El sueldo de los políticos
El sueldo que deberían ganar los políticos es un asunto que crea improbables sintonías entre personas de muy distintas ideas políticas. Obviamente ¡cobran demasiado! Deberían bajarse el sueldo, que en cualquier caso no merecen, y experimentar en sus carnes lo que es vivir con un sueldo como el nuestro.
Pues bien, yo opino más bien lo contrario. Yo quiero políticos que, por encima de todo, lo hagan bien. Íntegros. Profesionales. Buenos en su trabajo. Y si ese es el caso, que cobren un buen sueldo me parece totalmente merecido. Sueldos demasiado bajos pueden espantar a personas brillantes que, aun teniendo vocación política, no quieran o no puedan renunciar a un sueldo muy superior en su trabajo actual. Sueldos demasiado altos, no obstante, corren el riesgo de atraer a personas mediocres, que quieran encontrar en la política el salario que ningún empleo fuera de ella les ofrecería — y todos sabemos porque lo hemos visto que hay hueco en política para personas así.
Entonces, ¿cómo decidir cuál es el sueldo óptimo para un puesto determinado, sobre todo cuando hay que hacerlo a priori, sin posibilidad de haber evaluado el desempeño del candidato? Lo ideal sería que cada puesto político llevase aparejado un salario suficiente como para que al menos algún buen candidato considerase desempeñarlo (es decir, que no supusiese una sustancial merma en su nivel de vida), pero no tan alto como para ser un aliciente en sí mismo. ¿Hay manera de fijar un sueldo que encaje entre tan restrictivas premisas?
Aquí va una propuesta, inspirada en un reto similar que lleva mucho tiempo planteado y cuenta con una solución ampliamente aceptada: las pensiones de jubilación. Cuando un trabajador se jubila, percibe una pensión cuyo valor depende del sueldo que percibía antes de jubilarse. Así, una persona no cambia su nivel de vida (o, más propiamente, lo cambia en la misma proporción que el resto) al jubilarse. Pues bien: ¿y si aplicásemos un algoritmo similar para calcular el sueldo de los políticos?
Con más detalle, estas serían las reglas generales de la propuesta:
- El sueldo de cada político iría vinculado al sueldo que tenga antes de desempeñar su cargo; no con el cargo que desempeñe. Un vínculo directo y sencillo es fijar que el sueldo sea el mismo que tuviera antes de desempeñar el cargo (prorrateando los n años anteriores de manera similar a como se hace el cálculo de las pensiones).
- A este valor habría que ponerle un límite inferior — lo lógico es que sea el salario mínimo interprofesional — para que ningún político con dedicación exclusiva pueda cobrar menos del mínimo legal para cualquier trabajador.
- Asimismo, por razones prácticas, se debería fijar un límite superior. El riesgo de no atraer a la política a algunos candidatos multimillonarios se compensa con la necesidad de garantizar la estabilidad presupuestaria.
- De la misma manera que un trabajador con buen desempeño puede esperar recibir un aumento, también puede recibirlo un político. Una medida claramente no óptima, pero sí sencilla, de evaluar ese buen desempeño (a diferencia de en un empleo privado) es por antigüedad — dado que si un político alcanza años de antigüedad es porque ha tenido que ser necesariamente revalidado por los electores (¿verdad?).
- Aparte de ese salario deberían ir los beneficios (“perks”) que el cargo exija — y solo los que exija el cargo. No tiene sentido detraer del sueldo el coste del coche oficial que garantiza la seguridad de un presidente del gobierno, por ejemplo.
- Y por último, sería justo establecer pluses que, con moderación (hasta un máximo del 20%, por ejemplo), matizaran el salario en función de la responsabilidad del cargo. Es una manera de reconocer la responsabilidad de, por ejemplo, un presidente del gobierno o un ministro, que, intuitivamente, será superior con casi total seguridad a la del trabajo anterior que tuviera la persona elegida.
Una importante desventaja del modelo es la desigualdad — personas que desempeñan puestos equivalentes pueden cobran sueldos extremadamente diferentes. Sin embargo, no hay que desdeñar las ventajas: un algoritmo transparente y universal, y sobre todo políticos que no cambian su nivel de vida al dar el salto a la política — ni a la vuelta.