Una tarde nublada en Buenos Aires, con los pies cansados de tanto caminar, busqué refugio en el Museo Nacional de Bellas Artes. Unos pasos antes de entrar, la lluvia ya caía de poco a poco.

Vagué por los pasillos hasta que, en una de las salas más solitarias, encontré al hombre de la flor amarilla de Pettoruti. Y ahí me estacioné por más de diez minutos, esperando descubrir lo que aquel hombre esperaba con tanta nostalgia. Se lo pregunté varias veces, pero nunca contestó.

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