Sobre el aborto legal en Argentina

A ciertas cosas estamos acostumbrados. El ranking de Transparency International del 2017 ubica a Argentina en el puesto 85 de 190. Nuestro país es más corrupto que Senegal, Jamaica o Rwanda.

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Hasta ahí, nada nuevo. La pregunta que a veces deberíamos hacernos es cuál es el costo de vivir de este modo. Es tonto, llegando al límite de lo imbécil, ubicar la corrupción solamente en los otros. El trabajo informal, por ejemplo, abarca a un tercio de los trabajadores. El trabajo informal es tan noble como cualquier trabajo, pero está (por definición) al margen de la ley. Esto nos parece completamente normal, y todos tuvimos alguna participación en esa clase de estructuras (estimo que cualquier persona de mi edad trabajó en negro alguna vez).

Un caso particularmente gracioso de corrupción normalizada son las declaraciones juradas de bienes: la comparación entre lo que declaran los políticos y lo que tienen es, cuanto menos, cómica. Sin embargo, a nadie le molesta. De hecho, cualquier persona que tenga bienes en Argentina sabe que la regla es, como mínimo, subdeclarar.

En lo personal, nada podría importarme menos que la declaración jurada de bienes de una persona. Pero el hecho (que voy a tomar como supuesto, sin discutir) de que nos parece normal que las personas mientan respecto a sus pertenencias habla por sí mismo. También nos parece normal que un policía no nos ayude si nos robaron. Nos parece también normal fumar marihuana, o que nuestros hijos la fumen, mientras miles de personas están presas por venderla.

A ciertas cosas estamos acostumbrados. La pregunta es cuánto daño estamos dispuestos a hacernos a nosotros mismos por mantener esa forma de vida. El caso del aborto es solamente uno más. No existen países sin aborto, y las tasas de aborto en Latinoamérica son más bien altas. Todas las mujeres, y todos los hombres que conversamos con mujeres, conocemos, directa o indirectamente, a alguna mujer que abortó. De hecho, según estadísticas razonables, una de cada cuatro mujeres aborta en algún momento de su vida.

Nos parece normal que las personas que conocemos y que desean abortar, tengan que hacerlo de forma clandestina. Deben conseguir un médico suficientemente confiable (dentro de la clandestinidad), conseguir el dinero, pagar en negro y esperar que todo salga bien. Nos parece normal que miles de mujeres lo hagan clandestinamente y ninguna lo pueda hacer como corresponde, en centros médicos abiertos al público y con condiciones sanitarias básicas garantizadas.

Que los países desarrollados tengan legalizado el aborto no habla de la predominancia de una religión en particular. Italia, por ejemplo, es más católico que Argentina. Tampoco nos habla de una visión metafísica distinta sobre los fetos, los bebés, la concepción o la vida. Más o menos, en todos los países se piensa lo mismo.

Volvamos al ranking de Transparency International. Todas las democracias entre los primeros países del ranking (Nueva Zelanda, Dinamarca, Finlandia, Noruega, Suecia, Suiza, Canadá, Luxemburgo, Holanda, Reino Unido, Alemania, Australia, Islandia, Bélgica y Estados Unidos) aceptan el aborto legal. Es difícil detectar algo específico que englobe a estos países. Pero que estén primeros en un ranking de transparencia es un hecho significativo en sí mismo. Algunas sociedades deciden salir de estructuras corruptas. Algunas sociedades no se acostumbraron a vivir mintiendo cada día de sus vidas.

Uno puede pensar que Argentina es un país condenado. Y esto es parcialmente cierto: incluso con grandes esfuerzos y crecimiento constante, nuestro PBI per cápita no va a ser como el alemán, incluso en un par de décadas. Pero en otros aspectos, no estamos condenados sino solamente acostumbrados. Y el aborto es sólo un caso entre tantos otros.

Que la mentira tiene costos es bastante obvio. Decenas de mujeres mueren por mantener la ilegalidad de una práctica común, que debería ser legal, como en cualquier país transparente de este mundo. E incluso las que no mueren, las que llevan un aborto casi normal, tienen que sumar a su experiencia médica una situación clandestina, ilegal, que el código penal supuestamente castiga.

El costo de mantener ilegal el aborto es claro, y está estudiado. El costo de la mentira, de vivir obligando a mentir a otros, es incalculable. Y nos afecta a todos. A veces aparece la oportunidad de cambiar, al menos ligeramente, una de las obligaciones principales que ejerce la Argentina: la obligación de mentir y hacer mentir a otros. A veces es posible, quizás no ser un país rico, pero sí uno que prefiere vivir del lado de la realidad.

Hoy está abierta esa posibilidad. Podemos seguir siendo lo que somos. O podemos intentar, al menos por un día, una cosa distinta. La realidad seguirá siendo igual (las mujeres, legalmente o no, seguirán abortando); pero nosotros decidiremos si relacionarnos con los hechos de la forma en la que estamos acostumbrados, o de una forma lúcida, madura y civilizada.

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Académico (Doctor en Filosofía, UBA). Investigo seriamente sobre lógica y racionalidad. Pero escribo sobre cualquier cosa. Twitter @diegotajer.

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