Definir la medicina personalizada

Según datos de las Naciones Unidas, la esperanza de vida se ha incrementado en más de 20 años desde mediados del siglo XX. En este sentido, el Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de este organismo relaciona las vidas más longevas con aquellas más saludables, productivas y felices en el informe Population Facts de abril de 2012.

Este envejecimiento general de la población conlleva un aumento de la demanda de servicios sanitarios. Además, el aumento de enfermedades crónicas — altamente relacionadas con el estilo de vida occidental — también requiere la dedicación de gran parte del presupuesto de los sistemas nacionales de salud.

Así, un amplio sector de la población (el de mayor edad) requiere de un seguimiento constante de su estado de salud y otra gran parte tiene la necesidad de corregir su estilo de vida con el objetivo de evitar enfermedades crónicas.

Éstas son las premisas, el contexto, los problemas que viene a solucionar la llamada medicina personalizada o e-health, definida por la Organización Mundial de la Salud como “el uso de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) para la salud”. A partir de otras fuentes, se podrían añadir a la definición aspectos como el “cambio del rol de paciente a parte activa de los cuidados médicos” y la “monitorización continua del paciente”.

Así, los problemas que se vienen a solucionar solo están presentes en el primer mundo (ver la esperanza de vida de otras regiones del mundo en el informe Population Facts y la incidencia del “estilo de vida” en la salud de la población no occidental). Aunque solo nos centremos en el primer mundo, el enfoque actual de estas tecnologías dejaría fuera a amplios espectros de la población y aumentaría la brecha digital.

¿Son estas razones para rechazar el uso de las TIC en la salud? No, pero es necesario definir la medicina personalizada como un conjunto de tecnologías aplicadas a la salud con el objetivo de universalizar el derecho a la salud, hacer sostenibles los sistemas nacionales de salud y asegurar el bienestar de las poblaciones.

Para ello, los parlamentos y gobiernos nacionales deben liderar la investigación y el desarrollo de estas tecnologías a través de políticas públicas, obligando así a los actores privados a seguir una senda ya marcada.