Que les cuenten todo

¿Cómo contarle a Joel, a Bryan o a Keylor lo que sentimos al ver jugar a la selección en la copa del mundo el año que ellos nacieron?

Pero no hablo de Campbell, de Ruiz o Navas, sino de ese centenar de chiquillos que cargan el nombre de uno de los veintitrés héroes que hicieron historia en la pura mitad del dos mil catorce.

Podríamos empezar por el seis de diciembre, un año antes, cuando nos dijeron que en nuestro grupo había equipos que sumaban siete campeonatos entre los tres. Se nos cayó la cara de espanto; no lo podíamos creer. Apretamos los puños recordando el partido en Denver durante la eliminatoria y se nos inflaba el pecho, pero veíamos a Pirlo, a Rooney o Suárez y ese mismo pecho empezaba a latir al ritmo de una metralleta. Volvíamos a recordar las ocho pulgadas de nieve, en FIFA y los periodistas deportivos del mundo que se mofaban de la sele diciendo que no teníamos ninguna opción, sin darse cuenta que en realidad éramos los únicos del grupo que no teníamos nada que perder.

¿Cómo le explicamos a los Celso y a los Óscar para que entiendan esa sensación que tuvimos cuando Cavanni nos metió el gol de penal al minuto veintitrés del primer partido contra Uruguay?

Sentíamos que la historia se repetía, era un penal que no tenía que pasar, un error infantil de un jugador que nadie quería en la selección. Sí Michael, sí Cristian, hubo una época en que ninguno de nosotros sabía valorar la capacidad de Junior Díaz.

Ninguno de esos chiquillos va a creer que antes de Brasil 2014, cuando Costa Rica iba a un mundial, le íbamos también a otro equipo para disfrutarlo. Porque fue ese año la primera vez que pudimos vivir una copa del mundo. Habíamos llegado tres veces antes, pero pasábamos a saludar, no más. Fue en Brasil cuando goleamos a Uruguay, cuando dejamos fuera a Italia e Inglaterra en un sólo partido, cuando muchos que no vivieron o recordaban Italia 90 supieron lo que era jugar en octavos. Cuando el país entero entendió lo que fue jugar codo a codo contra un grande en cuartos de final, y pasamos de ser cinco millones a billones de aficionados apoyando a Costa Rica. Brasileños, mexicanos, centroamericanos, los hamsters, las cacatúas. Todos creyendo en el mata gigantes.

Quizá los Marco, los Yeltsin y los José podrán ver todo en YouTube, pero sería un gravísimo error no contarlo de nuestras bocas que cantaron por horas en la Fuente de la Hispanidad después de cada uno de los partidos. Sería imperdonable no explicarles la perfecta e inquebrantable línea de cinco que dejó a Balotelli con las ganas de anotar en el mundial, y a Gerard despedirse con un gol en su último partido con la selección Inglesa.

Hay que contarles todo. Dejarles claro por qué llevan su nombre. Que antes del año en que nacieron, nuestros héroes nacionales salían de viejas guerras, algunos ni siquiera sabíamos si eran reales, pero después de este, ya no más.

Ojalá que estos niños, con sus diez o doce años, estén acostumbrados a ver a la selección llegar lejos, pero hay que contarles por qué Brasil 2014 fue el antes y el después.

Televisa Deportes