Luna de Molinaseca

Sebastián no se resignaba nunca como buen soñador que era. Podía estar perdiendo un partido de truco por afano y seguir confiado de que empezaría a ligar en algún momento. Podía estar esperando el bondi bajo la lluvia por más de 40 minutos que se mantendría impertérrito pensando que llegaría en el próximo semáforo. Y así también era en el amor, imaginando que volvería a encontrarse con Gabriela, su noviecita de cuando tenía 16 años que se fue a vivir a España siete años atrás.

No es que no hubiera conocido a otras chicas en el medio. Pero de ninguna se había enamorado. Al menos no en esos términos, con esa pasión, con esa ilusión rayana con la inocencia.

Sus amigos ya no se reían de él; habían aprendido a aceptarlo. Tomaba un tiempo hacerlo, le ocurría sistemáticamente a todos los que se acercaban a Sebastián. Algunos se adaptaban y entendían su aura de positividad extrema. Otros lo creían un pobre infeliz y poco a poco se alejaban de él. Para un escéptico, una persona así es todo lo que está mal en la vida. O todo lo que querría ser y no es.

En cualquier caso, a Sebastián no lo preocupaba en demasía qué pensaran los demás de él. Evitaba los conflictos, siempre sonreía y en cada escena de la vida diaria encontraba motivos para creer en su porvenir y el de la humanidad. Por supuesto que le pasaban sucesos desafortunados, pero en su mirada siempre terminaba pesando más lo que poseía y se alegraba porque las cosas no fueran a peor.

Sin embargo, sus sueños de Gabriela se sustentaban en muy poco y él lo sabía. Cuando se fue con sus padres a España, le pidió que se olvidara de ella. Le dijo que no tenía sentido seguir atado a un amor imposible. Claro, era el 2000 y las redes sociales no existían y los medios de comunicación eran absolutamente fríos e impersonales. Por si fuera poco, ella se había ido a un pequeño pueblo en la región de León y eso la había hecho sentir más alejada aún de Sebastián.

A los dos meses que Gabriela llegó a Molinaseca, Sebastián se las ingenió para conseguir su dirección a través de un tío de ella que había quedado en Buenos Aires. Le escribió una carta con su sello, plagada de ilusiones, de futuro, de adolescencia. La respuesta jamás llegó. No supo si ella recibió o no la carta. Pese a que internamente se quedó con la duda, se convenció de que seguramente habría quedado extraviada en algún punto en ese trayecto Buenos Aires-Molinaseca.

Pese a que pasaron siete años, periódicamente volvía a pensar en ella. El tío de Gabriela murió a los dos años de que ella se fue y ya no tuvo más novedades de ningún tipo. Se preguntaba cómo estaría, si habría cambiado, qué haría de su vida. Él aún buscaba su rumbo. Tenía un trabajo de medio tiempo como cadete, iniciaba su segunda carrera en Letras tras un paso fallido por Medicina y en su tiempo libre leía y mucho.

Un día, casi por casualidad porque estaba por apagar la TV, escuchó la historia de un futbolista de relieve que acababa de fichar por un club importante de Europa. “Yo siempre quise jugar acá”, comenzó la entrevista y parecía una invitación a no ver más. Pero siguió enganchado y escuchó cuando el jugador contó que cuando estaba por debutar en Primera, su novia del secundario se marchó a Barcelona. Triunfar en el fútbol, y llegar a jugar en esa ciudad se convirtió en el sueño de este muchacho. Quería volver a reencontrarse con ella.

La idea le quedó picando en la cabeza. ¿Hasta qué punto lo había movilizado al jugador el amor por su noviecita para llegar allí? Recordó luego la película de Ethan Hawke en la cual él escribe una novela para volver a encontrarse con aquella chica que conoció diez años atrás. Y supo después de un escritor que también se lanzó al mundo literario para reconquistar a una mujer.

El problema era que a él nunca se le habían dado ni el fútbol, ni las películas, ni la prosa. No era particularmente talentoso en nada -al menos no lo había descubierto hasta allí- y su mayor capital era su fe inagotable. ¿Qué hacer entonces?

Pasó semanas enteras intentando fraguar un plan. Todos se derribaban por inconsistentes. Hasta que una tarde de ese invierno de 2007 se vio a sí mismo percutiendo una mesa mientras oía la radio. La música había sido un pasatiempo totalmente marginal en su vida. Pero como una aparición, como una epifanía, se vio a sí mismo armando una banda, sacando discos, encontrando a su Gabriela.

No tenía la personalidad para ser la cara visible de un grupo. Pero de chico había aprendido a tocar el bajo y creyó que podía ocupar un lugar menor, un lugar con menos exposición y ser el cerebro en las sombras. Rastrilló entre amigos, conocidos y allegados y armó su bandita de pop-rock liviano.

Se obsesionó. Parecía un fanático movido por una fuerza tan grande que lo excedía y era inexplicable. Dejó la facultad antes de finalizar el primer cuatrimestre y se metió de lleno a componer, a escribir letras, a aprender.

Era bueno y podía llegar a ser muy bueno con tiempo y con trabajo. Sus versos tenían un tinte de una seductora desilusión que en nada se parecían a él. Dejaba correr su lado B, conectaba con una parte suya que jamás había exhibido públicamente. Como los otros integrantes del trío no lo conocían hace mucho, no se sorprendieron en demasía por los temas que escribía Sebastián.

Tras casi un año de ensayos, salieron al ruedo en 2008 con un disco y una serie de shows en pequeños bares y locales. Como las canciones estaban registradas a nombre de la banda (El Arcón de los Recuerdos), sus amigos jamás sospecharon que era él quien las escribía. En la dictadura de los cantantes, nada hacía pensar que era el que quedaba a un costado el que llevaba el peso intelectual del grupo. Además, el carisma del frontman eclipsaba al resto.

Fueron haciéndose su espacio en la escena porteña. Los compañeros del Arcón no tenían idea de cual era el motivo oculto que lo había impulsado a iniciar ese viaje. Ya para ese entonces se había abierto una cuenta en Facebook y la había buscado sin éxito. Probó todas las variantes posibles y el resultado fue infructuoso.

A la banda le iba aceptablemente bien, lograban llevar casi 400 personas por fecha, entre amigos, florecientes groupies y curiosos que por el boca en boca habían escuchado algo del Arcón. Pero le faltaba algo, y ese algo, era un hit.

Como muchos de los momentos bisagra en la vida, ese hit llegó cuando no lo esperaban. Fue un sacudón, un terremoto, una revolución. “Luna de Molinaseca”, canción con una referencia ineludible, significó no solo trascendencia, llegar a las radios y una pequeña fama, sino también un contrato con un sello discográfico.

Dejó su laburo de mediotempo también y comenzaron a girar bastante con el Arcón. Diferentes puntos del interior los recibieron y de repente eran rockstars de gira, con todo lo que eso significa. Conoció las bondades del ser músico, disfrutó de los placeres de mil amantes de ruta y camarines. Pero Sebastián no olvidaba cuál había sido su único motor. Si de él hubiera dependido en aquel momento, dejaba la guita, dejaba las minas, dejaba la música y la fama con tal de encontrarse con Gabriela.

Con lo que no contaba Sebastián es con la magia de la tecnología. A más de un decena de miles de kilómetros, a un chaval de 15 años jugando en la web se le dio por buscar el nombre de su pueblo en Youtube y se encontró con el hit del Arcón. En menos de dos días todo Molinaseca había oído la canción y no podían creerlo. De hecho, pensaban que se trataba de una coincidencia, que debía hacer referencia a algún poblado en Argentina, pero no. Esa fue la puerta de entrada del grupo a España y tras unos meses, astucia de la compañía mediante, comenzaron a rotar en algunas radios ibéricas.

La imagen de Esteban, el cantante fachero del grupo, se hizo objeto de la sublimación de varias adolescentes españolas. Al enterarse del repentino suceso del Arcón del otro lado del Atlántico, Sebastián se puso ansioso. Planteó primero ante el grupo y luego ante la discográfica que debían hacer una gira por España y plantar bandera. La crisis inmobiliaria estaba pegando fuerte y el contexto no era el mejor como para encontrar quién financie el viaje.

Se sentó a la mesa y se puso a hacer números. Tres shows era todo lo que necesitaba. Uno en Barcelona, uno en Madrid…y uno en el pequeño pueblito leonés, o en la localidad más cercana que encontraran. Se sentó ante el capo de la compañía e hizo gala de todo su positivismo, de lo que significaba para el grupo abrirse un nuevo mercado, de cómo habían crecido en tan poco tiempo. Parecía un encantador de serpientes. Lo convenció; harían un viaje de una semana con tres recitales, incluido el de Ponferrada, la ciudad que se encuentra a menos de 10 kilómetros de Molinaseca.

El primer show, el de Barcelona, sirvió para que se dieran cuenta de que en efecto en la Península les iba tan bien o incluso mejor que en Argentina. Llenaron un teatro para poco más de 2 mil personas y luego tuvieron su tiempo para descontrolar la noche catalana. Conquistó a una chica que se llamaba Beatriu a quien dijo que saludaría antes de partir la noche siguiente rumbo a León, promesa que no cumplió.

La carretera lo encontró con una tensión máxima. Cada kilómetro que recorría la furgoneta era una pulsación más por minuto que se le sumaba y una idea nueva que se atolondraba en su cabeza. Pero más allá de ese nerviosismo, su positivismo inveterado podía más y estaba convencido de que ella aparecería en el show de Ponferrada, en un localcito para mil personas.

Salieron al escenario. Pasó el primer tema y no la veía, pero seguía creyendo. El segundo, el tercero, la mitad del recital y nada. Volvieron para los bises, el lugar estaba repleto, pero la presencia más importante, la que había movilizado el viaje, la razón de ser de la banda, no estaba allí. Tras el show se quedaron firmando autógrafos, fueron a una whiskería y Sebastián se agarró la borrachera más amarga de su vida. Por primera vez en su vida se sentía un verdadero idiota. No tenía ganas de más nada, no quería pensar en ir a Madrid, no podía imaginarse el hecho de subir a otro stage.

Gabriela, mientras tanto, no estaba ni enterada de la existencia de la banda. A los cuatro años que llegaron a Molinaseca, se mudaron a la capital y el boom que había causado el grupo en el pueblito leonés, le era ajeno. Se había acostumbrado a España, no pensaba demasiado en sus días argentinos y era fana del ska. Por lo tanto, la gira del Arcón le era ajena completamente.

Vivía en un pequeño apartamento en Vallecas con una amiga, trabajaba como secretaria en una zona algo más céntrica y ocupaba sus ratos libres saliendo a correr. La noche que el Arcón tocaba en Madrid tenía planeado quedarse en la casa viendo en la TV la serie de la cual se había hecho seguidora.

Sin embargo, el milagro golpeó a la puerta de Sebastián, incluso cuando ni él mismo lo esperaba. Sandra, una compañera de trabajo, se ganó un par de entradas para el show en un sorteo en la radio. Conocía un par de temas del grupo y necesitaba compañía; le costó, pero logró convencer a Gabriela, que no quería saber nada con ver a una banda que tocaba “música tan de mierda”. El punto de que fueran argentinos la decidió…además de que encontraba particularmente atractivo al cantante.

Cabizbajo, salió Sebastián al escenario para cumplir con el trámite. No fue sino hasta el cuarto tema que levantó un poco la vista. Parecía totalmente drogado y ni sus compañeros entendían tal depresión cuando la gira que él había planeado estaba siendo un éxito, según los parámetros de todos menos los suyos.

En el décimo tema le pareció divisar a una chica que tenía rasgos similares a los de sus recuerdos. Habían pasado varios años y en su memoria estaba una adolescente de la cual no tenía ningún tipo de otra noticia. Ella no lo había visto, pues se mantenía aparcado sobre el escenario. Pero al divisar a una potencial Gabriela, Sebastián recobró el aliento y cambió de postura 180 grados.

Tomó el centro del escenario para presentar a la banda y todo el tiempo la miraba. Notó que en el rostro de la chica un gesto diferente empezaba a esbozarse. Hizo alguna broma y nombró al baterista. Pidió un estruendoso aplauso para “el mejor y más majo (sic) cantante que dio Argentina en los últimos años” y luego dio un paso al costado para que el frotman lo nombre. Y así fue.

“Y en el bajo, nuestro mesías. El hombre que le ha puesto la letra y el sentido a todo todo todo nuestro recorrido. Sebastián Campana”. Apenas terminó de decir esto el cantante, comenzaron a sonar los acordes de “Luna de Molinaseca” y súbitamente Gabriela sintió que no había más nadie en aquel rincón de Madrid más que ellos dos. Ni su compañera, ni los miles de fans, ni el resto de la banda, ni nadie.

Escuchó la letra del hit que nunca había oído hasta allí y se emocionó. Se sintió una tonta por no responder esa carta que había recibido en León. Se sorprendió de haber compartido allá lejos y en el pasado horas junto a un letrista de nivel. Se miraron durante todo la canción y ese instante, tan solo esos tres minutos que duró la canción le había valido a Sebastián los años de ilusión, de sueños.

Una nueva ansiedad lo invadió y fue la de terminar el show e ir a buscarla. Esas cuatro canciones que restaban le parecieron más largas que los nueve años anteriores.