Flâneur


Los franceses tienen palabras para todo, una de ellas es flâneur. Significa caminante, sólo que con un sentido que yo no estaba acostumbrada a darle al caminar. El de pasatiempo.

Me parecía increíble que para alguien fuera un pasatiempo: «Es como si me dijeras que tu hobbie es respirar». Fue Diego quien me introdujo a ese concepto, no teórica sino prácticamente. Caminar en la Ciudad de México, caminar muchas cuadras para tomar el metro, caminar buscando lugares, caminar viendo a la gente, a los edificios, me duelen las piernas Diego, vamos a tomar un taxi ya por favor. Debo confesar que al principio me molestaba, y no poco:

Monterrey es una ciudad donde transportarse es bastante difícil, y cuando comencé a caminar de verdad fue cuando entré a la universidad. Kilómetros diarios, casi corriendo porque era tarde, cargando volúmenes de material de arte, con los zapatos incómodos, con la prisa por delante. Caminaba para subirme a un camión, para subirme a otro, para subir al metro. Caminaba con calor, esperando ya maldita sea, llegar a mi destino final. Luego mi padre me consiguió un carro y así esa tortura, ese infierno de caminar se acabó por muchos años.

Acababa de llegar hacía un par de semanas, el trabajo en el Barrio Antiguo de Monterrey. Conmutar en carro me dejó de parecer placentero, un montón de carros, un montón de personas siempre en esa zona, claxons, intermitentes, semáforos. Un dolor de cabeza estacionarse por al menos ocho horas, multas, llantas ponchadas, grúas, cuotas diarias. Extrañaba, después de un lustro de manejar un carro diariamente, la libertad de caminar. La envidia la sentía al ver gente salir del metro, tranquilos, con los audífonos puestos: sin claxons, intermitentes, semárforos. Sin multas, llantas ponchadas, grúas, cuotas diarias.

Forcé mis paseos en un principio por la incomodidad que representaba tomar el carro para ir por comida, para ir a pasear un poco por el centro de la ciudad. Las distancias eventualmente dejaron de parecer largas. Caminar pasó a dejar de ser solamente funcional. Había pasado tantas veces por esas calles, y esos lugares, pero solamente los había visto a través de las ventanas del carro. Era como si todo este tiempo hubiera visto esos empedrados, paredes y mosaicos a través de la televisión y por fin los estuviera conociendo de verdad.

Eventualmente llegó el placer de descubrir lugares, de explorar calles, de conocerlas de memoria, de tolerar más las distancias y de sentir una genuina necesidad de caminar para desestresarse. De que, con los zapatos correctos, esto podía pasar de ser una necesidad a ser un verdadero pasatiempo. Espero pronto podamos caminar más juntos, gracias Diego.

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