La trampa de la originalidad

(parte I)


“…any opinion on “who copied who” depends on who’s the true originator of a concept. Did A steal it from B who in his turn stole if from C? Or did both A and B steal it from C? If so, and if C is somebody you never even heard of, should A somehow get any ‘credit’ for stealing it first?”

— Jens Johansson

En nuestra sociedad capitalista occidental, se nos enseña a proteger nuestra identidad desde que somos muy jóvenes. Quizás tenga que ver con la soledad inherente al ser humano. Necesitamos darle mucho valor a lo que somos, y utilizamos nuestra identidad como una forma de comunicación que nos nos acerque a los demás y así encontrar compañía.

Nos vestimos de cierta manera, escuchamos y vamos a conciertos de cierto tipo de música, leemos a determinados autores y le vamos cierto equipo de algún deporte. Buscamos ser diferentes, nos aterra ser “como los demás”, pero al mismo tiempo siempre estamos esperando conocer personas afines con las cuales compartir nuestra individualidad. Vivimos una contradicción.

Somos bombardeados día y noche con una cantidad abrumadora de información; las personas, las marcas y las organizaciones se esfuerzan por distinguirse de las demás y no pasar desapercibidos. Basta con ir a la tienda y ver la leyenda de los empaques de los productos: “La marca de té No. 1 en el mundo”, “Ahora con más vitamina C”, “El más rico en fibra”, “El único que arranca por completo la grasa”. Mensajes, colores y balazos con el único fin de diferenciar a un producto del producto de al lado.

En las estrategias publicitarias, en los titulares de los artículos de internet, en los encabezados de los periódicos, en el color de la ropa que usamos, en el color de nuestro cabello, en todos lados: todos buscamos llamar la atención, excitar la curiosidad de los demás, ser distintos, ofrecer lo que los otros no, u ofrecerlo antes. En una palabra todos buscamos ser originales.

La originalidad tiende a ser asociada a un valor superior por ser un atributo que distingue de los demás. Al mismo tiempo la idea de copia, o referencia, es asociada a la mediocridad, al robo, a lo falso y a lo rastrero.

¿Cuántas personas comunes (no músicos) pueden distinguir entre una pieza de Bach y una de Buxtehude o Albinoni?, ¿una de Schoenberg de una de Berg?. ¿Cuántos pueden discernir entre un Mantegna y un Giovanni Bellini o un Dürer de un Grünewald?, ¿un poema de Ajmátova de uno de Tsvetaieva?. Todos ellos, artistas reconocidos y reverenciados por sus influencias, su genialidad, por llevar un estilo a su máxima expresión en su ramo, por su “originalidad”.

Es curioso que en esta época en la que casi nadie puede diferenciar entre una pieza del romanticismo de una del neoclasicismo, la medida del valor del arte sea la “originalidad”. Se acusa al artista de robar el estilo de otro, se desechan los valores estéticos cada 6 meses por “estar pasadas de moda”, se desprecia una idea porque “ya la hizo alguien más”, pero pocos se han puesto a pensar que en realidad todas las obras del ser humano son derivativas.

Cuando se dice que algo es original, se tiene la creencia absurda de que el artista la ideó de la nada; que es producto de una inspiración casi divina, en la que no intervinieron los conceptos y estilos de obras de otras personas. Esta creencia es producto de la ignorancia del espectador que tiende a tener una cultura muy pobre y no conoce todas las referencias que tomó el autor de la pieza, de otros artistas. Se le da valor a una pieza no por lo que es, si no por una idealización del “artista original”.

En realidad todos los artistas copian de alguna u otra manera a otros artistas, a la naturaleza o a su entorno; desde los músicos de pop que siguen una tendencia (es decir que copian a otros artistas o productores), los arquitectos que se basan en estructuras sacadas de la naturaleza, hasta los pintores o escultores que aprendieron su oficio copiando técnicas, temas y estilos de viejas obras maestras.

A nosotros mismos nos aterra pensar que no somos originales. Por un lado asociamos nuestra individualidad con el sentido de originalidad (no eres original, eres del vulgo, del montón), y por el otro tendemos a validar nuestra identidad a travez de las cosas que nos gustan, las cuales tienden a ser calificados según que tan “originales” son.

Defendemos a capa y espada a los artistas que nos gustan y nos ofendemos cuando los demás los critican. Vemos este ataque hacia nuestros gustos como un ataque a nosotros mismos, ya que nos aterra dejar de ser “especiales” y ser ridiculizados, o peor aún, ignorados. Al mismo tiempo nos obsesiona encontrar “plagios” en las obras que le gustan a otras personas con el único propósito de descalificarlos y así nosotros demostrar superioridad. Buscamos validarnos por medio de nuestros gustos.

La idea de originalidad es una trampa, ya que no nos permite apreciar a las personas, a las obras y a las cosas por que lo que realmente son, lo que representan, lo que nos transmiten y lo que vivimos a través de ellas. Ahí es donde se encuentra el verdadero valor, no en un concepto abstracto que sirva como moneda de cambio para valorarnos ante la opinión de los demás.

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