Lo que un niño grita en silencio
Manuel lloraba junto a la ventana de su habitación. Sus padres habían estado gritando por al menos una hora ya, y aunque no entendía exactamente a lo que se referían con sus palabras, estaba seguro que era por su culpa. «No debí haber traído ese perrito a casa», pensaba. «Yo solo deseaba ayudarlo porque no tenía dónde taparse de la lluvia. Ahora me lo quitarán. Se llevarán a mi perrito.»
Eran las 3:00 am. Manuel no había podido dormir ni por unos minutos. Lo único que escuchaba eran los sollozos de su madre en la otra habitación, completamente sola. Su papá aún no había llegado a casa; salió a trabajar temprano esa mañana. «Seguro papá tiene más trabajo que hacer y tiene que quedarse», pensó Manuel. Y entonces se acurrucó entre las sábanas; su madre seguiría llorando lo que restaba de la noche con el teléfono entre sus manos.
Manuel llamó a su perrito «Café». Le gustaba jugar con él. Los vecinos siempre los veían por la ventana, dueño y su mascota, corriendo por el vecindario. A nadie más consideraba su amigo más que a Café. Pero un día Café se fue, y jamás volvió.
Manuel le preguntó a su mamá si podía llevarlo al parque para pasear a Café. Ella le dijo que irían después de haber comido, así que él le ayudó a acomodar la mesa. En el parque, su mamá le rentó una bicicleta y se puso a andar por todo el lugar mientras ella esperaba en una banca intentando contactar a su papá. Café perseguía a Manuel, así que este aceleró para poder escapar de Café.
La caída fue violenta. No logró alcanzar a doblar en una curva. Había sangre y arena en su frente, manos y piernas. No aguantaba el dolor. Manuel comenzó a llorar. Esa noche su papá lo llevó al doctor para que le curara las heridas.
Manuel le contó a un amigo que sus papás se peleaban. Su amigo se lo contó a su propia mamá. Aquella mamá a otra mamá, y así. Lo que Manuel no sabía era que esas cosas no se contaban. Pasó toda la tarde pidiendo perdón, pero ni así su madre se calmaba. Los golpes dolían. La voz de su madre se había vuelto irreconocible, era más áspera, más demoníaca. Dolía más cuando le jalaba del cabello. «Yo no sabía», era su mejor excusa; pero todo lo que intentaba decir era en vano. Ella no escuchaba, jamás lo hacía. Esa noche Manuel pensó por primera vez en morir.
A Manuel le gustaba ir a la escuela. Tanto él como sus compañeros de clase sabían que él era inteligente. Su clase favorita era Inglés. No lo entendía del todo pero sus notas siempre eran altas en ejercicios, tareas y exámenes. Un día, en medio de su clase favorita, su nariz comenzó a sangrar. Ya había sucedido muchas veces antes, así que simplemente hizo su cabeza para atrás, y comenzó a limpiarse con un pañuelo. Pero el sangrado esta vez duró más, así que los maestros se preocuparon y llamaron a su madre para que se lo llevara a casa.