“Mirá que no sos tan linda, eh”

“¡¿Por qué no me responde esta hija de puta, si ya lo vio?!”. Las dos marquitas celestes llevaban ya 5, 10, 20, 30 segundos en su celular y a él se le iba la vida. Pese a que ya no la amaba, aunque aún no lo supiera, la quería mucho. Demasiado.

El eterno conteo llegó hasta los cinco minutos. Para Cristian ya se había convertido en una década. No entendía muy bien qué era lo que estaba pasando entre ellos. O más bien en ella. La conocía bastante, si bien salían hace relativamente poco tiempo. Aunque claro, en temas de temporalidades nunca hay certezas y lo que a él le hacía sentir que se tenían confianza a ella la hacía creer que era un pibe con el que estaba viendo “qué onda”. Así se lo dijo en más de una ocasión a sus amigas en la tradicional juntada de los miércoles después del laburo.

Cristian no lo veía y sí sus más cercanos, pero en sus palabras ya no destilaba amor, sino los desechos de lo que en algún momento lo había convertido en un tipo con luz propia. De ese que tenía sueños, sonrisas y ternura había pasado a ser alguien aferrado a una vana esperanza que cada vez tenía menos sustento. Y en su verba, en los momentos de calentura, los insultos eran más y más frecuentes. Eso sí, jamás con ella presente.

Vanina estaba súper atareada. En un trabajo que la demandaba y que por momentos la consumía, atravesaba una de las tantas reuniones semanales. Sacó el celular de su bolsillo en medio de la chata exposición de un gerente gris, cuya alegría más sincera era cada vez que se iba de su casa rumbo a la oficina ya que no aguantaba a su familia. Pispeó el mensaje de Cristian pero en el preciso momento en que pensaba qué responderle, seguramente con la frialdad del último tiempo, le pidieron una opinión acerca de las previsiones económicas para el próximo semestre.

La angustia de saber internamente que empezaba a desandar el final de la relación iba in crescendo. No lo quería aceptar, no solo ante sus confidentes, sino tampoco ante la almohada. “Es pasajero”, “está con mucho trabajo”, “tengo que entenderla, viene de una historia muy complicada”, todas frases que se habían convertido en un mantra para no aceptar la realidad.

Venía pensando los últimos días en qué preciso momento todo empezó a destruirse, cuándo las cosas dejaron de fluir. Por más que le diera vueltas, y en eso Cristian era un especialista (así se lo habían dicho sus ex y algunas que no llegaron a eso pero con las que compartió algunos encuentros que no pasaron a la historia), no lograba advertir cuándo Vanina se volvió un témpano para con él.

Tenía el recuerdo algo borroso de un fin de semana 40 días atrás en el cual notó que ella estaba algo más distante. Pero el Whatsapp suele jugar malas pasadas y él se lo adjudicó a que era un frío día invernal, de esos que invitan a no salir de la cama hasta las 3 de la tarde. De hecho, eran las 16 y ella recién se levantaba porque era sábado y la noche anterior había salido con amigas y amigos. ¿Se habría dado en esa noche de junio el disparador necesario para que ella se alejara de Cristian poco a poco? Él jamás se enteraría y si así hubiera sido, ella tampoco lo hubiera aceptado.

Solo en su casa -sus horarios de trabajo tan extravagantes siempre lo dejaban a contramano de todo-, su cabeza era una revolución. Ya llevaba más de 10 minutos sin respuestas a su “¿Cómo estás, amor?” y con esas marquitas celestes como evidencia fidedigna de que él ya no le importaba. En su torbellino de ideas, pavor y bronca se dijo a sí mismo: “Yo no tengo porqué aguantar esto”. La angustia se transformó en furia y decidió que era momento de contraatacar, que la actitud pasiva y a la espera de ese milagro que convirtiera a Vanina en esa mina que él siempre soñó y que ella nunca podía ser no tenía sentido.

Se habían conocido por casualidad, en el cumpleaños de una amiga en común. Ella, morocha de ojos celestes y dueña de una sensualidad muy particular, se había adueñado de la improvisada pista de baile y a él le explotó la cabeza. Hacía mucho tiempo que no le pasaba nada con nadie. Sus únicos momentos de emoción se reducían a esa escucha rutinaria de “Divididos” en el tren camino al laburo. Vanina ya había rebotado a algún que otro pretendiente pero él sabía que la sensación que le generó verla moverse al ritmo de Damas Gratis no era habitual. Algo tenía que hacer.

Sus últimas conquistas habían carecido de incógnitas. Eran pibas al paso y él no se exponía a nada. Pero esto era otra cosa. Repasó en su libreto las pocas variantes con las que contaba. El partido parecía complicado y a él comenzaban a limitarlo los nervios. Fue a la cocina, se sirvió un whiscola y se entregó a lo que la morocha quisiera.

Sus desgarbados 180 centímetros fueron aproximándose a ella y cuando la tuvo frente a frente le dijo: “Mirá que no sos tan linda, eh”. Si bien no era un talibán de las verdades, pocas veces sintió que estaba mintiendo de manera más alevosa, porque a él ella le parecía divina. En el rostro de la morocha se hizo un gesto de sorpresa. No sabía muy bien porqué, pero el comentario le había hecho gracia. Se sabía linda, no hermosa, pero estaba acostumbrada a que la exaltaran mucho más de lo que a ella le parecía razonable. Quizás por eso, se prendió a charlar con él, quien tuvo la sapiencia de correrla de la zona de baile, espacio en el cual hubiera quedado ridiculizado, más aún en el ritmo tropical que no se condecía con su remera de Black Sabbath. La llevó al espacio de las bebidas y ahí se sentía local. Entre una cosa y otra notó que al menos no había rehuido a charlar un poco y compartir algunos fernets. Sin demasiados inconvenientes al tercer Branca obtuvo el número de teléfono y cuando el reloj ya marcaba las 5 AM le robó unos besos, mucho más de lo que hubiera podido imaginar un par de horas antes.

Se veían cuando mucho una vez por semana. La dinámica de ir a tomar algo y después a algún telo de la zona por la que anduvieran se sostuvo algunos encuentros. Hasta que finalmente ella aceptó ir a su casa. Cristian veía como avanzaba todo y se entregaba a un amor como hace tiempo no sentía. Daba cosas por sentadas que no eran tales; Vanina internamente tenía una dicotomía: con él la pasaba bien o muy bien, no tenían mayores conflictos, pero había algo que no le cerraba. No sabía qué era, pero sí sabía que algo (no) pasaba.

Jamás logró que Vanina aceptara pasar más de un día con él. Lo intentó por todos los medios, hasta que de a poco fue tirando la toalla. Ella no es que no quisiera hacerlo, simplemente no se lo permitía. Ponía una barrera infranqueable. Cristian carecía de las variantes para romper ese límite que imponía ella y así se fueron consumiendo los meses que serían el apogeo de la relación pese a que él pensara que recién era el inicio. Pobre.

Vanina salió de la reunión y del “¿Cómo estás, amor?”, Cristian había pasado al “Me parece que tenemos que hablar”, sin mediar ningún mensaje más. Cuando vio eso, se sorprendió. Había pensado en decirle de ir a tomar algo más tarde. Hubiera sido la única vez en más de un mes en la que ella era quien iba a proponer hacer algo. Ante un panorama que no esperaba, volvió a ponerse en modo refigerador y le respondió muy seca. “Hoy no puedo”.

  • ¿Y mañana?
  • Salgo con las chicas
  • ¿El sábado?
  • Puede ser. Vemos.
  • OK.

Sabía que ese “puede ser” iba a transformarse en un “no” al día siguiente. Intentó calmarse pero no podía. La situación lo sobrepasaba y no sabía qué hacer. La odiaba, pero no por sus respuestas sino porque no la entendía. Había algo que se perdía, un lugar adonde no llegaba.

Cuando finalmente la tuvo frente a frente (el domingo), de su libreto sacó la misma jugada que le había resultado en aquella primera ocasión. “Mirá que no sos tan linda, eh”, comenzó su discurso. Pero en el rostro de la morocha la reacción fue nula. Ella no era la misma de unos meses atrás. Impávida, lo escuchaba y no le generaba casi nada lo que el flaco le decía. Cristian hablaba de un amor que había pasado fugazmente por ellos pero que no llegó para quedarse. Sacó de su bolsillo una pequeña carta que había escrito, el último recurso. Se la dio y ella la guardó en su cartera sin particular interés en lo que diría.

Cuando terminó de hablar, Vanina espetó la frase que ambos sabían que en algún momento de la jornada ella afirmaría: “Esto no va más”. Sin haber descubierto qué era lo que no le cerraba de Cristian, sí había advertido hace unas semanas que ya no la pasaba ni bien ni muy bien con él. Le angustiaba tener la certeza de que el pibe no había hecho nada malo como para que eso sucediera. Pero así era y frente a eso, antes que darle vueltas a los porqué, preferió ver qué decisión tomar.

Tenía el deseo de romper en llanto, de hacer un mini escándalo, de ver si las otras personas del café se daban cuenta lo que pasaba y tal vez así ella aflojara. Pero no le salía y no podía forzarlo. Sin saberlo, Vanina lo estaba liberando a él, lo corría de ese lugar de mendigo del amor y le daba la opción de ir en busca de alguien con quien sí pudiera ser ese que había sido los primeros meses de la relación entre ambos. Por supuesto, ella no lo hizo por eso y él no estaba en condiciones de ver las cosas así.

Se cruzaron por la calle a los pocos meses, cuando el verano empezaba a golpear las calles de Mar del Plata. Iba caminando por Alem en busca de una remera y ahí la vio. Le sorprendió sentir que no la atraía ya su figura y que parecía venida a menos. Ni siquiera cuando sus dos ojazos celestes lo divisaron se estremeció. Se saludaron muy amistosamente,sin rencores y él le dijo: “Qué linda que estás”.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.