Lo más perturbador de Stranger Things

Te voy a pedir que hagamos un pequeño cálculo matemático. Digamos que tú y yo trabajamos 40 horas semanales, como indica la ley. Eso son 2400 minutos. Asumamos que, en promedio, dormimos unas seis horas al día. El médico y las revistas aconsejan ocho pero a mí me resulta difícil ir más allá de cinco, así que dejémoslo en seis. En total, entonces, dormimos 2520 minutos. Imaginemos ahora que somos tremendamente afortunados y que solo perdemos tres horas diarias –ida y vuelta al trabajo- de nuestra vida zambullidos en el tráfico limeño. Tres horas diarias por cinco días hacen 900 minutos. Supongamos, siendo rácanos, que dedicamos una hora diaria a nuestro aseo. Eso haría un total de 420 minutos a la semana. Por último, digamos, que las tres o más comidas que hacemos al día suman unas dos horas, con eso en total tendríamos 840 minutos semanales.

Todo ese tiempo suma 7,080 minutos. Una semana entera tiene 10,080 minutos. Así que esas actividades ineludibles que reseñaba arriba suponen el 70% de nuestra vida semanal. Para todo lo demás, para ver a tus padres, para llevar a tus hijos al cine, para tomar un helado con tu novio, para jugar con tu gato, para escuchar música, para chupar con los patas, para las clases –y el estudio- del master que llevas en paralelo, para salir a correr, para leer, para hacer el amor…para todo eso, nos quedan tan solo 3,000 minutos a la semana.

De esos 3,000, hace dos semanas, yo dediqué 395 a ver de corrido Stranger Things junto a mi esposa en el sofá. Unos días después, ya solo –me gusta vivir mis obsesiones en soledad, más que nada para que mi mujer no piense que estoy loco del todo- dediqué 395 minutos más a volver a ver los ocho capítulos de la serie, para así intentar responder una sola pregunta.

No voy a adentrarme ahora en lo conmovedora que resulta esta resurrección de Winona Ryder, ni en la genialidad de los hermanos Duffer, ni en la relación incondicional que todos los aficionados establecimos con Barb, ni en la ternura infinita que despierta Dustin, ni en como todos nos vimos retratados en la torpeza del romance infantil entre Mike y El.

Mi pregunta iba por otro lado, no sé si se la hicieron también ustedes, quizá los mayores de 35 sí, quizá no. Y a ella dediqué por lo menos 790 minutos de mi semana. La cuarta parte de mis minutos libres de esos siete días. Había algo en ese pequeño pueblo de Indiana, en esa pandilla de niños en bicicleta, en esos personajes arquetípicos de secundaria, algo que iba más allá de las miles de referencias al cine y la cultura popular de los años 80. La clave, parecerá absurdo, me la dio finalmente la secuencia de apertura. Esas letras rojas y esa música de sintetizador. Gasté 790 minutos y la clave estaba en los 50 segundos iniciales.

¿Qué es lo más pertubador de Stranger Things? Lo más pertubador no es que nos recuerde la cultura popular que consumíamos de niños. Lo más pertubador no es que nos haga habitar de nuevo ese mundo de aventuras y misterios escalofriantes con el que todos soñábamos frente a la televisión. Lo más pertubador de Stranger Things es que no es un homenaje a esas series y esas películas, lo más pertubador es que es un homenaje a cómo nos sentíamos nosotros viéndolas en el televisor.

Publicado originalmente en la edición agosto 2016 de Revista h.

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