Tenían que ser perros

Vivo en Freising un tranquilo pueblo alemán en un conjunto residencial para estudiantes alemanes y asiáticos ensimismados que muchas veces no saludan, muchas veces no hablan ni por skype, todas las veces obedecen las reglas porque no escuchan música a alto volumen. Supongo que deben tener audífonos poderosos, e inalámbricos.

El silencio es la constante aquí. Sólo los cuervos pícaros y juguetones se atreven a interrumpirlo. Tengo el plan de recorrer los corredores para saber si hay vida juvenil en otros pisos.

Hoy escuché algo diferente. Una presencia caótica hacia movimientos rápidos y extraños. Pasos que hacían un ruido sordo que sugerían movimientos exagerados llamaron mi atención. Una voz masculina y animada pronunciaba una palabra. Intuí una presencia canina.

Me animé a abrir la puerta, porque no veía nada por la mirilla. Lo sabía, me dije mientras sonreía, y veía no sólo uno sino dos perros, que alegraron con su loca presencia mi domingo. Emoción que se salía de sus cuerpecitos brillantes y se estrellaba con las paredes de este lúgubre corredor. Y fui muy feliz.

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