Intermitencia

Ochenta y tres, cincuenta y seis treinta y ocho noventa, el primer pitido monótono de la operadora y nadie contesta del otro lado de la línea. Los segundos vagan desganados entre el primer y el segundo pitido y el corazón se te hace un puño porque sospechás que nadie atenderá cuando después del tercer pitido caés en cuenta que estás solo hoy aquí, en un mar aglutinado de gente jalando coca y fumando mota, hasta la picha. Y recordás que estás con la panza vacía ya que ni has almorzado porque desde que enfermó la mama de Rebe ya no le aceptás bocado porque los sánguches se los tuvo que aprender a hacer ella misma y le saben a mierda. Pero a estas alturas de la noche ya da lo mismo: se acerca ya el cuarto pitido y la llamada languidece febrilmente en el mísero micromundo constituido por las cuatro aristas de la pantallita del celular así como si nada, como la cucarachita que acabás de aplastar cerca del caño y ahora se retuerce en su propia ínfima realidad de frío asfalto, tal y como se te retuercen las entrañas vacías todos los viernes a esta misma hora desde que rechazás la comida de Rebe que otrora una delicia pero ahora un suplicio porque doña Sandra ya ni de la cama se puede levantar. Se te acerca Fran desde el umbral que separa el barcillo del tremendo ecosistema de la calle en que estás inmerso: con un ademán, te invita a unirte a la fiesta mientras se restriega la muñeca contra la endeble nariz, en un crujido nauseabundo de cartílago que tal vez nunca se escuchó pero a vos te caló de oreja a oreja, de manera que se limpia los húmedos cristales blancuzcos que se derraman sobre la birra y se mezclan vertiginosamente con el alcohol espumeante.

Y justo cuando Fran abraza nuevamente la birra entre sus labios, la secuencia absurda de pitidos sufre una disrupción divina. Le decís que ya ahorita llegás, que no sea tan necio, que a fin de cuentas hoy no es día de coca, ni de mota. Ni es día de Fran, ni de Felipe o Sebastián. Y a decir verdad, tampoco es día de estar con Miche, la chiquilla flaquita del cuatrocientos quince que tanto le gusta a Diego porque le canta cancioncillas en un extraño pero divertido acento inglés después de coger y porque está flaquita. Y además es argentina, doble puntaje.

A Miche los tatas le pagan el apartamento quince del cuarto piso de una de las torres residenciales en La Sabana, del otro lado de la calle que las separa del Estadio Nacional. Por eso Diego llama a ese pequeño pedacito del cielo en tierra el cuatrocientos quince. “I will follow you tonight, I will open doors tonight”… Susurra melódicamente Miche, entre castaños mechones que discurren por sus mejillas y se funden graciosamente entre sus pequeños pero firmes senos de bronce caramelo. Y te encanta porque es argentina, con veintiún años recién cumplidos hace una semana. Te encanta porque es explosiva y te estalla precisamente en la boca, mientras se destila el alcohol dentro de tu garganta y percibís el tabaco en la puritica superficie de su cándida lengua extranjera. La engullís y te embriagás de ella, de los perfumes y los venenos que se expiden desde cada poro de su cuerpo como florcillas tóxicas brotando armoniosamente en un mosaico surreal de aromas y perversiones.