Tres minutos

Estoy concentrado. El libro con el cual vengo en una relación complicada hace semanas, por fin me atrapa. No me importa demasiado nada de lo que ocurre a mi alrededor. A tal punto estoy focalizado que ni siquiera sé en qué estación acaba de parar el subte. Como voy hasta la terminal, no me modifica demasiado saber o no eso.

Pero termino un capítulo y, mientras volteo la página con la facilidad que otorga el libro nuevo, subo la mirada. Poca gente en el vagón. La frialdad de la mañana de sábado de octubre coopera para que no seamos más de 30.

Reparo en un detalle que a nadie sorprende. Solo una chica que está frente a mí y yo tenemos un libro en la mano. No me enorgullezco, sé que es una excepción que esté leyendo, si fuera de tarde seguramente estaría boludeando con el celular, o quizás escuchando música. De hecho, el siempre sentirme en falta por no usar ese tiempo para algo más provechoso es lo que me lleva ahora -desde la ventajosa posición que ostento- a fijarme en qué hace el resto.

Una novela histórica con tintes románticos en sus manos. Yo, un libro de amor. Juego e imagino que me paro cuando ella se pare, le hago un comentario pertinente, sonrío y le saco el teléfono. La fantasía dura unos segundos. Luego termino de contextualizar el retrato y veo que no me parece atractiva físicamente. Uno es uno y sus circunstancias y no se escinde del contexto en el que vive. La imagen no manda, pero juega. Y además, también me acuerdo de lo cagón que soy, así que la fantasía está oficialmente destinada al confín del olvido.

Miro al lado de la morocha que lee a Florencia Canale. Un señor de unos 55 años con una campera deportiva Adidas de los ’90. Pelo desaliñado, cara de sueño. ¿Qué hará viajando a esta hora? ¿Hacia dónde se dirige? ¿Qué hace de su vida? Hacia donde sea que vaya, no parece hacerlo con demasiado entusiasmo.

El tipo no me devuelve nada estimulante, y regreso a la chica del libro. Bah, chica, tendrá sus treintilargos. Pero pienso en qué nos lleva a los dos a leer algo relacionado con el amor. En mi caso lo sé, el desamor. ¿En su caso? Sigo pensando y miro a su acompañante del otro lado.

Es una señora que para algunos podría ser considerada una MILF. Poca ropa para los casi 20 grados que hay afuera. Unas tetas hechas que llaman la atención del tipo que tiene a su izquierda gracias al generoso escote. Sin anillos en las manos y con la piel castigada por el exceso de exposición al sol. Pensamiento uno: “Seguro se separó hace poco…si a esta la encaro, gano seguro. Me daría vuelta como una media igual a mí que hace rato que no mojo. Pero para ella debo ser un buen partido, me lleva casi tres décadas”. Pensamiento dos: “Es lógico que esta no lea nada de amor”. No despega la vista del celular con funda rosa. No emite muecas, casi no tiene expresiones faciales.

Del tipo que le mira el escote a la cincuentona no tengo mucho para decir. Tiene un diario, creo que Popular, una remera negra, pelo con gel más negro que la remera. Cuando notó que lo miraba le corrió la vista a mina, pero solo unos segundos. Sus tupidas cejas lo delatan con facilidad. La MILF se sabe mirada y lo disfruta, el escote ha surtido efecto.

Pienso en retomar el libro, pero ya le perdí el hilo a la narración y sigo con las disquisiciones acerca de lo que está pasando en ese vagón y me estaba perdiendo. Noto que no sé a quienes tengo al lado. De un lado una señora mayor que se sobresalta cuando percibe que me giro para mirarla. Puede parecer no solo provocador sino también amenazante que alguien se gire 90 grados para mirar a quien está al lado. No la culpo. Del otro un pibe de mi edad o menos ensimismado escuchando música. No reconozco el sonido que se escurre por los auriculares.

Contra la puerta del vagón, un flaco con una guitarra. Una rasta, un pantalón de bambula y una camisa suelta, con los dos botones de arriba desabrochados. En ese pecho blanco contrasta un collar negro con una imagen. La barba desprolija, los ojos carmesí…la noche parece que fue larga. Se lo ve exhausto, pero no particularmente feliz. Me encantaría preguntarle por sus andanzas, por sus triunfos y derrotas.

Adelante de él, agarrados del pasamanos central, hay una pareja. Melosísimos. La pesadilla de cualquiera que esté sufriendo por alguien. Se miran, se besan, ríen, se acarician. Son protagonistas de la escena, incluso más que la señora de las tetas de plástico. Porque el estar de pie en el medio del vagón les da visibilidad, les regala el papel estelar de un guión que está por ser escrito. Ellos no lo saben pero ostentan la gran marquesina de la mise-en-scene.

Sin embargo, ellos tres no son los únicos de pie. En el siguiente pasamanos que concluye en el piso de la formación hay una señora. Si alguien quisiera definir el significado de sufrimiento, debería hacerlo con aquel rostro. Verla me conmueve. La mirada perdida, rumbo a la nada. Ojos vidriosos, actitud corporal de agotamiento. Esa vista extraviada encuentra un destino en el punto menos acertado para esa decepción presunta: la pareja del pasamanos anterior. Alguien vive en carne propia aquella pesadilla.

La mujer se prolonga por detrás de ellos (que no son conscientes de su presencia) como una sombra, como un recordatorio, como ese aviso de que la alegría puede ser vecina de la desilusión, a pesar de que le demos la espalda. En su idílico presente de plenitud, ellos no miran en verdad hacia ningún lado. En esa fatídica realidad que parece enseñar la señora, solo logra focalizarse en la representación de esa pareja, con profundos aires de melancolía.

El subte llega a la siguiente estación, una en la cual hay combinación con otras líneas. La población que estaba en el vagón se reduce a un 25 por ciento y aparecen algunos nuevos actores. Otra nueva escena se configura, otras historias están por ser contadas en este próximo breve viaje. Será tarea de algún otro pasajero, yo retorno a mi libro tras la escapada entre parada y parada.