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Y ahí ando, tumbado, dañado, entumido por dentro, con el corazón y el alma resquebrajados de tanto ajetreo.

Es acaso el error convertir en vorágine el sentir y en tormento la espera? Es acaso sin sentido el querer cuando no se quiere o el encontrar cuando no se busca?

Y ahí ando, con la mirada perdida. Tan frustrado e incompetente. Tan inasible que reflejo. Tan inseguro, maldito y condenado.

Y ahí ando, a medio filo, buscando destellos en miradas cabizbajas; buscando asilo en fosos y oscuridad.

El amor no existe. Y no es que no exista porque no existe — si no porque es tan ininteligible que se disipa como si no fuera.

El amor no existe y no porque nadie lo sienta. Si no muy por el contrario, pero no deja de ser la fragmentación menguante del querer y del sentir. Es como si en el mundo se acabaran de a poco los sentimientos y se apagaran los corazones. Es como si el querer fuese menester de tiempos acabados y como si el amor no existiese por el amor.

Y ahí ando, con el corazón unido con cinta adhesiva, escondido. Con el corazón temeroso del ahínco del duelo — de la ansia y la duda. Ando como si no andara. Como si el andar resistiera.

Qué vertiginoso resulta el desamparo.

Y ahí ando, con un desdén dérmico que me electriza las extremidades. Como si me llegaran agujas de descargas eléctricas en las manos mientras ando, mientras floto en un vacío hermético en mi cabeza que sólo parece recitar un monólogo interior; una autobiografía explícita llena de prosa y versos y miradas escondidas.

Detesto ser tan autorreflexivo y totalitario, pero un hombre es lo que piensa todo el día.

Y ahí ando, más o menos bien, reminiscente y cansino.

Y ahí ando, perdido y confundido.

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