Querido David Bowie,

Más que una carta, esto es un post scriptum, una breve nota a lo que escribí hace un año, después de tu muerte, y a un breve texto que pronto aparecerá en la revista Tierra Adentro, en la que hablo de ti como lector o como el lector que los medios de comunicación nos dijeron que eras, pero aquí mi idea es decirte algo distinto.

Escucho No Plan, el EP que apareció hace un par de días, en tu cumpleaños número 70, al que no llegaste, y descubro en ese cuarteto de canciones una suerte de suma o resumen de tu vasta obra, mejor aún, una especie de pie de página a tu obituario.

De entrada, “Lazarus”, que ya conocíamos, me hace mirarme en el espejo y descubrir que, hoy, a 365 días de tu muerte, soy otro y estoy más vivo que nunca, tan vivo como siempre quise estar vivo, un poco así, como tu cantas:

This way or no way
You know, I’ll be free
Just like that bluebird
Now ain’t that just like me.

Los versos anteriores, claro, me remiten a “Bird on the Wire” de Leonard Cohen:

Oh like a bird on the wire, 
like a drunk in a midnight choir 
I have tried in my way to be free.

Y así me siento, como un pájaro por fin libre, feliz, en pleno vuelo o en reposo compartido en un cable, por encima de todo, desafiando la electricidad, la alta tensión que recorre el metal sobre el que estamos posados, hoy.

Las otras tres canciones me parecen los lados de una misma pirámide emocional o la punta del iceberg de tu obra entera, humores y letras y melodías que dialogan con tus más de cuatro décadas musicales, la morosidad hipnótico-enigmática de “No Plan”, el desgarramiento metálico de “Killing a Little Time” y, finalmente, ese lado b de “Strangers When We Meet” que es “When I Met You”, canción de oscura luminosidad que lo mismo seduce que provoca el peor escalofrío:

You have just everything
But nothing at all
Now the moon is dark
Feels like pain again
You could feel my breath
You opened my eyes
For I could not see
When I met you.

Pienso, después de escuchar la canción, tu voz, y leer tus palabras, en un libro que mi novia le regaló a mi hija y que, siempre que leo –me pide que se lo lea una vez al mes, más o menos–, me provoca la sonrisa más melancólica: El pato y la muerte, de Wolf Erlbruch (y que colocaré al final de este PS, en un PSS).

Y es que tú, David Bowie, abrazaste a la muerte, le diste tu calor y tu aliento, y luego te dejaste morir, sonriente, y emprendiste el viaje sin retorno sobre las aguas del río Estigia, sin necesidad de llevar monedas en los ojos, porque no subiste a la embarcación de la Parca sino que, como ese ser extraordinario que siempre fuiste –que siempre eres–, conseguiste caminar sobre el agua para alcanzar tu último destino.

Hoy, lo has conseguido, eres todo.

Y eres nada, aquí, ahora.

No te abrazo, porque eres tú el que me abrazas a mí desde hace un año.

Gracias, de nuevo.

D.

PSS. Aquí El pato y la muerte.

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