de la gente fomentado por su propia imagen mediática, Culverton es un santo.

Como es de esperarse, el caso es aceptado por un Sherlock que ahora trabaja solo. La distancia se ha erigido entre él y John Watson como el muro de Berlín dividiendo a Alemania, lo cual resulta fatal para un Holmes sentimental. Sin embargo, y como es de esperar, la unión no tarda en llegar, acompañada de la ayuda de un elenco que no puede desmerecerse. La serie la comandan Sherlock y Watson, pero a ningún lado irían sin Molly Hooper, Mycroft Holmes o la adoradísima Mrs. Hudson, quién claramente NO ES solo su ama de casa.

Un Sherlock oscuro, al borde de una sobredosis por lo que es un programa de hora y media acompañado por una versión de John que aún nos cuesta asimilar pero comenzamos a aceptar de a poco en un proceso de decantación lento, busca desenmascarar a quien se erige desde el inicio como un nuevo villano, y uno terrible. Bajo la interpretación impecable y totalmente brillante de Toby Jones, Culverton Smith cala profundo en aquella parte de nuestro cerebro generadora del verdadero y auténtico temor: Nos aterra. Y a medida que el episodio avanza empujado por un guion magistral a cargo de Stephen Moffat (que francamente, luego de guionar los mejores episodios de Doctor Who nos convence de que es capaz de cualquier cosa) hasta llegar al límite de la demencia, lo mórbido y hasta cierto punto, lo patológico.

Desde todo punto de vista, esta segunda entrega toca fondo. Sacude los sentimientos, penetra en callejones oscuros dentro de su propia trama y nos enseña un Sherlock que combina la tradición oscura del personaje a partir de sus adicciones y un poder de deducción e inteligencia inhumanas pero siendo manejado por los hilos del sentimentalismo y, en contradicción, la humanidad en su faceta más pura. Combina lo que conocemos junto con lo que se nos ha planteado a aceptar como el nuevo camino a seguir, refuerza lo exhibido hace una semana y al mismo tiempo, nos envuelve en una cortina de eventos psicóticos, desesperantes hasta el punto de no creer jamás las riendas que se han tomado y darnos la pauta de que, en exactamente una semana más, la serie romperá sus propios límites, acabará con sus barreras, nos dejará boquiabiertos.

Aunque con esto, ya lo haya logrado.