Postales de Bogotá

Salgo a caminar. Pero no por la cintura cósmica del sur, sino por una avenida ancha que lleva el número 11. Estoy en la intersección de esta “carrera once” –así la llaman los lugareños– con la calle 80, en un lugar bastante paquete de la ciudad de Bogotá. Tengo que llegar hasta la calle 45 y supongo que será una caminata saludable. Como buen porteño, no preveo que la altura –“2.600 metros más cerca de las estrellas”, dice el eslogan de la ciudad– me traerá, esa misma noche, unos calambres en los gemelos, consecuencia de la mala oxigenación, como no sentía desde los tiempos en que me tomaba el entrenamiento más o menos en serio.

A mis espaldas, en la esquina de la Carrera 11 y la Calle 79, está la zona más paqueta de la capital colombiana. Una especie de Recoleta palermizada, plagada de esas marcas de carteras que solo una presidenta populista se puede comprar. Camino en sentido contrario y el aire de Barrio Norte comienza a diluirse en una especie de microcentro plagado de bancos, gente de traje con paso apurado y puestos de comida callejera.

Los bogotanos no tienen quioscos, pero un paquete de caramelos o de cigarrillos puede comprarse en unos carritos móviles que se instalan en las esquinas, que irán desapareciendo a medida que caiga el sol. Las arepas (una tortilla a mitad de camino entre la de los tacos mexicanos y un “hot cake” con esteroides) son las protagonistas de la comida al paso. Se comen solas o se usan, como nosotros usamos el pan, para poner entre dos piezas más o menos cualquier cosa. Hay puestos de pizza –un verdadero logro–, con hornos de gas móviles y porciones del tamaño de la tapa de La Nación. A los panchos los llaman “choriperro”. Todo es bromatológicamente polémico, pero huele tentador.

Un dólar vale alrededor de dos mil pesos colombianos, por lo que todas las cifras son siderales. A nuestro tipo de cambio, pagar 2.500 colombianos por un pancho es demasiado. Salvo los taxis, de hecho, casi todo es un poco caro.

Pasando la zona alrededor de la calle 65, el microcentro empieza a parecerse un poco más al Once y el caminante extranjero apura el paso para gambetear un par de kilómetros que no tienen mucha cara de buenos amigos. Pero llegando a la 45, el paisaje vuelve a cambiar. Ahora es una especie de San Telmo de casas antiguas, plagado de universidades y artistas. “Acá la gente es muy normal”, me dice mi Fernando, mi amigo de toda la vida, un argentino corporativo, expatriado reciente y en pleno proceso de choque cultural. Y algo de razón tiene: recién en esta zona más “alternativa” se ven algunos pelos teñidos de colores estrambóticos y epidermis tatuadas. Fuera de eso, en Bogotá son todos muy… normales. O más bien conservadores.

“No entienden nuestro humor”, protesta Fer. Y claro: es que un pueblo así de católico tiene demasiados pruritos para bromear sobre sexo; y más aún sobre religión. Sin embargo, hablar de narcotráfico les es natural. Muchas de las ficciones de su prolífica televisión incluyen bandas de narcos. Lejos de las apologías, aunque no de cierto romanticismo marginal, lo toman como parte de su cultura.

La noche me encuentra detrás El Andino, el megashopping de la zona cheta, donde un par de calles peatonales con aire de Cañitas se pueblan de bares. En una mesa en la vereda, Fernando y yo pedimos una picada y acabamos dándole batalla a dos jarras de cerveza. Hablamos de la vida, de la familia, de la tansculturación, de teoría de la comedia y de cómo están los mercados de la región. El orden de los temas se condice con el consumo de cerveza, a medida que migra de moderado a excesivo.

Es solo ahí, “dippeando” un pincho de pollo en una salsa lo suficientemente picante que me doy cuenta cuánto he extrañado a mi amigo el que emigró.

Pero no voy a llorar, que para eso está el tango.