Desnúdame el alma

Desnudo mi cuerpo a diario y agradezco su vida. Analizo una a una mis imperfecciones, las odio, las quiero, las acepto; pero, las escondo.

Cargo las imposiciones sociales que pretenden decidir sobre él por medio de santas vírgenes, vallas publicitarias y miradas acusadoras. El peso me doblega.

Que si estoy a favor del aborto teniendo hijos, soy mala madre. Que si estoy en contra, soy mala feminista. Que si soy feminista y sufro por mi corazón roto, tengo doble discurso. Que si tengo un discurso, no tengo derecho a darlo, pero, todos lo tienen de juzgarlo.

El juez que dicta el monto de la pensión jamas podrá calcular lo que cuesta parir, lo que cuesta maquillar un golpe, lo que cuesta ignorar a la conciencia, lo que cuesta mantener el silencio.

Tengo hijos, el que quiero no los quiere ¿los quería yo acaso? ¿puedo juzgarlo acaso?
El nivel de desconcierto al convertirse en madre no se compara con la increíble revelación de reconocerte mujer después de que 3 seres de otro mundo salen de tu cuerpo y se alimentan de ti por sus primeros 12 meses.

“El tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos” Las opciones románticas se limitan a noches de motel, mensajes indecentes con los que no llegan a la primera opción y domingos vacíos. Los hijos crecen y la buena decisión de no imponerles otro padre, se vuelve deuda personal. Una soledad auto-impuesta.

Las marcas que el láser puede atenuar pero no remover se sienten más en el alma. Los juicios, las noches con el que te quiera querer por no quererse a si mismo, las esposas que nunca lo sabrán, el indicado que nunca llegará, la familia que no regresará. A esas, también las escondo.

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