La “crisis” del báculo de Jiménez: gordura, periodismo y otras ideas

Hace unos dias, La Nación publicó en su versión web un perfil del ex ministro de la Presidencia, Melvin Jiménez, que provocó un amplio debate sobre el uso de la descripción como herramienta narrativa. Aquí pretendo mostrar que la utilización de la descripción física no es desproporcionada (aunque como ya el autor aclaró, la elección de palabras es mejorable) y plantear una teoría del origen del revuelo.

Creo que un problema en este debate es que al menos parte de la audiencia mantiene cierta distancia con el género. En Costa Rica usamos poco el género “perfil/semblanza” y las audiencias no están acostumbrados a sus elementos narrativos. Al ser construcciones culturales, no tienen categorías fijas, pero existen lineamientos básicos. Los géneros específicos — hablemos aquí de la crónica, el perfil o la entrevista narratia — “funcionan como horizontes de expectativa para los lectores y como modelos de escritura para los autores” (Todorov, 1987, p. 7). Es decir: si un reportero solo ha hecho nota informativa, no sabrá hacer crónica y lo mismo a la inversa. Si un lector solo consume informativo, le resultará ajeno la narrativa y sus técnicas y lo mismo a la inversa.

Partiendo de que “Melvin Jiménez: el báculo que sostuvo Luis Guillermo Solís” (Murillo, 2015) es un perfil, podemos continuar diciendo que los textos narrativos tienen sus particularidades. En The New Journalism (1975) Tom Wolfe detalla cuatro elementos presentes en textos narrativos: reconstrucción por escenas, la transcripción de diálogos, los puntos de vista de personajes y la descripción detallada. El decano de los estudios entre literatura y periodismo, Albert Chillón, habla del retrato global del personaje como la herramienta (dentro de la descripción) que capta “su talante completo: fisionomía e indumentaria, gesticulación y comportamiento, moral y psicología, status de vida y, en fin, la intrincada multitud de detalles que conforman la personalidad de cada individuo concreto” (Chillón, 1999, 34). Cierto consenso en la academia habla de tres tipos de rasgos: biográficos, psicográficos y físicos. Veamos cómo se aplican en el texto en cuestión.

El autor habla mucho de lo biográfico: “del hombre que 35 años atrás conoció como un notable alumno del Colegio Metodista; también fue su compañero de lucha contra el TLC en el 2007” (parr. 5), “No tiene obligaciones familiares. Es divorciado. Sus hijos son grandes. Sus nietos los ve cuando puede” (parr. 23) o “En el 2011, era el único obispo y presidente de la Iglesia Luterana de Costa Rica (ILCO)” (parr. 7). Además, hay alusiones a sus hijos, a sus amigos, etc. Sobran ejemplos.

También detalla sus rasgos psicográficos: “El obispo no volvió a las misas y dejó en un baño de su iglesia el báculo que, para la ordenación, le fabricó un hermano que es artesano, cuenta el pastor Quesada. Jiménez sí se llevó a la Presidencia a la secretaria de la organización religiosa. Estaba entregado a ejercer el poder que Solís le confirió (…)” (parr. 23), “Pasaron 21 minutos y Melvin Jiménez volvió medio agitado. Solís necesitaba hablarle de algún tema y además quería que lo acompañara en una actividad por la noche con empresarios, en cuyos círculos el nombre “Melvin” no era motivo de alegría” (parr. 21), “amplio poder para manejar el gabinete y como vocero errático del Gobierno ante la Asamblea Legislativa (…)” (parr. 5) o “Él es de poco decir. Parece consciente de que lo suyo no es el verbo. Así, callado, lo recuerda el pastor Quesada” (parr. 22). También hay descripciones en otros párrafos.

Como se discutió antes, parece necesario también incluir entonces una descripción física del personaje y, con base en lo expuesto previamente donde lo biográfico y lo psicográfico fueron mencionados en al menos tres o cuatro párrafos, podría esperarse un uso similar de este recurso. Hay menciones en los párrafos 1 (“cuerpo enorme”), 13 (a través de una cita de un entrevistado que habla del “cuerpo grandote”), 15 (dedicado totalmente al tema), 16 (retomando el bigote mencionado en 15) y podría argumentarse que “Pasaron 21 minutos y Melvin Jiménez volvió medio agitado” (parr. 21) es también una descripción física.

La mayoría de los cuestionamientos se centran en el párrafo 15, que describe a Jiménez. Sin embargo, como mencionamos antes, es necesario para un texto ubicar al personaje en la mente del lector. Ese párrafo, dedicado a su físico, es una muestra clásica de una “caracterización sumaria” (Chillón, 1999, p. 34), donde el personaje debe ser descrito en unas cuantas líneas.

Apartémonos un momento del texto y googleen una foto de Melvin. Intenten describir su físico.

Decir que Melvin tiene un “cuerpo enorme” (parr. 1) no es mentira, tampoco lo es que tiene “el sobrepeso normal de alguien corpulento y goloso” (parr. 15) o que “a la vista carga más de 120 kilos” (parr. 15). Esto último sí podría ser impreciso por la metodología con que obtuvo el dato. Es más, el autor reconoce que “ahora está menos gordo” (parr. 15) y que “ahora controla hasta sus añejos padecimientos digestivos” (parr. 15). La descripción de “mofletes anchos y labios gruesos” (parr. 15) parece también sostenerse por sí misma. Además, es vital determinar que solo dos párrafos (uno muy vagamente) menciona la gordura de Jiménez.

Es veraz, pero ese es un examen muy débil: falta ver si es necesario. Como comentamos antes, un retrato debe tener los tres rasgos (psicográficos, biográficos y físicos). Una descripción física de Melvin Jiménez que omita su gordura o sus cachetes está incompleta y cualquier editor debe devolverla al redactor. Y cualquier texto de cualquier vocero que sisee al hablar y no lo mencione estará también incompleto.

En mi criterio, el autor está correcto con el fondo: el ex ministro es gordo. Esa es una verdad y en nuestra sociedad aspiramos (a veces inocentemente) a que el periodismo esté en el negocio de decir verdades. Sin embargo, aquí estamos penalizando al autor que emplea en su texto una serie de elementos descriptivos para caracterizar a un gordo, sin ponerse a juzgar si la gordura es negativa o positiva (esa valoración se la deja al lector; parece que muchos, al considerar la descripción ofensiva, optan por la segunda).

Puede ser que la forma para decir este fondo pudiera resultar grotesca para parte de la audiencia y esto podría remediarse, pero evitar señalar su sobrepeso es ser selectivo con las verdades que publicamos.

Esto me trae a la pregunta clave: ¿por qué nos molestó tanto? Y además: ¿nos hubiera molestado el mismo texto una semana antes o lo hubiéramos aplaudido? Es imposible saber la respuesta a la segunda.

Lo primero se puede responder por partes. Primero, no nos gusta decir que alguien es gordo. Nos aterra porque lo sentimos como una descortesía, una violación al pacto tácito de nuestra Costa Rica: el no señalar. Con poca evidencia numérica, me atrevo a considerar que vivimos en un país donde es mal visto describir a alguien como gordo. Alguien con estudios en psicología o sociología podría profundizar en esto.

Sin embargo, creo que este texto (o este párrafo 15 en un texto de 31 párrafos) también incomoda porque calza en lo que, con casi nula evidencia, considero un caso de “perfil póstumo”, donde la audiencia recibe un texto con cierta actitud por haber fallecido (en este caso simbólicamente) el personaje reseñado. No hay muerto malo.

Odiamos es “hacer leña al árbol caído”. Es mal visto hablar mal de muertos y, en política, quien renuncia, muere (a pesar de que con frecuencia reviven en otro puesto). Parece que quienes revisan el perfil publicaron por La Nación siente esa descortesía por estar hablando mal del fallecido.

Como evidencia potencialmente espuria, el comentario de Facebook con más me gusta cuando nacion.com lo publicó por segunda vez (https://www.facebook.com/lanacioncr/posts/10155476635565051) dice: “No hay necesidad de meterse con los rasgos físicos del Señor. Ya no es el ministro de la presidencia, que era lo que queríamos, ahora toca dejarlo vivir en paz como ciudadano que es de este País”. Tiene 561 me gusta, mientras la publicación solo tiene 323. Datos incompletos, pero una mirada al tema.

Entonces tenemos un periodista quien, cumpliendo con su trabajo, describe biográfica, psicográfica y físicamente a un ex ministro que renunció la jornada previa (algo claramente noticioso), pero que la audiencia rechaza por considerar el texto ofensivo. En el perfil de La Nación e incluso en un sitio de petitorias, la gente solicita su despido.

Poco importó el extenso trabajo de carpintería invisible: habló con Melvin hace dos meses en “una extensa entrevista el jueves 19 de febrero de este año” (parr. 9), retomó hechos de hace tres meses “Así lo vimos el 20 de enero en una conferencia de prensa en la que la falta de bigote era evidente pero, por supuesto, lo menos importante” (parr. 16), entrevistó al nuevo líder luterano en Paso Ancho (parr. 13), y entrevistó o refrescó entrevistas con Albino Vargas a inicios de marzo (parr. 29) y con Rolando Araya en Santa Ana (parr. 27). Como mostró que era gordo, la audiencia busca linchar al autor. Puede aquí haber un síntoma más profundo de la identidad costarricense, pero no es mi campo.

Desde mi campo (la narrativa o periodismo), considero adecuado afirmar que la descripción física es no solo válida en este caso, sino necesaria. Cuando se describe a alguien flaco, alto, negro o gordo, omitir esa información es, de cierto modo, faltar a la verdad. Una semblanza de Melvin Jiménez que no mencione esto está incompleta. Como ya afirmamos acá y como el mismo autor señaló, el énfasis pudo ser algo más limitado.

Hay otra pregunta pertinente: ¿por qué me importa que el ex ministro tenga sobrepeso? Esa es una discusión que debemos hilar más a fondo, pero viviendo en una sociedad donde la ministra de Salud asegura que la obesidad y el sobrepeso son “un problema alarmante” (Rojas, 2014), parece atinado anotar que la mano derecha del Presidente lo padece.

Quedan otras preguntas más, pero las dejo para que cada quien se las haga o aporte. El periodismo, como otras disciplinas, tiene fundamentos teóricos y criterios académicamente consolidados que pueden usarse para enriquecer una discusión sobre un texto específico, sin caer en falacias ad hóminem o discursos vacíos. Aquí planteo un par, pero como un principiante en este campo, estoy seguro que otras personas más experimentadas podrán profundizar más y mejor.

Me parece necesario, como una recomendación, ampliar la cantidad y calidad de textos narrativos (perfiles, crónicas y entrevistas). Tal vez así podemos ir trabajando códigos comunes entre las audiencias y los productores de contenido para poder entendernos mejor.

Finalmente, creo que es valioso debatir agitadamente sobre el periodismo, pero tal vez este no sea el mejor punto de entrada. Podemos explorar el crecimiento de los medios amarillistas, el frenesí del periodismo de última hora, las jornadas casi abusivas en algunos medios o los salarios por debajo del mínimo de algunos colegas. Pueden ser discusiones más ricas, pero que pueden tenerse, perfectamente, de manera paralela a esta. Espero que haya podido aportar yo a ese debate. — —

Las referencias:

La tesis de licenciatura que Camila Salazar y yo trabajamos sobre crónica narrativa sobre violencia en América Latina y que presentaremos este semestre. Aún sin título fijo.

Chillón, A. (1999). Literatura y periodismo: una tradición de relaciones promiscuas. Bellatera: Universitat Autónoma de Barcelona
Murillo, A. (2015). Melvin Jiménez: el báculo que sostuvo Luis Guillermo Solís. Recuperado de: http://www.nacion.com/…/po…/Melvin-Jimenez_0_1481851892.html
Rojas, L. (2014). Costa Rica enfrenta una epidemia: obesidad y sobrepeso alarman a las autoridades. Recuperado dehttp://www.crhoy.com/costa-rica-enfrenta-una-epidemia-obes…/
Todorov, T. (1987) El origen de los géneros literarios en Teoría de los géneros literarios. p. 1–17 Recuperado dehttp://cursa.ihmc.us/rid=1H9R2Q0CQ-20YB25S-SD/todorov.pdf
Wolfe, T. (1975). The New Journalism.Suffolk: Picador

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