El mal del puerco

Diego Casas
Aug 28, 2017 · 4 min read

El éxito en postales

I

Y aquí estoy de nuevo, escribiendo en horario laboral. No es necesario decir que si mi jefe se entera de que evado mis deberes (que son demasiados para preocuparme, pero no los suficientes para tomarlos en serio) no habrá mejor pretexto para deshacerse de mí. Pero a estas alturas, ya nada me importa. Si no he sido el único, ni tampoco el último, que procrastine en vez de trabajar, menos puedo proclamar originalidad enorgulleciéndome de ello.

En mis ratos de ocio, me da por imaginar cosas absurdas. Ahora mismo pienso en qué tan probable es que exista un libro, serie o documental en Netflix acerca de las afrentas godínez más impactantes de los últimos años. Aunque tengo tiempo para buscar el ejemplar en internet, no voy a hacerlo. Si ahora mismo el jefe me observa desde su oficina, instalada justo frente a mi cubículo, concentrado en la laptop y tecleando ruidosamente, pensará que estoy trabajando y se alegrará de que, gracias a mi trabajo, él será un poco más rico que ayer. Así que no, por ningún motivo quiero que el cerdo de mi jefe incremente su fortuna. A fin de cuentas, de eso se trata todo esto.

Se me ocurre que el catálogo recupere las discusiones más originales en un horario de oficina, entre jefes molestos por la baja productividad de sus empleados, y empleados con la mínima disposición a la proactividad. El álbum de ardides del subempleo debe considerar las protestas que, pese a ser silenciosas, persiguen el mismo objetivo, aunque ejecutado tácitamente; reclamos menos aparatosos que aquellos que arremeten a voz en cuello una queja sobre la explotación laboral de la que son víctimas, que no por personal, exclusiva.

En la medida de lo posible, el álbum recogerá imágenes de cada riña, con su respectivo pie de foto, acotando el día, la hora y el motivo que originó la gresca, una pequeña semblanza del trabajador agraviado y sobre todo el tipo de venganza en contra de la abominable autoridad (CEO, COO, CMO, CTO, CCO, o cualquier jerarquía que atienda el resentimiento del subordinado de un modo directo y de preferencia, sin juntas programadas para ese día). Es una buena idea, sobre todo para reconocer la domesticidad a la que estamos sujetos quienes medimos el tiempo en quincenas.

Lo cierto es que ninguno de mis compañeros luce tan inconforme como yo. Desde que empecé a trabajar aquí, hará dos o tres días, no he visto una sola mueca de desprecio frente a la prepotencia, el acoso y los constantes abusos por parte del jefe. Supongo que mucho tienen que ver las cámaras que cuelgan del techo. Presiento que por ellas, mis compañeros se cohíben para no arriesgar el aguinaldo. No están dispuestos a sacrificar, por un gesto tan tonto como una sonrisa, la supervivencia de los suyos.

Se me ocurre el caso de Núñez, de Recursos Humanos. Es homosexual, conozco a su pareja y los he visto besarse en el jardín que está detrás del edificio, mientras yo me recupero de un aguerrido mal del puerco. Parece que la cosa entre los dos va en serio, porque la última vez que Núñez llegó a la oficina con una sonrisa la ilusión le duró unos pocos minutos hasta que el asqueroso de mi jefe lo miró a los ojos y le preguntó el motivo de tanta alegría, si era lunes. Núñez se limitó a bajar la cabeza, la sonrisita se esfumó, y se dispuso a contar las incidencias de esa semana. Fue un lunes muy largo.

Al día siguiente, a la hora de la comida, Núñez nos contó que el fin de semana Gregorio — soy nuevo en el grupo, pero supuse que Gregorio era el hombre que vi con Núñez— finalmente le había pedido matrimonio. Por un momento lo envidié. Lo imaginé tan afortunado, llegando a su hogar (muy pronto lo sería), después de un día pesado en la oficina, y suplicando a Gregorio mucho amor, quien le haría olvidar regaños, injusticias, malos tratos, con el calor de sus caricias. Me sentí mal porque yo no tengo a nadie en casa que me reciba con tanto afecto. Me puse muy triste pero no se los dije; en vez de eso fui a comprarme unas papitas al carrito donde también venden cigarros.

“Con que así se siente trabajar, ¿eh?”, pensé. Faltaban dos minutos para que terminara nuestra hora de comida, y si no llegábamos a tiempo nos descontarían medio día. Volví al lugar donde nos reunimos, pero los muchachos ya se habían ido. De pronto escuché mi nombre, o creí que me llamaban por mi nombre. Era la señora de las papitas: me había olvidado de pagarle. Le entregué lo justo y le pedí una disculpa. Me di la vuelta y corrí tan rápido que por un momento me sentí libre e infeliz al mismo tiempo. Pese a todo, sonreí mientras subía las escaleras de tres en tres. Por fortuna, en esa parte del edificio no hay cámaras.

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