Rush (2013)


La competencia es el motor de la vida. Sin un gran rival, es difícil avanzar. Hay personas que creen que el mejor contricante es uno mismo, pero esta cinta cree lo contrario. ¿Qué es más terrible que ver como tu enemigo gana, gana y nada? De ahí nace la motivación. De ahí nace la guerra y el desconcierto. En la pista nos vemos.

Rush, dirigida por Ron Howard, narra la historia de la rivalidad automovilística entre James Hunt (Chris Hemsworth) y Niki Lauda (Daniel Brühl), dos grandes pilotos reales de la F1 y la gran batalla personal que vivieron tratando de ser los número 1 del mundo.

Hunt es un playboy. Un hombre que disfruta, que goza, que hace esto por ego y que es increíblemente talentoso. Un tipo sin escrúpulos, lleno de amor propio, que logra abrirse paso en la F1 a punta de suerte y ese maldito sentimiento de creerse el mejor. En este caso, le funcionó y lo logró.

En la otra vereda, tenemos a Niki Lauda, un corredor austriaco esforzado, que partió abajo y que desafió a su familia para convertirse en el mejor piloto de F1 del mundo. Es técnico, estudioso, aplicado, se duerme temprano. Es el antónimo de Hunt. Su pesadilla. Su desafío personal.

Y eso es lo importante. Acá el desafío personal es nulo, es cero. La batalla se vuelve tan reñida entre Hunt y Lauda que uno no puede existir sin el otro. Son protagonistas y antagonistas de su propia historia. Incluso, llega un punto en que Lauda cree que su único horizonte es vencer a este maldito engreído con suerte.

La cinta es rápida y fulminante y, definitivamente, Brühl no debería haber sido dejado de lado en los Oscars. Se merecía al menos la nominación, ya que su participación es fenomenal y precisa.

Entretenida de ver y fácil de digerir. La batalla lo es todo y vale la pena arriesgarse en la última curva. Además, las rivalidades siempre han sido del interés global. Más amigos que enemigos. Después de todo, como dijo el mismo Niki Lauda, “a wise man can learn more from his enemies than a fool from his friends”. Nada más cierto.