
Veintitantos
Y estas tremendas ganas de ser
Cuando tenía 11 años imaginaba la vida de adulto como en las películas y pensaba que para ese entonces mi vida estaría totalmente resuelta. A los 24 estaría a punto de casarme como mi mamá, habría iniciado mi propio negocio como mi papá, viviría en un país muy lejano como mi abuela materna y habría encontrado al amor de mi vida como mi abuela paterna.
Hoy, al cumplir 26 años, nada de esto ha sucedido. En cambio, me he encontrado en situaciones, que después de varios tropiezos, me han construido y demostrado que los veintitantos han sido aún mejores de lo que jamás me hubiera imaginado.

A los veintitantos, aprendí a cuestionarme
Un día me descubrí perdida entre la gente que permití que entrara en mi vida. Dejé de darme amor porque estaba ocupada regalándolo por las esquinas: a los que lo exigían, a los que no lo necesitaban y hasta a aquellos que no lo pedían. Ahí estaba yo, fiel, dando a raudales y entre más daba, más me perdía — o como ahora entiendo, menos me quería encontrar.
Y entonces seguí cumpliendo años. El tiempo corría rápido y empezaron las preguntas: ¿Qué estaba haciendo con mi vida? ¿Qué era lo que realmente quería hacer? Así que sin darme cuenta, comencé por lo que ahora veo, muchos han hecho: me cuestioné.
Cuestioné mi estilo y cómo me vestía. Me volví adicta a tener algo nuevo cada semana, a ver pasar la tarjeta y a sonreír a la dependienta. Me descubrí en un intento desesperado por encontrar mi propia voz detrás de la ropa.
Cuestioné mi vida viajando los fines de semana. Quería encontrar en cada lugar al que iba una pista de quién era yo y qué era lo que quería. Me descubrí huyendo para encontrarme.
Cuestioné mi forma de amar entrando en relaciones complicadas. Comencé a desarrollar un patrón en el que atraía personas que exigían sin dar el mismo valor a cambio y ahí estaba yo, de nuevo fiel, dando a raudales.
Cuestioné mi compromiso trabajando. Luché por demostrar que no era una cara bonita, que mi cabeza valía más que mi cuerpo, nada era demasiado. Me reté intelectualmente para comprobar una y otra vez lo que valía.
Cuestioné mis sentimientos evitándolos. Decidí adentrarme en un mundo donde la vulnerabilidad no podía existir. Yo no sentía, y si lo hacía, me vertía en la comida.
Aprendí a cuestionarme para encontrarme. Encontrar a quien estaba detrás de la gente, la ropa, los viajes y las relaciones tóxicas. Encontrar a quien sentía — y no para castigarla por ello, sino para amarla más.

A los veintitantos, aprendí a respetar los tiempos
Y vaya que me costó. Me costó entender que cada vida va a su propio ritmo, que nunca habrá un tiempo definido para algo y que compararme contra otra persona sería lo más absurdo que podría hacer: ahí estaba yo, tratando de igualar las situaciones de mi vida contra las de mis amigas, mis compañeras, mi familia. Y es que cada vida es un mundo, y la mía, iba tan rápido como un tren en muchas cosas y tan lenta como un barco en otras.
Aprendí que mis tiempos eran perfectos porque eran míos y de nadie más — justo así, como yo.
A los veintitantos, aprendí a ser
Hubo un punto donde entendí que sentir me iba a permitir ver a la que estaba en el espejo pero no estaba lista. No quería estar lista para tener la responsabilidad de ser; de ser yo. Ser más que todo eso que de niña pensaba tendría a los 24, de sentir que el amor podría fluir a raudales sólo para mi, de ser la persona que quería y no la que los demás esperaban que fuera.
“Tú eres de esas niñas con las que uno se casa.” “Las que llevan el cabello corto seguro son marimachas.” “Siempre oculta cómo te sientes o los vas a espantar.” “Tu familia es libanesa, Diana. A ti te cambian por camellos y te buscan un esposo.” “¿Nunca has tenido novio? Algo está mal.” “La Ciudad México es horrenda y peligrosa, no entiendo cómo puedes vivir ahí.” “Nadie te va a querer si estás así de gorda.”
Tardé en aceptar que yo no creía en lo que los demás decían de las situaciones de mi vida. Fue así como poco a poco he dejado de creer en los paradigmas que traen consigo los demás. Y aceptando esto, me he permitido sentir, empezar a ser más yo; auténtica, libre.
Aprendí a ser para encontrarme. Impactarme de lo lejos que estoy de lo que hace algunos años pensaba que tendría, y aún así, sentirme mucho más cerca de lo que realmente debería de ser; ser más de lo que alguna vez pensé, sin adjetivos, ni bueno, ni malo, sólo ser.
Qué extraño es esto de crecer.

