Ofelia

Antonio Arenas
Nov 1 · 11 min read

Año 1949. Puebla, Puebla. En una casa estilo victoriana, la familia Carvajal se prepara para la boda de su segunda hija. Minerva, la menor de las tres, corre divertida por la sala sin una noción precisa de sus obligaciones sociales. Eva, la futura esposa, observa los preparativos con una sonrisa llena de satisfacción al saber que está a punto de lograr lo que ha soñado desde niña. Su momento de plenitud es interrumpido por la pequeña Minerva, quien desea conocer el paradero de Ofelia, su hermana mayor. Eva le aclara con una dulce sonrisa que Ofelia se encuentra en su cuarto porque no se siente bien. Minerva tiene claro que a partir de la boda, su familia no será la misma.

–¿Este ya no será tu hogar? –preguntó Minerva, con cierta angustia.

–No, ahora tendré mi propio hogar –contesta la orgullosa hermana.

Minerva baja la mirada.

–¿Y eso es lo que quieres?

Eva sonríe. –Dejarte, no. Pero casarme, sí. Es lo que más deseo en la vida. Y al casarte debes ir a un nuevo hogar.

Minerva lo piensa. –¿Y es por eso que Ofelia está triste?

Eva no sabe qué responder. Tan sólo se quita un amuleto que cuelga de su cuello y se lo entrega a Minerva.

–Quiero que uses esto.

–¿Qué es?pregunta la pequeña Minerva.

A mí me sirvió para encontrar a mi futuro marido. Estoy segura que a ti también te servirá. Podrás casarte y ser feliz.

Minerva toma el amuleto y se lo pone en su cuello antes de subir por las escaleras de la casa.

Unos rayos de luz iluminan el cuarto de Ofelia. La hermana mayor se encuentra recostada, con la mirada perdida. Escucha que tocan a la puerta pero decide no abrir. Minerva no insiste.

Medianoche. La casa de la familia Carvajal se encuentra en absoluto silencio. La única despierta es Ofelia, parada frente a la ventana con su espigada figura. En su mano derecha sostiene unas tijeras que levanta con determinación. Comienza a cortar su cabello de forma frenética hasta quedar prácticamente calva, con algunos mechones dispersos por su cabeza. Deja las tijeras, sale de la habitación y camina sigilosamente con su alargada figura por el gran pasillo, dejando algunos cabellos en el camino. Desciende hasta el consultorio de su padre. Saca un frasco con un líquido verdoso que extrae con una jeringa. Toma un bisturí y vuelve a subir por las escaleras. Entra sigilosamente al cuarto de Eva quien duerme plácidamente a un lado de su majestuoso vestido blanco. Con gran delicadeza le clava la aguja por la que introduce el líquido lentamente. Eva abre los ojos y observa a su hermana enfrente de ella. Quiere moverse y gritar, pero no puede. Pánico. Ofelia saca el bisturí.

Con una mirada fija y ausente, Ofelia aprecia frente al espejo cómo luce con el vestido blanco. En su cabeza parece tener una peluca, pero se trata de la impecable cabellera de su hermana, que le ha arrancado con todo y el cuero cabelludo. Unos hilos de sangre se deslizan por su frente.

Año 2020. La historia de la tía Ofelia es contada por la voz profunda de Beatriz; voz que contrasta con su rostro de suaves facciones que parece pertenecer a otra época. Beatriz concluye diciendo que Eva murió a los pocos días, mientras Ofelia acabó en un manicomio donde, años más tarde, también murió. Beatriz recuerda haber acompañado a su abuela con la tía Ofelia, y tener pesadillas constantes con esa mirada penetrante que la acompañó en sus noches más largas. El silencio propio de la narración se rompe al destaparse una botella de champagne, que hace soltar más de una carcajada nerviosa. Beatriz se encuentra cenando con su futura esposa: Nancy; Ulises, mejor amigo de Beatriz, casado y con hijos; Antonio, amigo de Nancy, gay y soltero; y Roxana, amiga de Nancy desde la infancia. Nancy se muestra muy orgullosa porque su boda será la primera entre personas del mismo sexo, dentro de una familia conservadora de la “gran alcurnia” poblana. Del lado de Beatriz, en cambio, no sólo será la primera unión gay, sino que será la primera boda desde hace 90 años porque tanto su abuela como su padre, decidieron no casarse. Brindan por eso.

Día de la boda. El papá de Beatriz (Federico), un sesentón juvenil que vive en Europa, llega acompañado de la abuela Minerva de 77 años, y por una atractiva española, a quien le dice con cierto cinismo que sólo se hizo cargo de Beatriz porque la mamá murió. A Beatriz no le molestan los comentarios de su papá, al contrario, es claro el cariño que se tienen. Minerva se acerca a su nieta para decirle, con cierta preocupación, que no tiene que casarse. Beatriz le sonríe a su angustiada abuela aclarando que no tiene que hacerlo, pero lo quiere hacer. Minerva suspira y no insiste.

Durante la ceremonia, la hermana de Nancy (Mariana) menciona en su discurso cómo rechazaba la preferencia sexual de su hermana menor porque no iba con sus creencias personales, pero finalmente se dio cuenta que su felicidad iba más allá de cualquier ideología o creencia religiosa. Un chamán vestido de blanco, formaliza el enlace pidiéndoles que repitan en latín: “Nunc tuum est sanguis sanguinem meum, et nos in matrimonio sancto est” (Ahora tu sangre es mi sangre, ahora estamos unidas en sagrado matrimonio). Al momento que las declaran como una pareja formalmente casada, las velas del recinto se apagan y se vuelven a prender.

Beatriz baila con su papá en la pista de baile; se les acerca Roxana quien coquetea de forma evidente con Federico, ante la mirada de desprecio de la joven española que lo acompaña. Minerva observa toda la acción. Nancy deja los brindis por un momento, para sentarse a un lado de su nueva “abuela”. Minerva agradece el gesto mientras le pregunta por la joven que baila con su hijo y su nieta en la pista. Nancy sonríe al darse cuenta de que Roxana siempre causa estragos. Aclara que se trata de su mejor amiga, Roxana. Observa el amuleto que cuelga del cuello de Minerva.

–Es hermoso –dice Nancy.

Minerva se lo quita y se lo enseña para que lo toque. Mientras Nancy lo sostiene fascinada.

–Me lo regaló mi hermana… Eva.

Nancy sonríe con cierta angustia al recordar lo que pasó y se lo devuelve de inmediato.

Más noche, en el cuarto de hotel donde se han quedado para celebrar el enlace, Nancy rechaza el acercamiento romántico de Beatriz, a pesar de que es su noche de bodas. Deciden descansar, “ya mañana se sentirá mejor.”

Beatriz despierta unas horas más tarde al escuchar un sonido incesante de lo que parecen ser unas tijeras. Revisa en todo el cuarto pero no encuentra nada. Sale de la habitación. Silencio absoluto. Al final del pasillo, cerca de los elevadores, una mujer de bata blanca se atraviesa causando una profunda impresión en Beatriz.

Al pasar de los días, la personalidad de Nancy cambia: se muestra irascible y malhumorada. Beatriz expresa, con la sutileza que la caracteriza, que no han tenido sexo desde que se casaron. Nancy no quiere hablar al respecto; es un tema que la incomoda, como si fuera algo sucio y denigrante.

Beatriz llega a su trabajo en una importante firma de abogados. Tiene una junta de consejo donde ella será la encargada de presentar. Ya está todo listo, galletas, café, agua, proyector instalado. Beatriz acomoda su cabello por detrás de la oreja, y al observar su mano, se da cuenta de que el cabello se le ha desprendido de su cabeza. Asustada, se quita otro mechón de pelo, luego otro, sus colegas la observan sorprendidos. Beatriz observa su cabello deshaciéndose entre sus dedos. Pide auxilio. Despierta con la respiración agitada. Nancy la observa fijamente y Beatriz quiere contarle lo que soñó, pero Nancy se voltea para seguir durmiendo.

Por la mañana, antes de ir a trabajar, Beatriz encuentra cabellos esparcidos por su departamento sin tener idea a quién pertenecen. Le pregunta a Nancy, pero a ella no parece preocuparle.

Nancy recibe la visita de Antonio, quien desea saber cómo se siente con el matrimonio; pero Nancy se comporta burlona y grosera, mostrando una desconcertante homofobia que no había demostrado antes. Antonio la desconoce y decide alejarse pensando que sus cambios son por culpa de Beatriz.

Sintiéndose confundida por la actitud de Nancy, Beatriz busca el consejo de su amiga Roxana; pero al llegar a su casa la descubre con Ulises. Beatriz se decepciona de su amigo, quien había prometido cortar de tajo la costumbre de tener relaciones extra maritales.

Ahora busca a la persona que menos imaginaba: su conservadora cuñada. Mariana parece mostrar cierta empatía, diciendo que es normal que las parejas cambien después de casarse, pero es una etapa que está segura se le pasará pronto.

Roxana se ha quedado sola y como parte de su ritual para olvidar los momentos de hartazgo, comienza a beber vino. Mientras camina zigzagueante, se le aparece la escalofriante imagen de la mujer vestida de blanco, y cae por las escaleras, clavándose un pedazo de metal en el rostro.

Beatriz llega con Mariana al hospital para acompañar a Nancy, quien fue la primera en enterarse del accidente. Roxana ha quedado desfigurada, pero Nancy se los dice como si esa amiga de tantos años fuera ajena a su vida. Mariana toma a su hermana de los hombros.

¿Qué te está pasando?

Nancy la observa de arriba abajo y sólo le dice:

Tu cuerpo me da asco.

–¡No me hables así, soy tu hermana mayor! –grita Mariana ofendida.

Nancy la observa con desprecio y se va del hospital, sin escuchar a Beatriz que intenta detenerla. Mariana, sobrepasada por sus emociones contenidas, le habla por teléfono a su marido para que pase por ella. Beatriz se tiene que regresar con Ulises.

Ulises arrepentido, habla con Beatriz, quien también se disculpa por juzgar cosas que no son de su incumbencia. Tal vez, todo tiene que ver con lo que está pasando en su matrimonio, algo malo, y piensa que la tía Ofelia tiene algo que ver. Ulises ríe por la ocurrencia. Beatriz sabe lo absurdo que suena, pero algo le dice que es cierto. Ulises le propone, seriamente, que investigue lo que realmente pasó con su tía Ofelia.

Mariana va en el auto con el misógino y homofóbico de su marido, quien asegura que el cambio de Nancy es porque terminó casada con una mujer. Mariana piensa que su hermana iba a terminar mal de cualquier forma, ya fuera como drogadicta, alcohólica, con hijos no deseados, o enferma de sida. “Ser una desviada sexual fue lo menos peor”. La catarsis de Mariana sacando todo el resentimiento hacia su hermana menor se ve interrumpida por una mujer que se aparece a mitad del camino; Humberto da un volantazo. Gritos de angustia. La pareja muere de inmediato al estrellarse contra un poste de concreto.

Durante el velorio de Mariana y Humberto, Nancy se mantiene seria, sin soltar ni una lágrima. Se percibe pálida y confundida, como si estuviera librando una batalla en su interior. Beatriz toma la mano de Regina, hija de Mariana que ahora ha quedado huérfana. Mientras rezan el Rosario, Beatriz recibe una llamada de su abuela, quien le pide que vayan a su casa. Beatriz le explica lo que ha pasado con Mariana, y el incidente con Roxana. Minerva lo sabe. “Por eso quiero que vengan a casa.

Beatriz, Nancy y Regina llegan a la enorme y desgastada casa de los Carvajal donde ahora vive la abuela Minerva con 23 gatos. Minerva le dice a Nancy de forma enfática: “Ésta es tu casa”. Cuando Regina observa a los gatos, Minerva bromea con ella diciendo: Sí, soy la señora loca de los gatos”. Nancy se percibe cansada, como derrotada, y sólo pide que la dejen descansar. Sin que Minerva le diga nada, Nancy sube las escaleras hasta el cuarto de Eva.

Nieta y abuela se quedan solas. Minerva le cuenta la otra parte de la historia de Ofelia, aquella que la familia había querido ocultar.

Resulta que Ofelia estaba enamorada de la hija de un hombre que trabajaba para su papá. Fue la propia Minerva quien descubrió el efímero romance y sin imaginarse lo que pasaría, se lo dijo a sus papás. A pesar de las súplicas de Ofelia, su papá mandó al hombre y a su hija muy lejos. Ofelia quedó con el corazón destrozado y el día previo a la boda de su hermana, aquella que todos consideraban perfecta, tuvo el famoso arranque de locura. Con lágrimas en los ojos, Beatriz entiende todo. “Entonces ha sido Eva todo este tiempo. ¿Y cómo nos podemos librar de ella?” Después de un profundo suspiro, Minerva le cuenta que a ella le pasó lo mismo con su abuelo. Celebraron un enlace simbólico para confirmar su amor, pero a los pocos días su personalidad cambió. Rechazaba al abuelo, que al parecer no era del agrado de su hermana Eva, y para expulsarla, tuvo que deshacer su enlace y alejarse de él. Beatriz se angustia por esa sea solución, no quiere romper su matrimonio con Nancy, ni alejarse de ella.

Minerva ha pensando en otra solución. Le explica que Eva no ha entrado en un estado de conciencia. De momento, se encuentra confundida sin saber exactamente quién es. Pueden lograr que salga del cuerpo de Nancy, y se quede en la casa. Pero deben tener cuidado porque es probable que quiera hacerle daño al confundirla con la mujer que acabó con sus sueños, y su vida.

Nancy despierta en el cuarto de Eva. Se levanta y camina hacia el espejo. No entiende por qué tiene esa imagen y lanza un grito de terror. Beatriz escucha el grito y corre en auxilio de su esposa. Nancy golpea su frente en el espejo una y otra vez, llega Beatriz y la encuentra con la frente ensangrentada.

Minerva, con toda calma, se levanta y toma el amuleto que se encuentra en el buró, a un lado de la cama.

Nancy, presa de una ira descontrolada, toma un pedazo del espejo y se abalanza contra Beatriz. La persecución se extiende por toda la casa.

Beatriz queda finalmente atrapada, sin poder mover sus brazos. Nancy la toma de su cabello y levanta el pedazo de espejo dispuesta a cortarle su cuero cabelludo. El vidrio comienza a desgarrar la delicada frente de Beatriz. De pronto, se escucha la voz de Regina.

–¿Tía?

Tanto Beatriz como Nancy voltean hacia Regina que se encuentra atrás de ellas, tomando la mano de Minerva. Nancy parece reaccionar. Minerva levanta la voz.

–Ya es momento de que te vayas a tu nuevo hogar.

Nancy la observa sorprendida. Minerva insiste.

Ya es tiempo de que vivas en tu nuevo hogar.

Lo repite una y otra vez, mientras Nancy tose asqueada. Parece que se va a ahogar; comienza a vomitar pelo. Los gatos la observan. Nancy vomita más pelo que jala con sus manos para no ahogarse. Beatriz observa aterrada. Nancy tiembla, y poco a poco va saliendo una masa viscosa de su boca. Se trata del espectro esquelético de Eva. Al levantarse, se dirige a Minerva y Regina. Minerva cierra los ojos. Eva le acaricia el rostro como lo hizo cuando era niña. Minerva le vuelve a repetir: “Ya es tiempo de que vivas en tu nuevo hogar”. Eva voltea con una mirada aterradora hacia Regina, quien grita asustada. Eva parece no entender lo que pasa, se tapa los oídos para no escuchar los gritos de Regina y se le comienzan a caer los cabellos. Se va desintegrando poco a poco hasta que termina lanzando un grito aterrador que se mezcla con el de Regina. Beatriz corre hacia Nancy que llora desconsolada. Se abrazan. Regina se abraza de la pierna de Minerva. Minerva se queda respirando de forma agitada; observa que Regina la abraza, y le acaricia la cabeza. Lo último que queda de Eva es su vestido que termina desintegrándose poco a poco. Al parecer, todo ha terminado.

En el camino de regreso, Beatriz toma la mano de Nancy con su mano derecha, y el volante con la izquierda. Regina, que viene sentada atrás, rompe el silencio.

–¿Dónde voy a vivir?

Beatriz y Nancy se miran curiosas.

–En la casa, con nosotras –dice Nancy.

Regina se muestra pensativa, como si la respuesta no le significara nada.

–¿Y me podré casar?

Beatriz y Nancy se voltean a ver con una pequeña sonrisa.

–Sí. Claro –dice Nancy.

–¿Con un hombre?

Beatriz y Nancy se miran.

–Sólo si es la persona que amas –contesta Nancy.

–Y es lo que tú quieres –aclara Beatriz.

Regina se muestra determinada.

–Sí, es lo que más deseo en la vida.

Beatriz y Nancy se miran con cierta angustia. Regina observa por la ventana mientras acaricia suavemente el amuleto que ahora cuelga de su cuello.

    Antonio Arenas

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