“Ke ases, amor”

Dos Quilmes, bien frías”. Apenas El Zurdo terminó de hacerle el pedido al chico que atendía la caja de la canchita, se escuchó a lo lejos la primera protesta. Era Ramiro que se limitó a decir “pero si es veneno eso, pedí algo un poco mejor, viejo”. Demasiado tarde, las dos botellas ya habían sido destapadas. No había vez que no pelearan entre ellos, ya fuera por la bebida de la velada, una marca mal tomada o qué camino agarrar para llegar al fulbito de todos los miércoles por la noche. Esas discusiones ya eran un clásico también.

De a poco iban llegando desde el vestuarios los chicos y mientras acomodaban las sillas se anunció la primera baja: Tito se iba porque al día siguiente tenía una reunión importante con un gerente. “Andá, puto”, le contestó en términos muy diplomáticos Javier, el goleador del equipo. Tito se fue a las corridas y el equipo para las birras y la picada ya estaba determinado, a sabiendas de que había algunos que no se quedaban nunca.

Mientras El Zurdo traía las Quilmes de la discordia, se estaba acomodando a su lado Lucho, quien tenía en el rostro una gesto adusto. Parecía preocupado y eso que había sido el mejor jugador del picadito con un par de caños que parecían salidos del libreto del Zurdo más que del suyo. Él apenas era un oscuro lateral por derecha. Junto a Lucho, del otro lado, se sentó Rulo, el arquero, el pibe más predecible del grupo.

¿Qué te pasó, Luchito? ¿Te comiste a Dani Alves, papá?”, lo chicaneó Javier. “Ma qué Dani Alves, parecía Cafú”, replicó El Zurdo, quien agregó: “Pasa que ustedes son muy pibes, pero no saben cómo jugaba el negro ese. Era crá”. Por allí empezó el debate de la noche acerca de porqué en Brasil había tantos y tan buenos laterales. El Zurdo, a quien le encantaba ser el más viejo del grupo de amigos en este tipo de situaciones ya que su palabra parecía tener otro peso, comenzó con su polémica teoría: “Son monitos. ¿No fuiste nunca a Brasil? Los ves jugar en la playa con 40 mil grados de calor y no lo podés creer. En el 98 fui a Camboriú y me comí un peludo de novela en la playa, nunca la pasé tan mal en un picado. Era un Argentina-Brasil improvisado y ellos tenían dos negritos que parecían de goma. No me olvido más la geta de esos dos. Nos cogieron mal”. Rulo, con otras formas, le respondió: “Sos un animal. Pero algo de razón tenés, el bioptipo físico de ellos es diferente, son plásticos, fuertes, ágiles, y en ese puesto marcás una diferencia así”. La charla acerca del fútbol brasilero y las diferencias físicas con los argentinos se extendió por poco más de 10 minutos. El grupo había arrancado por uno de sus clásicos, el debate de fútbol. Seguramente en algún momento de la noche pasarían a la política, resolverían los problemas estructurales de la izquierda a nivel mundial y también habría tiempo para hablar de mujeres.

Justo cuando la discusión comenzaba a migrar hacia la política y el ballotage venidero, Lucho, que permanecía callado prácticamente desde que lo compararon con Dani Alves y Cafú rompió la charla. “Muchachos, tengo un problema. Me gusta una piba…”. Hizo una pausa para continuar, pero ese pequeño silencio que se generó y que pareció más extenso de lo que realmente fue les permitió al resto tomar la palabra. Nuevamente El Zurdo, arrancó: “Conociéndote un poco, diría que el problema va a ser para la pobre chica”. Entre carcajadas, Ramiro le dio la razón al Zurdo: “Uffff, mirá que hay que tener mala suerte, para que justo alguien como vos se te enganche”.

En ese “alguien como vos” había una carga fuerte. Porque si bien cada uno tenía su costado peculiar, todos estaban de acuerdo secretamente con que Lucho era un tipo raro. Sus relaciones siempre tenían un costado irrisorio. Con su última pareja habían terminado cuando ella lo invitó a ver una película superhéroes. Con una piba con la que salió un par de veces no pasaron al tercer encuentro ya que en un momento ella le dijo que le gustaban los chistes de Gaturro. Con otra, cuando vio en el telo que tenía un tatuaje de “La 25”, supo que era acabar e irse, y así fue. Las anécdotas sobre los fallidos amorosos de Lucho podían extenderse por un buen rato.

El Zurdo volvió a tomar la palabra. “Yo no sé cuál será el problema que tendrás con esta piba ahora. Pero yo los envidio a ustedes. Bueno, a vos Rulo la verdad que no. Pero lo que daría por volver a salir, encarar pibas, ganar, perder y esas cosas”. El Zurdo se había juntado hacía seis años con una flaca que no lo convencía en las pequeñeces pero sí en las cosas trascendentales. Tenían dos nenas y su futuro estaba asegurado.

Rulo tomó la posta después del pelotazo que le tiró El Zurdo. Sabía que no tenía muchos antecedentes en el plano de las conquistas. Se puso de novio a los 17 con una compañera del secundario y ya llevaba 12 años con ella. La amaba realmente y no necesitaba mucho más, ni tampoco ella. Antes solo había estado con otra chica. En estos temas escuchaba y se divertía, preguntaba, pero no podía aportar historias personales. No lo frustraba eso aunque sabía que siempre en algún momento una cargada le iban a hacer. Con la serenidad que solía transmitir tomó la palabra: “Yo no los envidio realmente, y a vos Zurdo menos que a ninguno, en eso coincidimos. No saben lo lindo que es estar bien con alguien”. El Zurdo, con una sonrisa en la cara le hizo un gesto desaprobatorio.

“¿Está buena? Si la cosa no va más, presentámela”. Javier venía en un frenesí sexual que era la envidia del Zurdo. Llevaba unos largos 14 meses de no dejar títere con cabeza. Al principio le tiraba a las que le parecían muy lindas, luego también a las lindas, más tarde a las aceptables y terminó en un catch all que le demandaba un esfuerzo físico y mental agotador. Llegaba a la oficina los lunes con los aductores arruinados debido a sus combates de jueves a domingo que se intercalaban con algún partido el fin de semana.

“Mirá, Javi, sí, es bastante linda, pero no es que la cosa no funcione, no pasa por ahí”, retomó Lucho. Javier debía esperar para su búsqueda incesante de nuevas compañías. Por supuesto, detrás de esa práctica casi deportiva escondía un dolor y una soledad que su grupo de amigos jamás comprendió. Sí tal vez Rulo, pero en sus formas amables y su perfil bajo, nunca lo interpeló por lo que él entendía como la consecuencia de una frustración en su único noviazgo, cuatro años atrás.

“¿Entonces cuál es el problema, Lucho?”, retomó el arquero. “Escribe los mensajes en el chat, en el Facebook, en Instagram, en todos lados, con demasiadas faltas de ortografía”. “Vos sos un pelotudo importante. Mirá que te apreció, eh, pero no deja de sorprenderme tu infinita pelotudez detrás de ese barniz de tipo intelectual”, disparó Rama. Rama se destacaba precisamente por moverse en el terreno del 2.0 como pez en el agua. En persona trastabillaba y se autolimitaba cuando de conquistas se trataba. En los chats se sentía un rey y jugaba a piacere. En toda charla con alguna chica sabía que tenía un momento en el cual la llevaba hacia su feudo y allí no dudaba de que no podía fallar. “¿Vos sabés la cantidad de pibas que me escriben unas burradas increíbles? Pero yo no busco salir con una flaca que sea Nobel de Literatura”.

Lucho — Ustedes no entienden, y está bien, no los juzgo. Pero yo leo un “acer”, así, sin H y una parte mía se muere por dentro. Yo…yo soy un nazi de la ortografía.

Rulo — ¿Un qué?

Lucho — Un nazi de la ortografía. A mi Carina me gusta…o me gustaba. Pero esto es insostenible. Un día me va a escribir “Ke Ases, amor”, así con K, sin H, con S y yo no voy a responder por mis actos.

Javier — ¿Pero exactamente qué es lo que te jode? Sos demasiado snob. Además, ¿ya se lo planteaste? ¿Tan graves son las faltas de ortografía? ¿Terminó el secundario?

Lucho — Eso no lo entiendo. Tiene un título universitario, es economista, pero si ustedes supieran las cosas que pone…es un crimen al idioma castellano, es más fuerte que yo…la voy a tener que dejar.

El Zurdo — ¿Cómo la conociste? ¿Cómo hiciste para que esto no salta antes? ¿Qué le vas a decir cuando la dejes?

Lucho — Mmm no lo pensé aún, quizás le mande un mensaje de texto…pero temo leer la respuesta. La conocí en el cumpleaños de un amigo, y charlamos un rato largo. Ahora me doy cuenta que eran todas frivolidades, pero bueno, quedó la buena onda. A los pocos días me la crucé en un café y terminamos hablando un rato largo. Caminamos por Corrientes y si bien lo que nos decíamos era lo menos yo en mucho tiempo, ella me hizo sentir bien. Se reía. Quedamos en ir a comer el domingo siguiente, no había nada que chatear, es más, creo que ni siquiera le pedí el celular y si lo hice, cosa de la cual no estoy seguro, sé que no nos escribimos demasiado. Después de la cena vino a casa y sentí que podía ser esa chica que estuve esperando tanto tiempo. Hasta que me agregó a Facebook y ahí…ahí, el horror.

Ramiro — Te aprecio mucho, Luchito, pero sos un tipo raro. Un día vas a dejar una mina porque no te gusta cómo estornuda, porque se ata los cordones de una forma extraña o porque es hincha de Banfield.

Javier — Lamento darle la razón a Rama, pero es así. Buscás una mina que sea como vos, y eso, amigo mío, termina siendo un poco aburrido y monótono. Además, es muy difícil que haya una mina con tus…gustos.

Rulo — No sé si es raro o no. Yo a veces los escucho y pienso que estamos todos un poco mal de la cabeza. Pero esta es medio inremable, Lucho.

El Zurdo — Paren un poco. Vos Rulo, callate la boca, que sabés que en esto no podés opinar. A tu novia la conociste invitándole una coca en una matiné, así que estás totalmente invalidado para opinar. Vos, Javier, sos lo contrario a Lucho, así que jamás lo vas a poder entender. Con tal de que no le falte alguna extremidad, vos a la mina le entrarías, y cada vez dudo más de esto último. Y vos, Rama, sin el telefonito, el Happen, Tinder y toda esa mierda, todavía serías virgen.

Ramiro — Bueno, a ver qué dice el señor de la experiencia, el único que puede hablar.

El Zurdo — Gracias, Rama, sabía que me ibas a entender. Yo digo que no la tenés que dejar, al menos no sin darle una chance antes. Contale lo que te pasa, instruíla, enseñale las reglas ortográficas, dale material de lectura, hacé algo para cambiar eso que te jode.

Lucho — ¿Me estás hablando en serio? ¿Cómo se lo planteo sin que me mande a la mierda? Va a pensar que soy un soberbio, como aquel forro.

Pedían la tercera vuelta de birras, la noche había tomado un color que ninguno esperaba antes de que el falso Dani Alves hablara. Especulaban con diferentes maneras para que Lucho le planteara a Carina que si no mejoraba su ortografía lo de ellos sería imposible. La teoría que más fuerza tomaba era una creada para Rama y que se basaba en decirle a Carina que Lucho venía de una familia de escritores frustrados y que en su casa el escribir de manera apropiada era algo que se llevaba casi desde la cuna.

Estaban absolutamente compenetrados en la charla, en los planes disparatados, en ese problema que trajo a la mesa Lucho. Por eso, no notaron que en una mesa contigua había un grupo de chicas que había usado la canchita después de ellos y que también estaba tomando unas cervezas para aplacar el calor del postpartido. Si bien llegaron con la conversación empezada, se descostillaban de la risa con el caso de Lucho y todas las miradas apuntaban a Camila. Es que ella, dentro del grupo de Whatsapp de las pibas, había contado una vez una historia parecida. “Andá, Cami, ahí tenés a tu media naranja”, la desafío la Negra. Ninguna lo esperaba, pero Camila pensó ‘¿Por qué no?’ y se paró y encaró hacia la mesa de los chicos, justamente cuando Javier tenía la palabra.

Interrumpió al goleador, quien quiso iniciar una nueva conquista pero lo desestimaron en cuestión de segundos. “Qué tal, me llamo Camila y te quiero decir, ¿Lucho?, que te banco. A mí me pasa igual, yo también soy una nazi de la ortografía. Aunque ellos no te entiendan, sabé que no es tan raro lo que te pasa”. La morocha terminó la frase y sin esperar a saber si había respuesta o no del otro lado, se volvió a su mesa.

Los pibes no podían creer lo que pasaba. Se miraban y se sonreían, aunque el tener al grupo de chicas tan cerca impedía que comentaran demasiado lo que había pasado. Lucho, que internamente se sentía pleno de alegría, devolvía al grupo un rostro con el mismo grado de preocupación que al comienzo.

El Zurdo — ¿Y? ¿No le vas a ir a hablar?

Rulo — Es la tuya, se te dio. Ahí tenés a la piba que tanto buscás. Es linda, juega al fútbol y está igual de loca que vos.

Lucho — ¿Pero no se dieron cuenta? ¿No le vieron el shorcito? Es de Gimnasia. Imaginate lo que puede ser cada fin de semana…si es futbolera, cagué.

Nuevamente el silencio se apoderó de la mesa. No sabían hasta qué punto estaba hablando en serio y hasta donde los estaba tomando para la joda. En cada mínimo avance o contacto con una chica, Lucho tenía el enorme e insoluble defecto de proyectar no ya más allá de lo conveniente, sino incluso de lo razonable. Por eso los mensajes de texto, por eso, el ser o no de Gimnasia, por eso La 25, por eso Nik.

En la mesa contigua, Camila había dejado a las otras tres compañeras atónitas. No salían de su asombro. Ella, que en general era la menos lanzada, la que se ponía colorada cuando llegaba el momento de hablar de andanzas románticas y no tan románticas, ella acababa de entregarle un cheque en blanco a un pibe al que no conocía y cuyo punto de conexión era, al menos, extraño. “No va a venir el cagón”, Luciana fue bastante clara. Camila la miraba con seguridad y respondió: “Dale unos minutos”.

En efecto, a los cinco minutos Lucho se apareció por la mesa de las chicas. “¿Qué tan futbolera sos?”, preguntó. Camila, con calma y luego de respirar profundamente, respondió: “Me encanta el fútbol y soy enferma de Gimnasia. Pero no te preocupes, me acostumbré a las decepciones, y puedo aceptar las derrotas. Escribo bien y me gusta la lectura. No soporto las mentiras, blancas, grises, marrones o del color que sean. Laburo en algo que no me gusta y que me genera estrés. Quiero vivir algún día en México y conocer las Pirámides en Egipto. Disfruto leer el diario con facturas y mate amargo los sábados a la mañana. ¿Alguna pregunta más?”. “No, ninguna”.

Se fueron juntos. Tomaron un par de cafés hasta que el mozo del bar los echó, pasaditas las 3 de la mañana. Quedaron en verse el fin de semana. Rulo lo mensajeó a Lucho el domingo por la noche y ella todavía estaba en su casa. Empezaron a salir, con la particularidad de que los miércoles se relevaban en el picadito semanal. Al tiempo, El Zurdo le preguntó por Carina, la chica de los mensajes. “Uuuuuuh, colgué en escribirle y ella jamás volvió a mandarme mensajes. Bueno, se ve que yo tampoco le copaba demasiado”.

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