Nostalgias

Volver a los lugares donde uno sufrió genera dolor. Pero más dolor genera regresar a aquellos lugares donde alguna vez uno fue feliz. Eso pensaba Tomás, mientras el colectivo de la línea 85, que hacía tiempo no tomaba, lo transportaba por calles donde supo ser alegre junto a su ex, Ana.
Se sentía mejor en las últimas semanas. Pero ese recorrido volvió a sumirlo en una andanada de recuerdos. Se conocía, y sabía que ese era un viaje que no solía terminar bien. Que volvería a viejos mails, cartas, temas musicales compartidos y cualquier elemento que contribuyera a hacerlo sentir peor. Se insuflaba dolor en cantidades industriales en esas situaciones.
Se bajó del bondi y puso Cerati en el celular. La lista completa de temas que tenía en el teléfono, pero para escuchar solo un par de canciones. Se sentó en el parque del barrio, después de una larga caminata. Cuando sonaba “Adiós”, por suerte, ya no estaba de pie. Se escurrió una lagrima de su ojo derecho, resopló, y se dirigió a su casa.
Pasaron los días, y en varias ocasiones pensó que había tocado fondo. Lo bueno de llegar a esa situación es que peor no se puede estar. Pero no era el caso. Seguía bajando y bajando, llevándose puestos a su amor propio y a veces también a su dignidad.
No extrañaba tanto a Ana como a los momentos de felicidad que habían tenido juntos. Realmente si lo pensaba, no quería volver con ella. Sino con los recuerdos de ella y de ellos. Y era por eso que estaba jodido, porque no podía desprenderse de la nostalgia que se había fijado en su cabeza.
Tras ese viaje en el 85 el padecimiento se hizo carne. Los lugares de recuerdos tristes, los de recuerdos alegres y los de recuerdos neutros eran disparadores para la angustia. Todo era un viaje al pasado. Todo era una voz en su oído con una frase que ya no le dirían. Todo era una sonrisa que no volvería a ser para él.
Repentinamente, Buenos Aires, esa ciudad que siempre había sido suya, pasó a ser de ella. Y con eso, pasó a volverse en su contra. Las paredes le hablaban de Ana. Las baldosas le devolvían su imagen. Las conversaciones que oía por la calle tenían su cadencia. Y las comidas. Y los sabores. Y la radio. Y la música. Y cualquier cosa que no fuera aséptica lo anclaba en aquella rubia de pecas, ojos azules y voz celestial.
Buenos Aires le era hostil. Tardó unos días en comprenderlo. Seguía cayendo, porque ahora tenía que sumar otro dolor con el que lidiar; su lugar ya no era suyo. O tal vez sí, y él era eso ahora. Lo cierto es que su Buenos Aires lo asfixiaba.
Lo que antes lo ataba a la ciudad, ahora lo expulsaba. Solo la inercia lo sostenía en sus calles, en su ritmo, en su esencia. Su trabajo no era algo que le generara ni placer ni adhesión. Tampoco era tan familiero como para no tolerar una distancia.
Tenía que escapar, tenía que huir. Ya no de Ana. Ya no de sus recuerdos. Sino de Buenos Aires toda. No quería llegar al punto de odiar a su lugar en el mundo, ese que súbitamente le dio la espalda y le indicó la puerta de salida.
¿Cómo iniciar una vida nueva? ¿Cómo hacer para tomar el mapamundi y elegir un nuevo hogar? La verdad, no tenía idea de cómo hacerlo. No tenía el manual que le enseñara a olvidar (ya lo había notado) y mucho menos el del escape.
Su apellido italianísimo, su pasaporte y su deseo lo llevaron a Nápoles. Quería ver si podía conectar con algún lugar que tuviera puntos en común con su hogar y al mismo tiempo fuera otro espacio diferente. Hacia allá fue, con un puñado de pertenencias, muchos recuerdos y las ganas de olvidar.
Le costó al comienzo. Pero a los pocos meses, Tomás ya se había habituado a la vida napolitana. Trabajaba en un local de comidas rápidas de 9 a 15 y tenía las tardes enteras libres. Le gustaba caminar por el lungomare, a veces se metía al Castel dell’ Ovo, y con una birra en mano disfrutaba de un paisaje que lo calmaba del ritmo frenético de la ciudad. Cuando quería sentirse más cercano a su hogar, andaba por las calles estrechas del barrio antiguo donde las motos pasan a una velocidad inaudita.
Pensaba cada vez menos en lo que había dejado atrás. O al menos eso se repetía a sí mismo. El problema mayor aparecía cuando alguien le preguntaba porqué se había ido de Buenos Aires. Más cuando ese alguien era una mujer. Y mucho más cuando le gustaba. No mentía, pero tampoco explicaba demasiado. Hablaba elípticamente de su pasado, de su necesidad de aires nuevos, a veces iba un poco más allá y contaba que Buenos Aires se había vuelto contra él. Pero no abría esa coraza que contenía su historia.
En esas ocasiones, íntimamente, se daba cuenta de cuánto extrañaba aquellas callecitas del barrio, el olor a asado de domingo al mediodía, el ruido del 53 pasando por la puerta de su casa. La ronda de mates con amigos. Y quizás, un poco, a Ana. Pero menos de lo que hubiera pronosticado.
Se prometió a sí mismo que cuando llegara el momento indicado o la persona indicada, sería franco y explicaría qué le había pasado, qué lo había llevado a Campania, porqué estaba tan lejos de casa. Lleva kilómetros y kilómetros caminados junto al Mediterráneo, horas de cafés junto a las ventanas, noches enteras en bares y boliches y aún no encontró a esa a quien explicarle quién es realmente Tomás y de qué escapó. Él sabe que ese día llegara y así tal vez la nostalgia se disipe.