Miradas
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Hace unos años experimenté algo asombroso y tiene que ver con la mirada. Es lo que sucede cuando vez a alguien si esperar nada a cambio, es lo que sucede cuando mirás a alguien sin juicios ni reservas, con total apertura.

Al principio es incómodo, al principio uno quiere girar el rostro, pestañar, al principio uno quiere decorar la mirada con una sonrisa o con cualquier tipo de expresión para sentirse cómodo; sí, así está bien.

Estoy hablando de lo que pasa después de cruzar varios de esos momentos incómodos en los que es más fácil dejar de ver. El secreto está en mantener la mirada, en dejarla firme pero relajada y enfocarse en esas sensaciones que brotan de la incomodidad, esa sensación de complicidad que nos transforma por dentro.

Los ojos se relajan y dejan de tener un punto de enfoque. Uno sigue viendo a la persona, pero ya no la ve aislada, la ve como parte del entorno y podría jurar que el entorno se expande con cada exhalación. Los colores se mezclan, las sombras vibran y el rostro, tal cuál lo veíamos al principio se va desfigurando, como si sobre el mismo rostro aparecieran cientos más. Las emociones también evolucionan y he llegado a pensar que en ese momento uno siente y vive la vida de la otra persona en su totalidad. Todo lo que ha sido y todo lo que será.