¡No invente mae!

¡No invente mae!, me gritó el cabrón de Ronald cuando cruzábamos por el parque a la cancha de básquet. De carajillo siempre odie el básquet, (y todos los otros deportes para ser honesto) pero necesitaba una actividad para socializar ¡es importante socializar!

Nunca sentí que fuera particularmente brillante, ni mucho menos creativo, es solo que había un odioso lago desbordado de ideas que siempre estaba ahí. Desde cómo hacer volar un avión de papel con turbinas de cartón (nunca funcionó desde luego), complicadas historias donde ninguno de los personajes tenía permitido hablar, en fin cualquier clase de tontería imaginable. Era una enfermedad, tenía que ser una enfermedad, ya me lo habían advertido desde carajillo. “Qué no se aleje mucho de la realidad, vea que luego nunca aterriza”

Dejé pasar los años, poniendo la cara del mae introvertido/geek promedio en los noventas, luego el treintón aquel al que a veces se le ocurren varas raras. Tanto tiempo, solo para darme cuenta de que cada mañana me sigo levantando en un involuntario espasmo de neolexia.

Es difícil de explicar, es algo así como la combinación entre el efecto-IKEA, mezclado con un catalizador de ensoñación excesiva, lo que dispara las cosas que a veces me salen a chorros de la cabeza. Tengo suerte de trabajar en varas que permiten cierto nivel de ‘creatividad’, y de que se pusiera de moda el asunto de los makers y los DIY, de lo contrario y de seguro me amarran en más de uno de mis arranques maladaptivos.

Hacer complicados proyectos personales porque…. bueno porque son complicados, y eso me gusta, son un reto, reto = bueno, eso le dicen a uno de toda la vida. Escribir una novela, ¡no! ¡Ni loco! De seguro me pierdo en lo profundo del bizarro mundo que intento hilvanar desde cero.

¡Me gusta inventar tonterías! ¡Lo confieso! No puedo evitarlo, no puedo dejar de hacerlo, es más adictivo que los cigarrillos (y los que me conocen saben el problema que tengo con los cigarrillos). Solo que esto es como ser un borracho con una dotación ilimitada de alcohol, me acompaña donde quiera que voy.

¡Fantasía compulsiva!, ¡eso debe ser!, el buzzword existe, lo dice internet, internet no miente. Además todos tienen algún tipo de trastorno de personalidad, está de moda, ansiedad, déficit atencional, TOC, todas las personas “cool” tienen uno, ¿por qué yo no? ¡Fantasía compulsiva! ¡Eso es!

¿Soñar despierto? ¡Check!. Son casi las 9am ya me agarró tardísimo para la oficina.

Expresar emociones sin darse cuenta mientras sueña: ¡Check! (O al menos eso me han dicho)

¿Ticks o movimientos involuntarios?: ¡Check! Pero está bien, todo los tenemos a veces ¿cierto?, ¿¡cierto!?

Comenzar a leer un libro, hacer una pausa por un segundo. Luego imaginar que hubiera hecho en los zapatos del personaje, cambiar la historia, agregar más personajes,… ya pasaron diez minutos, ¿no debería estar leyendo el libro?: ¡Check!

Lo confieso, me salí de closet, ¡pero del de Narnia!. ¡Soy fantasioso compulsivo! ¡Y me gusta! ¡Me gusta inventar tonterías! Y las ideas que me aletean en la cabeza como mariposas, probablemente seguirán estando ahí por algún tiempo, así que…¡bienvenidas sean! De brazos abiertos recibo toda clase de libros a la Borges o más allá (¡y sí!, me voy a imaginar finales distintos a los originales, lo lamento de antemano don Jorge Luis) De brazos abiertos los dibujos escherezcos en enormes pliegos de papel en la mesa de la sala, y los complicados proyectos electrónicos sin ninguna justificación en particular.

¡Sí señor!, ¡solo porque se me ocurrió! ¡Se me ocurrió! ¡Probablemente no era buena idea!, ¡ni era estéticamente atractiva!, ¡ni lo más eficiente técnicamente! Pero no me importa, es mi ‘condición’, mi trastorno de personalidad fantasiosa, y la verdad no es tan malo como parece.

¡Púdrete Ronald!

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