Capítulo 18: Como cuando estudié en 10 colegios diferentes

Habla del colegio de curas y del instituto, luego habla de la universidad.

Siempre he creído que soy un experimento de mi madre, y no lo digo en el mal sentido; mi mamá es pedagoga y todo el tiempo está buscando y tratando de aprender nuevas formas de enseñanza, y desde niña me sentí como su conejillo de indias yendo de escuela en escuela. No les miento cuando les digo que al menos he pisado una decena de colegios en toda mi vida; de todo tipo, formas, colores y sabores. Pasé por el colegio de monjas, el instituto fresa bilingüe, la escuela “patito”, la escuela pública, el colegio al que todos llevaban guarros (excepto yo), en fin.

A los 5 años de edad la astucia de mi madre venció al sistema educativo haciendo que a tan vasta edad yo ya estuviera cursando la primaria; lo que hizo que la universidad la pudiera terminar a los 20 años (lo sé, #MyMomRocks).

Y de todos los colegios en los que he estado hay sin duda algunos que me marcaron con muy malas experiencias; y otros con muy chidas.


El colegio religioso

Durante mi vida académica he estado en 2 escuelas católicas; una de monjas que no tuvo mucha relevancia: un montón de niñas siendo cuidadas y educadas por un montón de monjas. Y EL colegio religioso liderado por un padre que no dejaba que usáramos los libros de texto de la SEP por que #Blasfemias, así que estudiábamos de los libros que él mismo redactaba (hasta este momento me causa gracia pensar en esta mamada).

La rutina en este colegio era la siguiente: Diario sin excepción alguna rezábamos un rosario, los lunes teníamos honores a la bandera y algo más, una misa oficiada ni más ni menos que por nuestro líder de ideas retrógadas. Examen oral, ¡diario!, a medio día para ver si nos habíamos aprendido de memoria al menos dos hojas de algún libro del padre. Reglazos si no te sabías las respuestas del examen oral.

Ahora que lo pienso, ¿wtf con esa escuela? ¿En qué momento mis padres creyeron que asistir a una escuela así sería una buena idea e inversión en mi educación? Obviamente las personas que trabajaban ahí les pintaron todo de color rosa; y jamás mencionaron que los golpes y castigos eran parte de su sistema educativo.

Mi asistencia en esa escuela terminó el día que yo olvidé una tarea en casa, juro que la había hecho, pero la maestra nunca me creyó y decidió que tal falta e irresponsabilidad debían ser castigadas, ¿cómo? Dejándome media hora hincada al frente del salón con dos corcholatas de refresco bajo mis rodillas (los reto a que lo intenten).

Salí ese día del colegio, le conté lo sucedido a mi mamá y lloré por que no solo me había sentido humillada, en verdad esas madres me dolieron y me dejaron marcas. Y ese fue mi último día en esa escuela. Mi mamá los mandó a la chingada y jamás volví a pisar un colegio religioso, thank God!


El colegio wanna be fresa

Cuando llegué a este instituto no sabía que esperar, venía de haber estado en colegios bien estrictos y este parecía uno más, pero en cuanto di un paso en el salón me sorprendió ver que literal era una jungla. Este colegio refugiaba a cualquier exiliado de otra escuela; si te habían expulsado o si no te querían en otro colegio, aquí era el lugar donde te daban una mano, una segunda oportunidad, pero de hacer cualquier desmadre que se te ocurriera, LOL.

Nuestro pan de cada día era hacer llorar a los maestros y burlarnos de ellos. Hubo una ocasión donde entró nuestro tercer profesor de matemáticas, y nos dimos de plazo una semana para hacerlo renunciar, y lo logramos.

Me suspendieron en época de exámenes por que le grité a una amiga — maldita zorra- delante de todo el salón; usamos un extintor para empaparnos por que #YOLO, rompimos la puerta del salón y la pared de tabla roca, nos dejaban sin receso cada que hacíamos llorar a la maestra de Inglés, le aventé salsa valentina en la cara a un compañero, él se la cobró con un escupitajo en mi cara también.

¡Era una jungla sin autoridad ese lugar! y desde entonces soy una rufiana, así que piensen dos veces si un día se quieren meter conmigo.

El colegio fresa, llámese Prepa Tec de Monterrey

Debo decir que la etapa de la prepa en este instituto trajo un sin fin de emociones. Por un lado la mitad de mi estancia aquí estuvo llena de inseguridades y caos, y la otra mitad de pura buena onda y diversión.

Comenzaré diciendo que yo no quería estudiar en este lugar, me aterraba la idea de estar en un ambiente al que no pertenezco pero mis papás me obligaron “pirqui era lo mijor piri mi educación” y debo decir que los primeros 3 semestres fueron tiempos difíciles; yo venía de un colegio totalmente distinto (la jungla), y sentía que no me podía acoplar, reprobé muchas materias por que las daban completamente en inglés o en francés y yo no entendía ni madres, incluso tuve que ir al psicólogo de la escuela por que veían que nomás no daba una.

Estuve a punto de desertar hasta que una plática intensa con mi mamá me hizo reaccionar; ella venía de un hogar donde nunca le brindaron la oportunidad de estudiar, todos sus hermanos trabajaban para que el más chico de ellos pudiera ser el único en la familia en tener una educación. Y entonces cambié mi forma de ver las cosas, mi percepción, me apliqué como nunca me había aplicado en un colegio, y hasta el día de hoy puedo decir que esta escuela me cambió la vida; abrí mis horizontes, conocí y viví cosas que jamás creí iba a vivir, aprendí inglés al cien, tuve la oportunidad de viajar con mis amigos al freakin Nueva York, debatí en el modelo de las Naciones Unidas, fui parte del equipo de basquetbol (si, aunque usted no lo crea) y sobre todo: aprendí que puedo lograr lo que me proponga, que soy capaz de llegar hasta donde quiero, que la cultura del emprendimiento puede forjarse desde que eres adolescente y que los pensamientos limitantes te quitan oportunidades, que cada situación buena o mala puede ayudarte a crecer y que la disciplina te puede llevar hasta tu objetivo.

Esta es la décimo octava entrega del ejercicio anti-poético propuesto por Javier Molinero. I swear I’ll tell nothing but the truth.