La batalla intestina

Odiaba amarlo así. Era más fuerte que ella y con el tiempo pasó de ser una bendición, algo mágico, el summum, a ser una carga. No es que no lo quisiera, pero si le daban a elegir, hubiera preferido que ese amor se apagara y se fuera de ella.

Las cosas habían cambiado. Y no para bien. En poco más de un año había pasado por todos los estados. Comenzó fría y distante, tal vez por el miedo y alguna decepción lejana. Cuando él reapareció en su vida, la cruzó y la modificó para siempre. Se dejó llevar, se entregó. Alcanzó un nivel de enamoramiento que pensó que solo existía en las ficciones. Pero al tiempo, las cosas no estaban en el punto que deseaba y la frustración para con ella misma, para con la relación (para con toda su vida en verdad), la habían hastiado. Pero lo amaba y por más que peleara contra lo que sentía, la realidad era innegable: no podía alejarse de él.

Damián por su parte había hecho el recorrido inverso al de Florencia. El punto de partida había sido diferente. Durante toda su vida, había contado con una facilidad pasmosa para tener compañía. Se sabía atractivo, pero le pesaba, y solo en situaciones contadas hacía uso de su handicap. Siempre había priorizado el noviazgo, la vida tranquila. Hacía lo que su círculo le imponía, la fácil y solo excepcionalmente se cuestionaba lo que estaba haciendo.

Florencia no le convenía. Al menos eso repetía sin cesar su mejor amigo, un pibe que ella no entendía cómo era el confidente de Damián, aunque se resignaba a aceptar que así fuera. Lo mismo pensaba la familia de él, sus compañeros de estudios. El mundo parecía gritarle que debía continuar con Micaela, la chica de barrio acomodado,apellido anglófono y proyecciones escasas.

Pero el germen de la explosión ya se había inoculado en Damián. Florencia era su sueño imposible, y pese a que hacía unos años la había rechazado -tiempito antes de empezar a salir con Micaela-, sintió un fuego interior que lo movía a ir hacia Florencia. Ella en aquel entonces estaba en una mediocridad que le parecía tolerable. En pareja, con una persona que le hacía más que bien pero que no la llevaba al pie de su torrente de ilusiones. Era una simplicidad que guardaba amor, pero que en general entregaba estabilidad. No le sería difícil a Damián implosionar la vida sentimental de Florencia, a pesar de que ninguno de sus amigos en común lo pudo predecir.

Pero así como había vuelto con una fuerza capaz de reventar cualquier defensa que se le pusiera adelante, apenas tuvo a Florencia para sí, se ablandó. Dejó de ser ese tipo de impronta avasalladora, para pasar a ser una humanidad lábil. El amor, ese amor combustible, ese amor paranoico, ese amor insostenible, lo había transformado, también para siempre.

Lo que les pasó tardarían mucho tiempo en entenderlo, pero aquel que constantemente fue deseado y manejó la situación a su antojo, quedó a merced de la otra parte; esa otra parte que había soñado tanto tiempo con ese momento, que se había levantado de un rechazo, rozó la felicidad y la vio alejarse poco a poco de la mano de una pasión que no sabía controlar ni medir. Porque al final, de qué servía esa cuantificación si terminaba por arrasar todo lo que encontraba a su paso.

Parecía una cuestión de poder. Los dos se amaban, pero no lograban escindirse de sus pasados para vivir ese presente. Ella peleaba contra sus ilusiones, temía que el contenido real distara demasiado del imaginado. Él se había vuelto frágil. Tuvo que soportar las críticas de su confidente, su familia y sus compañeros. Y también los desplantes de Florencia, que no terminaba de ser. Ella alternaba entre dejarse llevar, elevar sus sueños a ese lugar al que junto con su pareja anterior jamás se había aproximado. O bien esos momentos de rechazo que le generaba ver en Damián a una persona diferente, liviana, sin esa impronta que encontraba tan irresistible como inaccesible.

El desencanto era una realidad palpable. Podían pasarse una tarde de verano entera haciendo el amor como pasar una cena casi sin mediar palabra. Damián devolvía tristeza en su mirada. Florencia apatía. La sombra de su propio amor se había vuelto sobre ellos y comenzaba a ser un monstruo ingobernable.

Florencia tomaba cada vez más distancia. Empezó a verse con otros chicos, al principio como un juego, para ver si en esa transgresión reencontraba esa tensión emocional que la había arrastrado en algún momento a los pies de Damián. Pero nada pasó. Y el juego se volvió costumbre, para luego ser hábito y terminar siendo hastío también. Damián, por su parte, tenía, de haberlo querido, un sinfín de amantes de ocasión, pero no estaba en condiciones de pensarse así. Y menos de efectivamente concretar una infidelidad. Estaba tan frágil e inestable que se veía a sí mismo como poca cosa. Se sentía como el bebe que se acurruca contra la madre ante el primer gesto hostil del entorno. Comenzaba a sufrir un rechazo impensado de ese amor de novela y no podía ni pensar en padecer por algo más.

A tal punto no quería sufrir por nada más, que el resto de su vida realmente no le importaba. Su trabajo lo cumplía con riguroso aburrimiento, su estudio era un canto a la distracción y a su familia la había dejado de escuchar. Aquel confidente había pasado a la historia. Sin darse cuenta se quedó solo y a quien había elegido como compañía estaba más y más lejos.

Pasaban las semanas y la situación empeoraba. Ella estaba decidida a dejarlo. Lo notó un día en el que sintió que era una carga verlo. El bar de siempre, la comida de siempre, el hotel de siempre. Los ojos de blues del otro lado de la mesa. Su pensamiento frío y desabrido. El saber que solo cuando estuviera abajo de él en la cama del telo sentiría algo parecido al placer, pero que ya no sabía a ciencia cierta si se trataba de amor.

Se planteaba en sus ratos libres que no podía seguir así. Lo hablaba con algunos amigos. Sabía que la decisión más racional era apartarse de él, apartarse un tiempo de todo. Pensar en qué los había arrastrado hasta esa ignominia que sostenían por relación. Pero apenas se figuraba cómo sería estar sin él, entraba en pánico. Porque lo amaba y quería no hacerlo. Porque se sentía atada a algo que no funcionaba y no podía ni sabía dejar. Porque sabía que a Damián lo lastimaba su desprecio y a ella todo lo que se había generado la hería en un lugar muy profundo de su ser.

¿Qué hacer? ¿Por dónde salir adelante? ¿Cómo dar un paso hacia algún lugar sin sentir que se avanza de manera errónea?

La fragilidad de Damián la confundió. Pensó que estaría en ese estadío para siempre, pues ella había lidiado con el autoflagelo por mucho tiempo y tenía un contenido tan masoquista en su ser que le permitía resistir dolores que a otros hubieran tumbado instantáneamente. Se acostumbró a estar mal. Tomó al padecimiento como la norma y no la excepción. Florencia vivía perdida pese a dar una imagen mucho más entera que la de Damián. Algunas amigas de ella incluso creían que disfrutaba de sus varios amantes, su alto promedio de orgasmos por semana y esa vida de lujuria. Nada más alejado de su intestina realidad.

Esa imposibilidad que tenía Florencia para terminar la relación por el amor que sentía por Damián jamás se alteró. Incluso tiempo después, cuando él finiquitó las cosas, ella seguía inmovilizada en esa pasión irrefrenable. Tuvo otras historias, conoció otros amores, hasta llegó a tener hijos y un compañero que la quería bien. Hizo lo posible por reconciliarse consigo misma. Pero jamás pudo dar vuelta la página.

Se reprochaba en secreto -ni ante su analista terminaba de desnudarse- el no haber hecho algo más por salir de ese laberinto mental. Repasaba una y otra vez lo que pudo haber hecho y no hizo. Se preguntaba si tendrían alguna nueva oportunidad en un futuro, lejano o no.

Cuando se cruzaron por la calle (ella con su hijo y él con una pareja que era más joven y atractiva que Florencia) después de un período muy largo de ignorancia de sus vidas no supo disimular. Vio que Damián ya no tenía ojos de blues. Vio que él estaba bien, entero, que había vuelto a ser aquel de esa impronta encantadora. La impotencia la superaba. El pasado que era latencia en su vida cobraba protagonismo en una función que había sido su pavor imaginario a lo largo de esos años. La compañera de Damián no lo notó, él por supuesto sí. Tuvo clemencia e inventó un apuro que no existía.

Florencia sigue día tras día jugando una batalla interna. Se autoengaña de cuando en cuando y siente que finalmente pudo salir adelante. En otros días se autoflagela y se siente una estúpida atrapada en un amor que principalmente le generó trastornos. Dice confiar en que en algún momento encontrará esa paz. Pero íntimamente espera que él algún día, quizás el menos pensado, tocará a su puerta.

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