Tres apuntes sobre turismofobia

Estando como estamos en medio de dos o tres olas -una primera de calor, una segunda de visitantes veraniegos y una tercera de acciones contra el turismo de masas-, resulta oportuno echar la vista atrás sobre por qué vivimos lo que vivimos desde hace más de cincuenta años. Porque no fue el sol, tampoco la playa. El éxito no residió en un carácter “especial”, forjado por los siglos o por el triunfo de unos valores arcaicos de la mano de la victoria franquista. La transformación de España en uno de los principales destinos turísticos mundiales -que no potencia, eso llegaría, con matices, mucho tiempo después- tuvo que ver con hechos diferenciales mucho más prosaicos y políticos, tres principalmente.

Hecho diferencial número uno: para la industria turística internacional, y a diferencia de otros países de nuestro entorno, en el Estado español existía, después de la Guerra Civil, una posibilidad tendente a infinito de ahorrar costes, especialmente si hablábamos de salarios; los turoperadores que en los años 50 empezaban a movilizar enormes cantidades de turistas alemanes o británicos no hallaban en España los molestos sindicatos que garantizaban unas mínimas condiciones laborales como en Francia o en Italia.

Hecho diferencial número dos: si las posibilidades para recortar gastos eran infinitas, las de construir, desbrozar, arrasar y destruir tampoco estaban nada mal, sobre todo después de la Ley del Suelo de 1956; para levantar un hotel en primera línea de playa solo era necesario encontrar a una autoridad local “comprensiva y abierta al progreso”, algo muy habitual durante los tiempos difíciles en los países corruptos.

Hecho diferencial número tres: para que los factores anteriores funcionaran y el turismo internacional no naufragara en un estado semifallido -como ha ocurrido durante décadas en otros lugares-, se requería un gobierno que, consciente de su necesidad de divisas y reconocimiento internacional, no tuviera reparos en entregar enormes parcelas de soberanía a la industria turística internacional mientras disciplinaba a hosteleros, trabajadores, autoridades locales y, llegado el caso, la propia Iglesia.

Girón de Velasco, ministro falangista y promotor turístico

El gobierno franquista, que por aquel entonces (1955–65) huía hacia delante a lomos de la Falange y del Opus Dei, se convirtió sin querer queriendo en un firme adalid de una turistificación subalterna de la economía española, esto es, de la dependencia de los turoperadores extranjeros; esto es, de una identidad construida desde fuera; esto es, del destrozo urbanístico constante del litoral; esto es, de todo lo que quiere decir “subalterno” cuando hablamos del turismo. Claro que este entusiamo turístico nacía no solamente del amor por cuadrar la balanza de pagos del Estado, sino también la propia, y es que entre los vencedores del turismo encontramos muchos de los vencedores de la guerra.


QUÉ TIENE QUE VER

Claro que el turismo de masas labrado por el turoperador en los cincuenta y sesenta es muy distinto del turismo tan extremadamente polifacético que existe hoy en día. Pero sería demasiado atrevido ignorar que, para bien o para mal, ciertas características no han dejado de operar en nuestro modelo turístico, sobre todo porque no se han planteado alternativas serias.

Por ejemplo #1, el uso intensivo y extensivo del paisaje, que culmina desde principios de los 90 (1992, ese año) y sobre todo durante la última década con la masificación turística de los centros históricos de Madrid, Barcelona, Valencia y Sevilla, especialmente.

No se puede entender el fenómeno turístico en España sin la existencia del alojamiento turístico extrahotelero en toda su enorme variedad: Apartamento de alquiler (por particulares o por empresas), apartamento en propiedad, habitaciones de Airbnb,… la magnitud del llamado -a falta de mejores términos- turismo residencial adquiere una dimensión local prácticamente sin parangón en el resto de destinos turísticos mundiales.

Extraído de Luís Sastre Jiménez, ‘Simultaneidad e Interdependencia entre los flujos de ingresos por turismo y e
inversión extranjera en inmuebles en España’. Inversión extranjera en inmuebles (neta) en términos reales, nivel (escala
izquierda) y tasas de variación (escale derecha).

Porque este fenómeno no es casual, y siempre se manifiesta por las insuficiencias del modelo turístico español. El turismo residencial sobre todo extranjero se ha dado en tres grandes oleadas. La primera se levanta en los años sesenta y se prolonga hasta la crisis del petroleo de 1973–74. Son los años en los que el gobierno alemán considerará en el plano fiscal como inversión en países en vías de desarrollo la compra/construcción de vivienda turística en España mediante la Ley Strauss (1968). La segunda oleada (1977–1992) corresponde a la recuperación de aquella crisis y a la transición a un sistema político democrático que, sin embargo, poco modificó del modelo turístico; después del colapso del modelo basado en el turoperador en 1973–74 encarnado en la quiebra de Court Line, se pierde la oportunidad de revisarlo. Se opta, al contrario, por un modelo -el de construcción de vivienda turística- de muy baja rentabilidad y que favorece la depredación del paisaje. Pensemos que en Benidorm -tomada siempre como modelo de un turismo más hostelero y menos residencial- a finales de esta época los alojamientos de tipo residencial ya triplicaban a los hoteleros. La tercera y penúltima es la oleada que estalló con la burbuja inmobiliaria (1996–2008), hija del inmovilismo y de la Ley del Suelo de Aznar de 1996.

Torrevieja, por ejemplo

Esta tercera oleada de construcción turística masiva se confunde con el auge del turismo urbano contra el que se levantan ahora tantas voces, y es, además, la que hincha la corrupción actual. Ya desde los años ochenta, pero especialmente en los noventa asistimos a la aparición de candidaturas independientes locales que favorecerían el pelotazo y la especulación, siendo el GIL marbellí de Jesús Gil la más célebre, al tiempo que las agrupaciones locales de CiU, PSOE o PP se transformaban en sede de lobbies inmobiliarios y turísticos.

El 92, ese año

Los últimos coletazos de esta oleada se mezclan, asimismo, con la multiplicación de la presión sobre los centros urbanos. En cierta forma, desde 1992 y especialmente a partir de los dosmiles, los operadores turísticos reproducirán en los centros históricos de Madrid, Barcelona o Sevilla la presión sobre el paisaje que ya vivían los grandes núcleos del turismo residencial, como Torrevieja o Salou. Es en este contexto en el que los alquileres urbanos se desbocan, desaparece el comercio tradicional y la ciudadanía se convierte en una extraña dentro de su propia ciudad.

Por ejemplo #2. El modelo turístico del Estado español siempre se ha fundado sobre una rentabilidad muy baja. Si en los años del franquismo el paradigma fue el de hoteles baratos con trabajadores mal pagados y turistas transportados por turoperadores, en época democrática se ha evolucionado, con una gran diversidad, a que la base sean alojamientos no hoteleros que generan un consumo mucho menor y dejan una enorme cantidad de gastos (médicos, urbanísticos) a los poderes públicos locales. Esto es consecuencia de no haber sabido afrontar una regulación efectiva (y esto no son solo normas, también son controles) del propio modelo turístico.

Obras inacabadas en Las Palmas

En el fondo, nos hallamos ante el dilema de definir un modelo propio o mecerse sobre el que proponen los operadores turísticos internacionales, fueran los turoperadores en los 50–70 o los fondos de inversión especulativos, Airbnb (en cierta manera, también Uber o Cabify) o los operadores de cruceros en nuestros días. Booking cobra hasta el 30% de comisión a los hoteles, tributa en Holanda y en ciertas ciudades controla hasta la mitad del negocio en Madrid o Barcelona; la oferta de Airbnb supone hasta el 5% de los hogares (no los alojamientos: los hogares) en el Gòtic de Barcelona, cifra que se dispara hasta el 17% de la zona de Sol en Madrid.

Con estos datos, podemos decir que tenemos un problema que reproduce las quejas de los hosteleros locales en los sesenta respecto a los turoperadores, solo que trasladada y amplificada al corazón de las ciudades. Recordemos: la incapacidad de actuar sobre el poder de los turoperadores supuso una crisis sin precedentes durante la Crisis del Petroleo. La salida ante la inseguridad de estas compañías transnacionales consistió en apostar por el desarrollo salvaje del turismo residencial para ser menos dependientes. Es, tal vez, una lección de la que se podría aprender.

Por ejemplo #3 de los rasgos del turismo en España de los cuales somos incapaces de desembarazarnos. El turismo va al médico y éste le dice que tiene que cuidarse pero que está muy sano y muy guapo. Este diagnóstico vale para los años de pediatra y para los de madurez y vejez (o sea, hoy), con médico de cabecera, reumatólogo, traumatólogo y demás. El diagnóstico es, sistemáticamente, que el político ha hecho bien, que el modelo funciona, que tantos visitantes solo pueden significar que el régimen “de Franco/de la Constitución” nos ha brindado nuestros mejores años.

Sin embargo, también de forma sistemática, en los debates políticos y públicos vuelven ciertos diagnósticos “críticos” pero “equilibrados” sobre la necesidad de “el turismo de calidad”, la “desestacionalización”, la “sostenibilidad”, la “mejora de la formación y de condiciones laborales”, etc,. De modo invariable, estas advertencias se visten con disfraces de alternativas más o menos actuales (turismo cultural de los sesenta en adelante, turismo de nicho, turismo experiencial, etc.). La propuesta es que no hay otro camino: somos receptores de turistas y de ningún modo debemos cuestionar “El Modelo”, porque se nos agota el invento. Poco importa que llevemos debatiendo cincuenta años sin aportar alternativas que superen este debate, y que en 2017 la mayor parte del turismo extranjero en España sea aún de sol y playa.


LUGARES DE ENCUENTRO VACÍOS

Ha sido bastante habitual en la literatura científica más o menos crítica con los aspectos nocivos del turismo hablar de “no-lugares” (Augé) o, de manera más poética “lugares de encuentro vacíos” (Maccannell). Al referirse a este tipo de espacios, los estudiosos del turismo han pensado habitualmente en las gigantescas sucesiones de edificios de apartamentos y hoteles que encontramos en Miami, Okinawa, Torrevieja o Rimini; también, a las atracciones clónicas de los parques temáticos. Sin embargo, cada día más estos lugares definidos por la ausencia de personalidad, de relaciones sociales fuertes y estables son más habituales en los centros históricos de Barcelona, París, Roma o Nueva York. La turistificación expulsa vecinos, negocios y formas de vida del que durante siglos ha sido su centro de gravedad. Grandes metrópolis ven el destino de Venecia como el suyo probable.

Okinawa

Estos lugares vacíos se han ido construyendo en la periferia de cada país, en enclaves remotos -a pesar de la tendencia inexorable a acercarlos y cercarlos- donde el matrimonio inmobiliario-turístico comía piedra como el guiri come paella descongelada; mientras esto ha ocurrido de este modo, el mundo ha dormido tranquilo. Los movimientos y la perspectiva crítica han dormido tranquilos, fuera de eclosiones puntuales, muestras de un malestar que se labra pero no se traba. Era sencillo pasar de puntillas sobre los miles de kilómetros lineales de infamia, los cientos de miles de empleos precarios, los prostíbulos más grandes de Europa, y era sencillo para la mayor parte de la política de voluntad transformadora porque estaba lejos, porque no veraneábamos allí, porque nuestra perspectiva vital no era ni la del turista de masas ni la de quienes lo sufren. Al hacerlo, al esquivar este malestar, ignorábamos al turismo como la palanca principal -junto con la instalación de las bases americanas- por la que España se había reintroducido en el concierto internacional/occidental.

Ha habido que esperar a la implosión del modelo turístico de Barcelona -esto es, en el corazón de una metrópoli- y a la aparición de un movimiento organizado alrededor, del que las acciones de Arrán no son sino la última consecuencia, para que se vuelva a hablar, siquiera de modo epidérmico, sobre nuestro modelo turístico. Este debate, no obstante, solo puede fundarse sobre tres premisas:

  • Primera, el modelo turístico tiene que hablar de política y modelo de ciudad, país y estado, no solo de cifras, de empleos, de cuidados paliativos para quienes se ven expuestos a sus consecuencias más negativas. Esto significa, en parte, que alguno de los interlocutores de ese debate (a falta de otros, por lo menos, los poderes públicos) han de asumir el punto de vista de quienes se enfrentarán a las consecuencia de nuestro modelo de desarrollo dentro de veinte o treinta años.
  • Segunda: hace falta un modelo turístico general plural, no mantras o conceptos minoritarios o vacíos, y ese modelo necesita de objetivos. No solo, que también, de número de visitantes e ingresos, sino de tipo(s) de turismo(s), de sostenibilidad, de condiciones laborales, de soberanía sobre el propio modelo turístico y sobre el propio territorio.
  • Tercero: hacer políticas públicas implica buscar el mayor grado de consenso asumiendo a) que éste no siempre es posible b) que los responsables de estas políticas tienen un modelo en el que ciertas actuaciones son correctas y deseables y otras no. Esto significa que en un momento determinado ha de haber una política de incentivos y sanciones para los actores que intervienen en el turismo (vecinos, poderes públicos, operadores turísticos nuevos y tradicionales, turistas, etc.), especialmente para los más poderosos.

El reto es, por consiguiente, que las instituciones sean capaces de generar ese debate, definir ese modelo y actuar en consecuencia ante los agentes turísticos más poderosos. Aunque tal vez un logro más importante consistiría en que la ciudadanía sea capaz de forzar y liderar ese proceso. Es algo que está ocurriendo en Bretaña, en Italia y también en Catalunya y el resto del Estado.


TURISMOFOBIA, ¿QUÉ TURISMOFOBIA?

Costa Brava (Sta. Margarita. Girona)

Resulta complicado hablar de turismofobia para describir todos estos fenómenos que reformulan el turismo que vivimos. A pesar de que cada vez resulta más complicado hablar del disfrute de vacaciones dentro de la precariedad de nuestras vidas, el hecho es que la mayor parte de las personas que protestarán contra el turismo en un futuro cercano son o han sido turistas. De hecho, lo es la mayor parte de la ciudadanía. Es prácticamente imposible hoy en día no haber sido turista en un momento más o menos próximo en el tiempo. No hay un afuera del turismo y todos sentiremos un punto de afinidad con el turista contra el que, en teoría, se protesta, sobre todo con el o la que rasca días de vacaciones para disfrutar de un paréntesis, de un derecho cuestionado.

Porque en realidad el problema reside en un punto alejado del tópico de las chanclas con con calcetines y el coma etílico vacacional, y se sitúa en la posibilidad de que nuestras ciudades, nuestros paisajes y en general el mundo según lo habíamos entendido acaben rodeadas por franquicias orientadas al viajero y alquileres desorbitados.