Si a usted le aquejan penas, viaje en metro

Fue el ingeniero Jaime Luis Domínguez el que había tenido la brillante idea. Después de estudiar urbanismo y movilidad social en París en los cuarenta con antiguos ex alumnos de Étienne Cabet y de otros desilusionados socialistas utópicos, decidió plantearle su revolucionaria idea al gobierno mexicano. La idea de construir un metro para la capital ya rodeaba el entorno pero el proyecto no tenía un encargado y estaba en la etapa de bocetaje. Domínguez lo sabía, el mexicano necesitaba, aunque era muy pronto para que se diera cuenta por él mismo, un transporte subterráneo como el francés sólo que éste debía cumplir otra función además de la movilidad colectiva. Su propuesta fue aprobada pocos años después y nació el metro de la Ciudad de México. La gente, ilusionada, creyó que era por su bien.

Descubrí la farsa cuando leí su biografía. El metro en realidad no había nacido como ese transporte público creado para facilitar la movilidad urbana. No era la modernidad consumada ni cualquier tipo de ilusión progresista sesentera. Ese extraño espacio subterráneo fue hecho para que expiáramos nuestras penas. Sí, así como suena, la depresión colectiva instrumentada en un plano disfuncional y sucio con cara de panacea social... Genialidad al puro estilo del placebo.

Y fue porque así llegué a dicha cueva después de haber fracasado en el amor, pues ¿quién busca penetrar la tierra sino es para reencontrarse? Meter la cabeza en un hueco, taparse el rostro con las manos para no ser visto es un gesto tan antiguo que es una condición.

El metro, diría Monsiváis, quiebra toda las leyes de la física al lograr que dos cuerpos sí ocupen el mismo espacio en un mismo tiempo, y eso sólo contribuye a generar la catársis. Uno pisa y lo primero que impacta la mente, además del calor de muchas respiraciones comprimidas, es el sin color de las escaleras, de las paredes. Lo primero que se debe hacer después de construir una casa es pintarla, incluso de blanco, no dejarla sin color o color cemento, no permitir que esa extraña opacidad verde enfermo la conquiste llevándose toda la alegría. Adentro la vida adquiere otro ritmo, la gente camina a media velocidad, a buen paso y, por lo general, con la cabeza agachada.

Ahí nadie va a conversar ni a reír. ¿Quién baila en el metro? Después de esperar al gran Caronte con su barca naranja, uno pisa firme esa arena movediza que no se descarrila porque Dios nos ama. Ahí, rodeado completamente de personas, oliendo la loción de la mañana del amigo que va tarde a la oficina, la torta de la señora que no alcanzó a desayunar, la música del estudiante que lee fragmentos de un libro de medicina, ahí, entre las miradas cómplices de cansancio total, de hartazgo absoluto, de mandíbulas apretadas del coraje reprimido, ahí, yo pienso en ella, y entonces el estoicismo nunca tuvo más sentido en la historia de la filosofía.

No hay necesidad de hablar, en el silencio nos entendemos los viajeros. Compartimos penas y dolores que sólo son comprendidas por la carne arrejuntada y por la energía que portan eternamente los barrotes sucios, llenos de manos que los tocaron primero, que descargaron ahí sus quejas. Sabina se equivocó, no es un boulevard donde desfilan los sueños rotos, son los vagones que corren de Observatorio a Pantitlán y de Mixcoac al Rosario.

Vendedores ambulantes, policías con silbatos, libros de autoayuda y niños con mochilas son sólo distractores contratados. La esperanza de cruzar miradas con una mujer bien parecida se opaca por la melancolía de los párpados que ruegan por cerrarse en busca de descanso. Aletargamiento total que me recuerda que lo que me acontece ya lo vivió otro primero, y lo sacó aquí, lo lloró aquí. No es la intensidad del grito ni el desahogo lo que lleva a superar la pena sino la apatía compartida. La palabra siempre ha estado sobrevalorada.

Me atrevo a salir, subir las escaleras y cruzar el torniquete oxidado, entonces surgen los colores con el aire fresco y ya no pienso en ella, al menos, hasta que vuelva a casa.