La victoria de Trump y la lucha de clases

Trump no ganó gracias al voto de la clase obrera tradicional ni de los trabajadores precarios. Esto tiene que quedar claro. Uno de los mitos más recurrentes de la historiografía y del análisis político liberales es, precisamente, el que sostiene que son las clases trabajadoras y los pobres quienes suelen apoyar y mantener no sólo a los partidos de ultra-derecha, sino también a los victoriosos regímenes electorales de corte fascista. Esto es falso y tiene que ser desvelado.

Sin duda, una buena parte del proletariado votó por Trump, e incluso una porción considerable lo apoyó abiertamente. Pero no fue la mayoría. Si las encuestas de salida de CNN y del New York Times son una referencia, menos de 42% de los votantes que ganan menos de 50,000 dólares al año lo eligió. Y hay que remarcar que se trata de los votantes.

Esto último no es en balde. Las elecciones en EU tienden a ser poco concurridas, lo cual contrasta enfáticamente con el gasto multimillonario de las encuestas, su insoportable duración y su agobiante omnipresencia. Incluso estas elecciones, pese a haber sido las más caras de la historia, atrajeron menos votantes de lo normal. Pero no sólo la votación total fue baja. Las clases trabajadoras y las minorías tienden, generalmente, a no votar. Un sinnúmero de estudios de comportamiento político en EU lo demuestra.

Así que si el proletariado vota poco y no fue la mayoría de éste quien apoyó a Trump, ¿quién le dio la victoria? La respuesta es un lugar común de la historia de los últimos cien años: la pequeña burguesía.

Según las mismas encuestas citadas más arriba, en todas las categorías de ingreso superiores a los 50,000 anuales ganó Trump. Así que no estamos hablando únicamente de los empobrecidos trabajadores del Rust Belt, sino, sobre todo, de los suburbios tradicionales de casi todo el país; no estamos hablando de las paupérrimas masas del sur, sino de la clase media baja (la pequeña burguesía) que en tiempos de crisis ideológica y económica del capitalismo tiende a refugiarse en esquemas autoritarios, conservadores y proteccionistas para resguardar lo poco que le queda, y para mantener vivo su ilusorio modelo de vida.

El desarrollo industrial generó las bases económicas para que el proletariado creciera exponencialmente, pero también sentó las bases para que una numerosa capa de pequeños propietarios, comerciantes y empleados se desenvolviera en todos los sectores de la economía. El Estado de Bienestar favoreció este desenvolvimiento y mantuvo una suerte de equilibrio entre las necesidades y aspiraciones de ciertos sectores proletarios y los de las clases medias no enriquecidas, pero sí beneficiadas por economías crecientes.

El neoliberalismo desbarató las victorias del proletariado y adelgazó las ganancias de la pequeña burguesía, a la vez que facilitaba la concentración y el acaparamiento en las más altas esferas del capital. El incremento de las desigualdades ha sido un foco de atención para las fuerzas liberales y social-demócratas de la pequeña burguesía, pero su atención se ha quedado corta. En cambio, el proletariado ha sabido reaccionar, generalmente, a los golpes asestados por la clase dominante, inclusive en un ambiente que, políticamente, le es cada vez más desfavorable visto el ataque estructural a sus organizaciones tradicionales (sindicatos) y sus modos de sustento (trabajo formal y protegido, seguridad social y servicios públicos). Esto no significa que no haya sectores del proletariado que giren a la derecha y apoyen proyectos políticos como el de Trump. Pero esto se debe más a la desorientación del proletariado y su falta de liderazgos y alternativas políticas claras, que al poder de convicción de los programas ultraderechistas.

Por su parte, la pequeña burguesía se ha visto más a la merced de los proyectos políticos de ultra-derecha, cual canto de sirena que la guía hacia el precipicio. Y es que, sin mayores pretensiones ideológicas, la pequeña burguesía es más débil que el proletariado en cuanto a enfrentar los ciclos anti-progresistas del capitalismo se refiere. Esto no quiere decir que no haya elementos de la pequeña burguesía prontos a radicalizarse e incorporarse a organizaciones anticapitalistas, o por lo menos socialdemócratas. Quiere decir que, como bloque, tiende a naufragar políticamente: debido a la crisis del momento, sus fuerzas políticas tradicionales (partidos de centro) suelen perder poder representativo y presencia en el panorama político; la crisis ideológica, acompañante eterno de la crisis económica, terroriza y desorienta a la pequeña burguesía mucho más de lo que ocurre con el proletariado, y esto porque este último suele tener bases ideológicas (anticapitalismo, si bien no generalizado ni frecuentemente bien liderado) que le son proprias, mientras que la primera carece de ellas.

Esto es importante: las aspiraciones de la pequeña burguesía suelen empatarse, más por magnetismo e ilusionismo que por real posibilidad, con la de la burguesía. Ojo, porque en momentos de crisis, la golpeada pequeña burguesía suele pensar que, para conservar lo poco que le queda, debe abrazar modelos políticos reaccionarios y autoritarios, ¡modelos que tienen a desbaratar todavía más sus precarias bases económicas! El fascismo y el autoritarismo en general tienen tendencia a favorecer el gran capital: los monopolios y la concentración. En una dinámica tal, adjunta a un neoliberialismo rampante desde hace décadas, la pequeña burguesía tiene todo que perder, ¡pero no logra darse cuenta de ello y, al contrario, refuerza todavía más los clavos de su proprio ataúd!

Esto se debe, en parte, al discurso y la retórica de la ultraderecha. A diferencia del discurso liberal (de centro), el discurso ultraderechista reviste muchos más lugares comunes a las aspiraciones radicales del proletariado y de la pequeña burguesía de lo que realmente se propone en el panorama económico una vez que alcanza el poder. El radicalismo pequeñoburgués, que consiste generalmente en utópicas referencias a estados de competencia pura y amigable, y a una meritocracia basada en el esfuerzo del trabajo honesto y justamente retribuido, en lugar de la especulación y la avaricia, entiende la necesidad de limitar la voracidad del capitalismo monopolista y financiero. Lo que sin embargo no entiende es que su idea de sociedad ideal no deja de ser una sociedad capitalista. Y debido a las contradicciones estructurales del capitalismo, no hay modo eficaz de regularlo, domesticarlo ni humanizarlo. Su tendencia hacia la acumulación y la concentración parece ineludible a pesar de los esfuerzos reformistas, y tal es la dinámica que engulle a la pequeña burguesía, a los pequeños negocios, las profesiones liberales independientes, los pequeños talleres, etc.

Y en parte, se debe también al desprecio y el miedo con el que grandes sectores de la pequeña burguesía ven en el radicalismo proletario el fin de sus propios modos de sustento. No importa cuántos pequeños propietarios sean, en realidad, más pobres que muchos obreros calificados: la pequeña burguesía sigue viendo con malos ojos la promesa de una sociedad sin propiedad privada de los medios de producción… ¡como si ésta todavía produjese mucho y de modo sustentable en una economía voraz!

Estos y otros elementos explican de modo más certero, aunque complejo, la victoria de Trump en un ambiente económico incierto y de elevadas desigualdades; de tensión social y política manifiesta y de crisis fundamental de la ideología liberal dominante (no sólo aquella de la globalización cosmopolita que tanto lloran los liberales, sino aquellas de las posibilidades reales del modelo democrático liberal, del modelo económico de “libre” mercado y de Estado antisocial).