Porque tu opinión no importa

Desde hace ya un buen tiempo, una popular radio peruana ha convertido en su lema la frase “Porque tu opinión importa”. La frasecita no es sino un paso más allá del famoso “todas las opiniones se respetan”. El dicho original, si se piensa con cuidado, no es sino un malentendido. A quien debemos respetar es a quien emite la opinión. El periodista español Arcadi Espada decía que había que discutir las ideas con vehemencia hasta el final para que ni una sola de las chispas propias de la discusión salpique a las personas que la mantienen. Una opinión no se respeta: o se está de acuerdo con ella o se discute. De hecho, a mí me gusta mucho más el dicho anglosajón: las opiniones son como los culos, todo el mundo tiene una y la mayoría apesta.

El problema mayor no es que una radio deseosa de llenar espacio al aire con contenido barato –o de costo cero– abra el micrófono para que sus oyentes llamen a decir lo que les plazca, el problema es que la mayoría de los columnistas o analistas en prensa local parece haber hecho suyo el lema. Hace poco lancé un reto a mis amigos y seguidores en Twitter y Facebook: “Enumeren articulistas o columnistas en prensa peruana que habitualmente citen informes, estudios, libros, artículos”. El silencio con que fue recibida mi inocentada –incluso los pocos que respondieron no pudieron aportar nombres– fue a la vez triste y revelador.

Cuando leo a las caras conocidas de nuestra opinología local, recuerdo las palabras del escritor español Rafael Sánchez Ferlosio, quien en un ensayo de 2002 escribía “nada hay más peligroso para uno que estar cargado de razón ni nadie más peligroso para los demás que el que está cargado de razón”.

La mayoría de los opinólogos peruanos pareciera enfrentarse a la página en blanco “cargado de razón”, sin saber o siquiera plantearse que no basta con tener –o creer que se tiene– razón, sino que es indispensable demostrarlo.

Tener razón sin argumentar por qué no significa nada. De hecho, esa carencia significa que no tienes razón. Pero, en nuestro país, basta echar un vistazo a las páginas de Opinión en periódicos y sites de noticias, argumentar se ha convertido en un trámite tan innecesario como frenar el auto delante de un paso de cebra. Total, qué más da llevarse unas cuantas verdades o personas por delante.

Las redes sociales nos han hecho creer a todos que nuestras opiniones, ceñidas a 140 caracteres, aderezadas con un meme o un gif, y atadas a un hashtag, son indispensables para la supervivencia de la Humanidad, aun cuando no las sustente ni un solo dato. Que el ciudadano de a pie, cuyo salario o cheque por honorarios profesionales depende de cualquier otra actividad, crea que Facebook y Twitter no pueden vivir sin su última ocurrencia genial, bueno, qué le vamos a hacer. Que personas a las que se les paga por opinar con conocimiento de causa rebajen el debate público a una discusión de chingana, a la que solo le falta –menos mal– el “yo te aprecio”, resulta injustificable.

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