GLORY DAYS

El Cofal y el Guaro


1. La habitación es pequeña. La oscuridad apenas le deja distinguir el haz de luz que entra iluminando paralelamente el piso de tierra. Se distrae en los pliegues, en las sombras de ese terreno quebrado, en esa minúscula topografía. A su izquierda siente los tablones de madera sólida, a su derecha lo mismo, como si la habitación hubiera sido hecha a su medida, exacta. Un mecate grueso le presiona el estomago y hace que le falte un poco el aire. No tiene suficiente espacio para inclinar la cabeza y ver hacia arriba, adonde está la noche y poder respirar el aire fresco. De la nariz al suelo hay un hilo, mezcla de baba y moco, este se desprende cada vez que exhala, pero uno nuevo cae, manteniendo esa inútil conexión entre una nariz y un suelo.

Respira profundo, rasga la tierra, hincha los pulmones y los llena de aire, de odio. Se agita, por un instante piensa que puede vencer al encierro pero el encierro no se vence.

No es miedo lo que siente, porque para él lo que siente no tiene nombre. Entonces escucha esa música que ya ha escuchado antes y que no entiende. El olor asqueroso a congregación humana le impacienta, lo emputa. Es entonces que siente que algo le presiona la espalda y sabe que el momento se acerca. Luego viene la estocada en la pierna que lo empuja hacia el frente y al mismo tiempo ese ruido espantoso, el sonido seco de la compuerta de madera abatiéndose de golpe hacia afuera.

2. Una luz brillantísima no lo deja ver pero siente el aire frío y el espacio expandiéndose a su alrededor, como una llanura que se desdobla. Ahora todo es luz, todo posibilidad. Los reflectores le demarcan manchones oscuros, bultos y sombras borrosas que se mueven frente a él y que corren y lo rodean.

Se siente bien al estirarse y dejar que poco a poco se acostumbren sus pupilas. Entonces escoge una de las siluetas que se agrupan frente a él y avanza directo hacia ella y arremete arqueando la espalda y concentrando toda esa rabia y ese hastío de siglos en un empuje y levanta con fuerza el primer bulto. El instante del choque lo acompaña el ruido de los huesos que se quiebran y el sonido de asombro de la gente, entonces deja que lo penetre ese amargo olor a Guaro, a grasa, a Cofal, a humano roto.

El hombre se eleva en el aire y la luz de los reflectores golpea la escena de lado y todo es perfecto; la silueta suspendida, los músculos del animal en tierra, su piel negra y brillante, la fragilidad del cuerpo embestido, tan vulnerable y desarmado.

Todo está en cámara lenta: el cuerpo flotando, nadando en nada, el animal viendo claramente el redondel lleno de gente, esa multitud de ojos y bocas abiertas, la nube baja de polvo que le rodea, la gota de sangre que se desplaza lentamente en el aire y que antecede al chorro que en segundos le saldrá al hombre de la ingle y que hará que la venganza sea casi mitológica, pero inversa, justa.

Teseo improvisado, herido de muerte en el aire, pensando en todo lo estúpido, en el toro y en Ariadna Magaly, embarazada por tercera vez.

Es entonces que tiene esa sensación extraña, esa emoción en el pecho que se eriza por dentro hacia sus extremidades y que, como las anteriores, para él no tiene nombre, pero que se alimenta de la desgracia de los otros y entonces sabe que es plenamente feliz. La gente lo aclama y todos gritan su nombre y hasta sacan a los caballos más hermosos para lacearlo con gracia y elegantemente escoltarlo hacia afuera mientras continúan las ovaciones en las graderías.

3. Todo esto quedará atrás. Llegará un día de nuevo a un espacio pequeño que le parecerá el mismo en el que ha estado tantas otras veces, pero este lo reconocerá distinto. Avanzará por el pasillo sin música, sin multitudes que lo esperen afuera. Caminará por la manga de madera que tiene solamente una entrada en uno de sus extremos y por la cual se camina en un solo sentido y una sola vez. Bajo sus cuatro patas gastadas verá de nuevo la pequeña topografía del piso de tierra y respirará profundo el olor a víscera y coágulo del matadero.

Sentirá el tope en los hombros y en el pecho, la compuerta sin bisagras no le permitirá avanzar y entonces verá el brillo del cuchillo en el aire. Un segundo antes de que le atraviesen el cuello todo estará de nuevo en cámara lenta y recordará por última vez las luces, la música, el ruido y la gloria, las miles de manos aplaudiendo y la gradería llena de gente que vino a verlo. Imaginará con nostalgia el encierro, el olor dulce y lejano del Cofal y el Guaro.

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