Abuelo

Foto: Adrián

Tocó el timbre mientras esperaba a su abuelo a que le abra la puerta , tal como había sucedido los últimos quince días. Un accidente lo había llevado a quedarse por las tardes con la familia de su papá durante la semana, mientras sus padres trabajaban. Despertar, ir al colegio y luego a la casa de sus abuelos se había convertido en su rutina diaria. El accidente, sufrido a la puerta de su casa y que lo tenía con un brazo inmovilizado y sin poder caminar bien, lo había obligado a dejar el fútbol, su pasatiempo favorito, durante los próximos ocho meses. Ya no se quedaba las tardes en el colegio jugando al fútbol, sino que ahora las pasaba en esa enorme casona verde de Breña. Era la casa que recibió su abuelo por parte de un primo que se mudó a Estados Unidos y en donde conocería a su ascendencia hasta la tercera generación de parte de padre, solo faltaba el abuelo Leandro, padre de su abuela, quien había muerto unos años antes del nacimiento de su hermana, al mismo tiempo que Perú sufría la mayor inflación de su historia. Ese tiempo de convivir con sus abuelos no le molestaba en nada. La enorme casa, las antigüedades que decoraban cada cuarto y, por sobre todo, la presencia de personas mayores, con sus historias que contar y su forma tranquila de ser, lo habían entretenido siempre que había ido de visita. La forma de vida de ellos, ya en la tercera edad, era un contraste con el suyo infantil a sus apenas nueve años. Aún hoy no podría responder si el gusto por conversar con personas mayores se le dio por esos días o era algo que ya llevaba innato.

Sus abuelos, casi llegados a su décimo séptimo cumpleaños, llevaban cuarenta y tres años de casados. Habían celebrado su unión el 10 de julio del 1960 en la Iglesia de Don Bosco en el Callao bajo la presencia de familiares, amigos y el párroco español Salesiano llegado como misionero a inicio de los años cuarenta. La casa verde estaba adornada en todos los rincones con fotos suyas, de su juventud en las calles de Los Barrios Altos, de sus hijos y algunas de la fiesta de disfraces en casa de la prima Adelmira, donde se enamoraron a primera vista. Su abuelo, conocido como ‘Tata’, por su gusto por las pastas -al mismo estilo italiano-, medía un metro y sesenta y siete centímetros y tenía una contextura gruesa, seguramente por ese gusto por las pastas. Tenía un carácter duro y a la vez amoroso: cuando tenía que llamar la atención no dudaba en hacerlo y cuando tenía que ser cariñoso era el mejor de todos. En las reuniones familiares era el alma de la fiesta, iba dirigiendo, como si estuviera delante de alguna sinfónica, los temas de conversación. Eso sí, cuando tenía que callar, por diferentes razones, lo hacía y en ese momento se sabía que algo no andaba bien. Su abuela era mucho más delgada y, como hasta hoy la recuerda, llevaba siempre el cabello corto. En la sala grande al lado de la cocina llamaba la atención una foto de ella a blanco y negro colgada en la pared donde posaba de perfil con un peinado bombé de los años cincuenta. Era un ama de casa a la antigua, vivía para su esposo y para su familia. Muy pocas veces la recuerda discutiendo con su abuelo delante de todos o tomando la palabra en alguna reunión familiar. Lo suyo era conversar personalmente, cara a cara y máximo con dos personas a la vez, en ese caso sí tomaba la palabra y no había quien la parara. Entre ordenar la casa, hacer la comida o lavar la ropa iba siempre de un lado a otro, sin embargo sus pasos, casi a punta de pie, la hacían ser imperceptible para quienes llegaban a la casa por primera vez. Al igual que su abuelo, pero más a su estilo, era muy cariñosa con todos y de esa forma la recordaría hasta el día que la despidió por última vez.

De su abuelo tenía bien guardadas en su memoria las tardes que los recogía a él y sus hermanos del colegio para llevarlos a la casa. Un viaje en su carro Dogde del cincuenta de color marrón y donde el asiento del piloto y del copiloto era uno solo. Él, de buen apetito, nunca había dado problemas a su abuelo a la hora del almuerzo cuando los recogía diariamente. El caso contrario era con sus hermanos, a pesar de ser mayores, donde llegaban a demorar hasta una hora en terminar de comer todo.

Junto con su familia había acostumbrado a visitar la casa grande de Breña los sábados a la hora del lonche y en los cumpleaños o cuando iban por Navidad, Año nuevo o fiestas similares. Hasta ese día, a sus cortos nueve años, nunca había ido solo a la casa de sus abuelos, a pesar que vivía solo a tres cuadras. Además de sus dos abuelos, en la casa verde de Breña vivían la mamá de su abuela; los padres, la hermana y el mejor amigo de su abuelo. Todos, si es que no llegaba una visita inesperada, se sentaban por más de dos horas juntos en la mesa de la sala para tomar el lonche del sábado. Muchas veces las conversaciones rondaban las noticias actuales, algunas novedades en la familia, fútbol o recuerdos de historias pasadas. Iban saltando los temas desde el gobierno actual de Fujimori hasta el triunfo agónico de Universitario o noticias sobre los Landasuri, familiares quienes vivían ya desde hace unos años en los Estados Unidos. Alrededor de esa mesa grande del comedor con la ventana que llegaba a rozar el techo no faltaban las carcajadas ni mucho menos las malas palabras, dichas de forma tan normal por su abuelo o algún otro miembro. Un “carajo” o “mierda” sazonando, como quien le echa más mantequilla al pan, las historias que iban y venían.En su memoria no había un sábado aburrido en la casa de Breña. La casa en donde toda su ascendencia se juntaba para compartir la cena. Una cena que llevaba tanta historia como la que comenzaría a sumar para sí en ese tiempo que vivió con sus abuelos por el accidente que sufrió fechas antes de fiestas patrias.

Mientras esperaba que su abuelo llegara para abrirle la puerta, tenía que caminar con un andador por sus problemas de salud, veía la silueta que se iba acercando a través del cristal de la puerta de entrada. Era un lunes cualquiera de un invierno de Lima unos meses después que salvó de morir en un accidente que no olvidaría jamás, aunque más que un accidente había sido una travesura que había rozado los límites entre la vida y la muerte. Mientras esperaba al lado de su mochila de ruedas la llegada de su abuelo, no imaginaba el cambio en su vida que iba a significar el conocer de maneras más profunda a su abuelo Carlos y su abuela Gloria. A sus nueve años comenzaría a compartir esa vida con las personas que lo marcarían para toda la vida.

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