La primera vez que ligué, o La vez aquella que ligué

Kam 💖💜💙
Jul 30, 2017 · 8 min read

La primera vez que ligué ya había cumplido los 20 años. Soy consciente de que es tarde para estrenarse, me arriesgo a cualquier juicio que se me pueda hacer, pero tampoco he venido aquí a mentir. He tenido parejas, he tenido rollos de una noche, pero no considero que ninguno fuera ligar. Para mí ligar no es un flechazo enorme, ni una atracción sexual sin más a la que uno pueda poner solución rápido en los baños de una discoteca. Es otra cosa: es conocer a alguien en cierto contexto, atraerle, quedar, ir a su casa… Un proceso social, no uno que obedezca a emociones primarias como lo son el amor (la considero una emoción primaria, aunque también puede ser que sea yo una intensa de mierda) o las ganas de que alguien te azucaree el churro.

No soy la mejor en lo que a procesos sociales se refiere. Fui una adolescente sin muchos amigos, a día de hoy tampoco salgo demasiado, y me llevo mejor con mis libros que con la gente. No lo digo desde una posición de misantropía, tampoco de timidez: al contrario, el mundo y la gente me flipan. Pero necesito descansos muy a menudo, porque todo me resulta demasiado complejo, demasiado bello, o demasiado lo que sea. Pero esto no viene al caso. El caso es que cualquier cosa que implique interactuar con la gente se me hace terriblemente difícil de entender. No sé estar con grupos grandes porque son demasiadas caras a las que prestar atención. Me cuesta leer las emociones en las caras de las personas. La última vez que estuve en una boda preguntaba constantemente a mi padre por qué estaba sucediendo lo que sucedía, por qué se daban algunos sucesos que sigo considerando superfluos. Nunca comprendo la mitad de las cosas que mi entorno considera erróneas, cuestionables o improcedentes.

Debió ser por eso que llegué tan tarde a un proceso ya conocido por la mayoría de mis coetáneos generacionales. Creo que para llegar a la adultez existen ciertos ritos de paso, y que a veces difieren con la idea que tenemos de esta edad en sí misma. Por ejemplo. Es fácil pensar que la gente que tiene la vida hecha folla, tiene trabajo, una casa, ciertos conocimientos en burocracia, o cualquier idea adolescente de lo que es llegar bien a los 30 años o así. Pero nadie piensa en cómo llega dicho adulto a follar, o en cómo se lleva con sus compañeros de trabajo o si van de cañas después, o si comparte piso con alguien… Para llegar a ser una persona de bien hay que dejar también la actitud que te lleva a coger un libro en los descansos entre clases en vez de incurrir en conversaciones superficiales. Yo lo haría, pero no sólo no sé cómo diantres hacerlo, sino que me parece a todas luces ilógico. Sé que sería positivo a largo plazo, pero…

Conocí a un chaval en una actividad que organizaba un colectivo feminista en el que participo (no sé si os resulta irónico, pero a mí sí). Estaba solo, y según me contó después era la primera vez que asistía alguna actividad de este tipo, porque había sido invitado por una de mis compañeras. Durante un descanso salí a fumar con un par de amigas y él estaba fuera, hablando con alguien más. No recuerdo del todo cómo se juntaron ambos grupos, igual la persona con la que hablaba se llevaba con mis amigas, o sabe dios. Me pidió fuego, fumamos juntos un rato y hablamos. Me pareció interesante, porque me recordaba al típico comunista que estudiaba Historia. No tardé ni 10 minutos en preguntarle si lo era. No lo era. Seguimos hablando. El descanso terminó y volvimos dentro, y no nos sentamos juntos. Estábamos debatiendo y él tuvo una actitud machista sutil. La ignoré y al segundo me sorprendí ante mi propia falta de escrúpulos y de valores y de todo, y me pregunté a qué puñetas pudo haberse debido. Una vez acabó la actividad se quedó con nosotras ayudándonos a recoger todo, y escuchando por encima algunos de nuestros debates o cómo compartíamos opiniones. Luego todas (todas porque seríamos 10 mujeres y él) fuimos al metro para hacer planes; él y yo íbamos algo por delante, hablando. Mis compañeras iban a salir a cenar, pero yo tenía que volver a casa. Él quiso ir con ellas, no dándose cuenta de que su idea era una cena de chicas. No tardaron en dejárselo claro. Me estaba fumando un cigarro y no podía entrar a la estación, así que me despedí de mis compañeras y del chico en la entrada, y me senté en las escaleras. Él no tardó ni 5 minutos en volver y me dijo, creo que textualmente: “como igual no nos volvemos a ver, ¿me puedes dar tu número?”

Yo no cabía en mí de la perplejidad.

Se lo di, y él me habló para que guardase el suyo. Por alguna razón no lo hice. Debían ser las 11 y poco, mi hora habitual de volver a casa cuando salgo hasta tarde. Él no volvió a bajar al metro porque nos entretuvimos hablando: me habló de sus gustos, sus hobbies, de algunas cuestiones ligeramente personales, tuvimos algún pequeño debate… A decir verdad él ocupó una parte muy grande de la conversación. Yo le pregunté por su signo del zodiaco (era Géminis), y le hablé de David Lynch y de Fishing with John, y probablemente de algo más. Antes de que nos diéramos cuenta eran las 12 y media pasadas. Teníamos que coger el mismo metro, así que seguimos hablando hasta que se bajó. Nos prometimos que volveríamos a quedar. Perdí mi último bus, de modo que me llevó ligeramente más de lo habitual volver a mi casa, tiempo que utilicé para mandar al chaval una lista de pelis de David Lynch que DEBÍA ver.

Volvimos a quedar, creo que no pasaron más de 3 días. Me invitó a su casa. Las cosas siguieron un cauce similar a lo que había sucedido en el metro 3 noches antes pero bajo techo, con algún vídeo de youtube, mayor contacto físico, y un nivel de mayor profundidad personal. Al menos por su parte. Me preguntó por mis tatuajes, y también por mis cicatrices del brazo. Le respondí una gilipollez digna de lo gilipollas de la pregunta: que me habían atacado 35 tejones. Ni uno más ni uno menos. Fue por la tarde, y creo recordar que ni siquiera cenamos, sólo comimos fresas con naranja (un invento delicioso que yo desconocía). A las once y media dije que debía irme, y él pareció sorprendido. No comprendí por qué, le había dicho que tendría que volverme a casa. Me dijo que no se imaginó que tan pronto. Nos prometimos que volveríamos a quedar.

Me insistió muy profusamente en que quería que me quedase a dormir en su casa. Huelga decir que yo, durante todo el tiempo hasta entonces, había estado muy confundida ante toda la situación. Probablemente me hubiera ahorrado mucha angustia el conocerla previamente, el haber sabido cómo proceder, y el creerme que eso era lo que estaba sucediendo. En plan, ESO, esa movida que no creí que me pasaría en la puñetera vida, que a alguien le había parecido DECENTE y quería ALGO conmigo. Realmente agradecí su insistencia en ese sentido, me allanó un poco el terreno. O más bien, me ofreció un terreno. No me puedo quedar a dormir fuera de casa. Le puse a mi padre una excusa de mierda (que me había ido a un retiro de yoga a la sierra, ni siquiera practico yoga) y 7 días después de la primera vez que quedamos me presenté en su casa de nuevo.

Estaba nerviosa de pelotas. Estoy convencida de que mandé a todos mis mejores amigos lo menos 25 notas de voz cagándome en todos mis muertos, sus muertos, mis circunstancias y la vida y la existencia en general. No ayudó encima que me cancelasen el plan de justo antes con suficientemente poco margen como para no poder volver a casa, y que me tuviera que quedar sentada en un parque sola con mi fuero interno durante hora y media, y eso porque él tuvo la deferencia de adelantar la hora de nuestra cita. Transcurrió de forma similar a la anterior, hasta aproximadamente las 2 de la mañana. Le dije algo así como que qué grandes tenía las pupilas y que si se debía a algo (me imaginé muy genuinamente que igual el hombre tenía problemas de vista o de corazón, causa común de tal hecho, y que igual era un cauce interesante al que llevar la conversación). Su respuesta fue algo así como “las pupilas se dilatan cuando ves algo que te gusta”.

Mi primer instinto fue mirar detrás de mí. Su respuesta me descolocó, aunque a la vez me pareció reveladora y clarificante. En un principio, no obstante, el descoloque ganó a las demás emociones. Me sentí como creo que deben sentirse los animales a los que en el zoo les ponen un cartel de “no golpear el cristal” cuando alguien golpea su cristal. Le podía haber entrado pero no lo hice porque en su lugar me llevé las manos a la cabeza y puse los ojos como platos intentando asimilar el suceso. Él se mostró decepcionado y me insinuó que había entendido de mi reacción que no le gustaba. Yo le dije que no era eso, sino que soy tontísima (era verdad). Después intenté entablar contacto físico con él para eliminar la tensión, llegándome a poner en posturas extrañísimas más propias de un gato que de una pava con un mínimo de lógica. Sólo me entró cuando ya había desistido en el entablar contacto, y estaba en uno de los sillones de su salón con la cabeza echadísima para atrás del cansancio. Me miró fijamente durante un rato (yo le pregunté que qué pasaba porque creía realmente que pasaba algo) y me besó. Al poco tiempo yo le dije “¿vamos a tu cama, cielo?”. No sé por qué le llamé cielo. No lo había hecho hasta entonces. Me dijo que le gustaba y que lo hiciese más.

Pasó lo que tenía que pasar. Bueno, o algo así. No tenía condones. Esto me confundió muchísimo porque sus padres tenían una tienda de la que antes de nuestra cita había tenido incluso la consideración de coger mermelada para poder prepararme algo vegano para desayunar. ¿Por qué cuernos no cogería condones? Me lo pregunto mucho, quiero decir, fue él quien me dijo de dormir en su casa. Pero todo lo demás fue por donde tenía que ir. Él tenía 2 camas, pero al acabar me dijo de dormir en la suya. No había dormido con nadie nunca, al parecer. Creo recordar que tenía 25 años. Probablemente fuese demasiado insistente en preguntarle el por qué. No entiendo cómo su respuesta no incluyó tejones. No tuve ningún éxito, no sé dormir con gente, me cambié de cama más o menos a la hora.

Me fui de su casa a las 5 de ese día porque había quedado. Nos prometimos volver a quedar. Me habló por Whatsapp y no le respondí. Me di cuenta de que no lo había hecho a las 3 semanas y me pareció algo tarde para arreglarlo.

Él, no obstante, sabía que yo soy terrible por Whatsapp. No sé. Pienso en la de cosas que le dije, y en la lista de películas de David Lynch que le pasé, y en si las vería. Yo vi las series que me recomendó, alguna incluso se ha convertido en una de mis preferidas. Vi los canales de Youtube de los que me habló y estoy suscrita a alguno. Pienso en que me escuchó hablar sobre mi hype sobre Trainspotting 2 (creo que iba a salir la semana siguiente) y lo maravillosa que es su banda sonora, y en que pareció importarle. Pero si le importaba, ¿por qué no insistió? Quiero creer que el pobre tampoco estaba para irle detrás a nadie y que le daba pereza. Pero me pesa ver más probable que es que ya consiguió lo que quería de mí. Y lo que quería no eran mis pelis de David Lynch y follar, sino follar sólo.

Sigo sin entender nada y creo que es mejor así.

Kam 💖💜💙

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Me gustan Los Planetas como a todos los puretas. ♏️🌞♈️🌝 (ilustración: @novelteeth)