La vuelta a la tentación en 80 palabras

En mi infancia provincial casi no había alegrías químicas como gaseosas y chicles. Sólo hardcore, sólo agua de frutas y manzanas desecadas de mis abuelas. De golpe, un lujo: un kiosco cerca de casa, con el nombre enigmático “Sortosonnocroma”. Ahí no vendían pan mas todo lo prohibido y deseado había en abundancia. Nuestra floreciente pubertad exigía historias de Love is. Hombres venían a por “yogur de papá”: vodka en vasitos plásticos de cien gramos hermosamente útiles para huertas en casa.