Símbolo Vácuo (Zen)

Entre la vacuidad nihilista (शून्यता) y las mañanitas incomodas.

La muerte sólo tiene importancia en medida en que nos hace reflexionar sobre el valor de la vida.”

-André Malraux

Después del primer brote pandémico en 2009 en México de la AH1N1 (gripe porcina), las medidas de salubridad se reforzaron en todos los centros de trabajo: el gel antibacterial se hizo indispensable para restaurantes, bares y demás áreas comunes. La catástrofe epidemiológica dejó un aproximado de 9000 muertes en américa. Todavía recuerdo que todos los noticieros trataban el tema dando informes actualizados, recomendaciones preventivas y tiñiendo a psicosis el clima de la nación.

Era común caminar por las calles y ver gente con cubre bocas delgados y sobre usados para “protegerse” de aquella calamidad. A pocos meses de haberse detectado el primer caso, la alarma epidemiológica de la secretaría de salud fue disminuyendo de intensidad hasta casi olvidarnos del percance.

En aquel entonces, los de mi generación habríamos apenas dejado los diecitantos y nos habíamos convertido (o estábamos a punto de hacerlo) en veinteañeros. Siendo que los brotes masivos comenzaron en el sur del país, Baja California se vio muy poco por el percance (aunque eso no nos excluía de seguir las normas de higiene). Era raro saber de alguien a quien haya afectado este mal o quien tuviera a algún conocido que hubiera fallecido por esta enfermedad, sin embargo esto también puede ser atribuido a la opacidad del manejo de mucha información mediática en el país.

Hasta hoy, el gel sanitizante continúa siendo una constante de nuestro día a día…

A la entrada: un recibidor lleno de sillones. Gente con caras pesadas y una pena aún más; no había silencio, al contrario, todos conversaban y sus medias voces, serias y poco confortantes hacían más ruido que el chacoteo más estridente. En el lobby, una pantalla con indicadores de nombre y apellido y el salón en el que se encontraban, yacían… yacen.

Entrando a la habitación, el mismo ambiente: personas calladas, algunas otras sollozando en silencio. A la derecha, confites y chocolates para aumentar los niveles de endorfina y mitigar la atrición que deja el que se va, y cerca un contenedor térmico lleno de café.

A la izquierda y junto a unos sillones, una mesita adornada con algunas flores blancas y, tal cual se acomodan cubiertos en una mesa de restaurante, una caja de pañuelos desechables para el uso de quienes lo necesitasen.

Parientes y cónyuge por igual desolados.

El primer caso de AH1N1 del que se de primera mano y el primer deceso al que asisto en ceremonia.

Pude presenciar todo, desde la negación, hasta la tristeza pasando por algunas indiferencias. No me fue posible evitar juzgar a ciertas personas para quienes, al parecer, el funeral era un evento social más al que había que atender y con esa misma actitud lo tomaban. Quizás el difunto no desearía que todos permanecieran inmutados, tristes y desolados, quizás lo que el difunto siempre quiso fue que en su despedida hubiera risas, pero la vida lo silenció y habría que respetar la solemnidad de los familiares.

Tras unos minutos de quietud a manera de respeto, salimos corriendo del lugar.

Más noche, me reuní con una de mis más queridas a beber tragos dulces para apaciguar al alma. Ella, por mera coincidencia, asistiría al funeral del pariente de alguna amistad. Sobra decir que gran parte de la reflexión de aquella noche se centraría en la vida y la muerte.

Es cliché decir “¡somos nada!”, pero me había quedado más que claro. Aún tengo presente las memorias recientes de aquella persona, la cita que nunca concretamos para estrenar su recién adquirida play station 4, acompañados de otros allegados… era casi surreal la manera tan súbita en que se fue.

Le platicaba a mi compañera la manera tan increíble en la que las personas reaccionaron: las negaciones evidentes, el shock, la alegría de los recuerdos y la tristeza de la despedida. Un cóctel de emociones y sentimientos bastante denso de donde pretendía salir vivo, sano. Ella comentó que la manera en la que reacciona la gente ante las pérdidas es muy variada e incómoda. Casi tanto como que te canten las mañanitas. No sabes que hacer y solo miras alrededor en shock. Nadie nunca te prepara para reaccionar ante un grupo de personas cantando al unísono aquella canción tan popular.

Los planes inconclusos, las metas no logradas, las expectativas de vida que tenían junto a la persona sus allegados, todo de la nada se derrumba. Hablemos de nihilismo.

La negación a todo significado y significante por sí mismo que se le da a la vida de uno mismo o la de los demás, la existencia pura del ser justificada en alguna misión, los valores agregados que da la vida más allá del respirar, comer, coger y cagar. Aquella búsqueda espiritual con la esperanza de que después de todo esto exista un mundo mejor y que todas las bondades hechas en vida se recompensen de alguna manera ante un ser (o seres) supremos nos entibia la cabeza de vez en cuando, nos hace no pensar en que simplemente a veces existimos y a veces dejamos de existir.

El propósito que damos a nuestra vida es muchas veces un acto de terrorismo social, producto de estímulos externos que nos dan y alimentan de expectativas, sueños; castillos de arena que fungen como dopamina para las masas.

Vivimos, muchos, limitados por dogmas centrados en los arquetipos cambiantes que definen terceros, limitando nuestros pasos a acciones encaminadas a ser una persona de bien, a trascender, a dejar huella con nuestros talentos y virtudes y en otros casos a no morirnos de hambre.

Considero que la liberación trascendental del humano ocurrirá cuando precisamente definamos la trascendencia, cuando no solo nos percatemos de la inmensidad del universo sino la aceptemos y nos adaptemos a ella y no la resistamos. Cuando de alguna manera comprendamos la carencia de contenido que inunda la vida, para dejar de ser parte de ella.

Nos sentimos superiores a los animales, ya que ellos no se explican ni se preguntan, solo hacen a base de instintos primarios y se desarrollan con el simple propósito de no morir. El ciervo nace, crece, se alimenta, huye, se reproduce y retoza siempre en un hábitat natural debido a que sus capacidades no le permiten modificar a profundidad el entorno que lo rodea.

Nosotros nacemos, crecemos, nos reproducimos y educamos, compramos, satisfacemos necesidades impuestas o propias con dinero todo con la finalidad de no morir y que la familia nuclear no carezca.

Lo único que nos diferencia del ciervo es que nosotros pudimos construir casas para guarecernos y que precisamente justificamos nuestras acciones con argumentos que pretenden separarnos de aquellos seres tan básicos.

Para ser sincero la muerte me da igual.

La vida, por otro lado es la que me intriga más. No vivo preguntando que hay mas allá, no pienso en que ocurrirá cuando los demás no estén, o cuando yo no este porque eso me va a dejar de importar y les va a dejar de importar a ellos en algún punto.

La vida que tenemos, lo que hacemos o dejamos de hacer, las decisiones que tomamos y la manera en que afrontamos sus consecuencias y por qué tenemos estándares tan definidos de lo que es el buen vivir pero no hemos cruzado la frontera del cinismo como para definir lo que es el buen morir.

Somos un grano de arena, una partícula más en el universo (o universos) una serie de accidentes afortunados que tuvieron la valentía de sentirse especiales porque lograron descubrir cómo impulsar un cohete a apenas unos kilómetros fuera de su esfera, y que han tenido la bravía de desafiarse a sí mismos para repetirse como accidentes.

Cuando tomemos conciencia de nuestra calidad de grano de arena, entonces formaremos la playa más hermosa.

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