Aprendí a amar Stranger Things

Al principio, mi reacción fue adversa. Y reconozco que estuve en una vereda no popular, pero me hago cargo: mi primera impresión de Stranger Things fue que era una serie hecha de millones de clichés y homenajes y eso me molestaba un poco. Y eso es lo importante. Porque tengo razón, es una serie de momentos y guiños, pero lo medular es que eso llegó a molestarme. Y lo superé. Y avancé. Y seguí. Y perseveré.

Stranger Things es un cuento tan bonitamente contado, que es imposible no caer rendido. Es una historia tan humana, que termina haciendo que todos los monstruos ficticios sean reales. Porque Stranger Things está llena de monstruos reales: el miedo, el dolor, la pérdida, la amistad perdida, el sufrimiento, el sentirte loco en un mundo donde nadie te cree. Y así funciona, como una especie de catarsis, donde uno termina emocionándose con los personajes porque son reales, tan reales como nosotros.

Y me costó, sé que me costó, porque me entrampé en la forma y me molestó. Y me molestó y me molestó y me molestó, hasta que dejó de hacerlo. Hasta que vi un guiño y en vez de apestarme, sonreí. Ahí me di cuenta que la serie me dio vuelta y me cambió. Tomó mi recelo y lo convirtió en amor. Tomó todo eso que me molestaba y lo usó en mi contra. Y me ganó, me convirtió, me convertí.

No puedo dejar de admirar Stranger Things, no puedo dejar de pensar en su estética, en su amor, en su cariño, en todo lo que implica la serie. Los cuadros, los diálogos, El, los niños, las bicicletas, los misterios, los personajes secundarios, los infinitos rollos. Me enamoré. Y me enamoré como no quería. Me enamoré de esa chiquilla que uno juzga al principio y que la semi odia porque te evoca algo que no te gusta. Pero me enamoré y caí; caí fuerte.

Si aún no la ven, tienen que hacerlo. Stranger Things es un camino corto, pero intenso, un camino que se recorre rápido o con pausas: se disfruta igual. Un camino que es bonito y tormentoso a la vez. Un camino que se deja recorrer con tanta facilidad y virtuosismo, que uno termina empalagado de tanta dulzura. Y, amigos, no les miento. La van a amar. No les miento, porque los amigos no mienten.

Foto maravillosa por: Eleonora Aldea

Show your support

Clapping shows how much you appreciated Diego Huenchur C.’s story.