Todo esto que voy escribiendo me va devorando

Sin piedad, sin hacer ruido, se adentra

en las entrañas de aquellos recuerdos

que sin un solo baile se van perdiendo.

Las comas, los versos despiadados

y el ritmo con el que luego de una larga noche

vengo a escribir bajo tus brazos.

Todas mis palabras te van gritando

piden que nunca huyas, que llenes de agua

las plantas que compramos una tarde de lluvia

que no mueras, que te desollen mis letras.

Hay días, dos días en que ya no me encuentro

desangrado, agonizante, hay un punto suspendido

colgando de mis sienes, aguardando

el último soplido.

Al otro día despierto, agotado, famélico

con la boca reseca y un sabor ácido

como el de tus fluidos, los manantiales que te brotan

después de una tarde larga de olores a selva.

Llego a un bar, pidiendo tres litros de malta

esa noche, la noche del incendio en tu jaula

juré que nunca más te dejaría solo

y que si mis versos iban tragarme, debía ser dormido a tu lado.

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