¿Por qué dejé la Bauhaus?

Les quiero compartir que hace unas semanas decidí dejar la carrera de artes Plásticas en el Universitario Bauhaus. Y se los comparto porque hace 8 meses compartí muy feliz que estaba por entrar. ¿Y por qué dejarla entonces? Bueno, la forma corta de explicarlo es que el destino es el mismo, sólo que decidí cambiar de camino.

El destino para mí sería el arte o la creación, como quieran llamarle. El camino que elegí hace 8 meses fue la Bauhaus, la vía institucional. Y hace un par de semanas decidí que ese no era el camino por el que quería continuar, así que ahora seré autodidacta.

Trataré de explicar todo lo que quiero de la manera más concreta posible. Here we go.

Es importantísima una primera aclaración: No creo que la escuela sea negativa en todo sentido ni que todos deberíamos estar hartos de ella o abandonarla. En la escuela se aprende de lo bueno y lo malo que tiene. Se aprende de lo bueno con profesores excelentes, ya sea en su materia, como personas, o ambos. Se aprende de los compañeros con los que se comparte el aula. También se aprende del sistema, de cómo funciona la administración de una institución. Y se aprende de las mentiras y de los malos profesores.

Lo que yo estoy diciendo aquí, es que PARA MÏ ya fue suficiente escuela, y que para el caso concreto del arte, hay muchas formas de acceder a él y no es necesaria la “educación institucional”.

El típico sueño frustrado

Soy un cliché. Como muchas y muchos, de chiquita quería ser artista (la verdad, primero quería ser veterinaria, pero ese no es el punto), pero mi sueño se rompió, en resumidas cuentas, por el típico prejuicio de “Ese no es un trabajo de verdad” y “de eso no vas a vivir”. Así que desde muy chica me reprimí para ya no tener ese deseo y de pasarme dibujando horas y horas en la infancia, dejé de hacerlo.

En la preparatoria volví a dibujar con cierta frecuencia e incluso a buscar formas para aprender por mi cuenta. Por mi cabeza pasó estudiar artes pero no lo hice, nunca lo consideré en serio. Yo me decidí por estudiar comunicación. Tenía sueños puestos ahí también, no es como si el arte fuera lo único y de ahí viniera pura desdicha, tampoco soy un cliché tan grande.

El punto es que dejé de dibujar otra vez, pero pensé en cambiarme de carrera unas 10 veces porque (ahora lo sé) en el fondo me quedé con la espina de seguir ese otro camino. Mi consuelo final fue decidir trabajar en la gestión cultural. Pensé: “Si no voy a hacer arte, puedo promocionarlo”.

Conclusión de estas anécdotas:

  • Desde niña se me arraigaron prejuicios negativos sobre lo que significaba ser artista
  • La escuela y la carrera universitaria tenían un gran peso para mí. Esa era la única vía para el éxito, para la acreditación en muchos sentidos, y cambiarme de carrera hubiera sido desprestigiado para ese mundillo que me creé en mi cabeza.
  • La idea de hacer arte o vivir de él nunca se fue. De hecho, no lo cuento aquí pero siempre ha sido mi mayor ilusión y pasión en la vida, aunque yo ya no dibujara. El arte era (y es) lo máximo para mí.

¿Madurar es dejarlo ir?

Ya que tenía en tan alta estima al sistema institucionalizado de la educación y no quise irme de Puebla para estudiar, encontré la Maestría en Estética y Arte de la BUAP, que era lo más cercano a lo que quería aprender en ese momento.

Dos años de esa maestría me enseñaron muchas cosas de la vida y pues claro que también sobre teoría del arte. Otra cosa importante fue que ahí conocí a varios artistas que me aportaron valiosas reflexiones sobre la academía, la teoría y el arte como: “Yo estoy aquí porque quería mejorar mi arte pero ahora sólo estoy más confundido” “Esto en la práctica no es así” y otras cosas valiosísimas, que resumían ideas muy esperanzadoras como que cualquiera puede hacer arte, incluso sin formación teórica y trabajando con los materiales que fueran que se tuvieran a la mano.

Igual nada tenía mucho sentido. Yo entré en depresión lentamente por esas épocas y cuando logré salir, mis intereses prácticos estaban enfocados en ser periodista y claro, de preferencia periodista cultural.

Según yo, al menos ya era más realista. Armar exposiciones es genial, eso podría hacer. Y si quería hacer algo artístico, la fotografía era la opción. Ya tenía las bases y una cámara, porque justo en ese tiempo fue que hice una de las mejores cosas en mi vida: Decidí que me compraría una cámara semiprofesional y haría foto sin importarme si sabía o no.

¿Ven lo importante que era para mí la educación? Si no había estudiado arte, no podía ser artista. Si no había estudiado fotografía, no podía ser fotógrafa. Por fortuna, la decisión, según yo impulsiva y apasionada de comprarme la cámara y hacer foto me abrió la puerta para tomar talleres y empezar a sacar series de fotografías para mí y hasta para publicarse en Lado B.

Conclusiones de estas anécdotas:

  • Con la maestría aprendí que la educación institucional no era necesariamente una solución, pero paradójicamente, yo continuaba en mi interior teniendo altas expectativas y valoraciones sobre ella.
  • Una decisión casi impulsiva me llevó a tomarme la fotografía en serio y eso me hizo una persona feliz. Algo que no noté antes, por desgracia, pero seguir al corazón es siempre la mejor decisión.

Por fortuna las cosas llegan cuando tienen que llegar. Creo.

Tuve la suerte de ser parte oficialmente de Lado B. Ser periodista es algo que realmente quería hacer. Insisto, que aunque el arte siempre ha estado en mi cabeza, tengo otros amores. Además terminé en el mejor escenario, cubriendo la fuente de arte y cultura.

Salí de la depresión y todo comenzó a girar positivamente. Unos meses después de encontrar este nuevo trabajo se me ocurrió participar en la convocatoria de Adopta/Adapta de la Capilla del Arte de la UDLAP.

Fue un episodio feliz en el que seguí el sabio consejo de crear algo con los recursos disponibles, en ese caso, la fotografía y la colaboración con otras maravillosas personas inteligentes y creativas. Entonces llegó de nuevo la incertidumbre. ¿Qué estoy haciendo por aquello que me gusta tanto? Esa convocatoria, aunque linda, no parecía ser suficiente.

Después de darle muchas vueltas decidí que me iba a poner a estudiar fotografía (sí, porque de nuevo la educación y la formación institucional eran esenciales para mí y no me bastaba la experiencia que ya había adquirido en los últimos años).

La idea era tomar cursos sabatinos en la Escuela Activa de Fotografia. Estaba muy decidida y ya había organizado todo para que sucediera, eso aunque unas semanas atrás había vuelto a plantearme ¿Podría meterme de nuevo a una licenciatura?Y de pronto me enteré que la Bauhaus abría su modalidad abierta para la licenciatura en Artes Plásticas. Ya no había excusas.

Conclusiones:

  • Nunca lo había reflexionado así, pero la verdad es que para mí, la única forma posible para cumplir cualquier sueño, tenía que pasar por la aprobación de alguna institución y entre más formal el título, mejor. Eso queda demostrado porque tomar un taller parecía no tener validez y el simple hecho de pertenecer a alguna universidad ya parecía ser suficiente.
  • Dejé la idea de la fotografía de lado por la de las artes plásticas. No es que no me guste la fotografía o que sea un mero reemplazo. Lo que sucede es que tengo (o tenía) una enorme deuda personal con el hecho de que no tomé el camino de las artes plásticas ni siquiera en la práctica. Era un asunto pendiente de ese tipo que te dejaría atrapado como fantasma en pena si murieses antes de resolverlo.

Aprender que estoy adiestrada y desaprenderlo después

¿Qué aprendí en esos 8 meses en la Bauhaus? Algunas cosas, más que aprenderlas, fue como un proceso de reconocimiento consciente.

  • A mí ya no me interesa la parte de la teoría (al menos no desde la escuela)

Dos años en la maestría no me hicieron una súper experta, pero definitivamente tuve suficiente. Mi deseo es aprender a hacer, no intentar hacer a partir de algo que pienso y que constantemente será acribillado para evaluar si es verdad o no.

  • El arte no tiene una fórmula

La producción artística trabaja con técnicas y materiales que pueden conocerse y aprender a manejar de maneras muy concretas. Pero ese conocimiento es limitado. Es decir, que aunque sepas exactamente cómo usar el acrílico y el grafito, eso no hará que en automático tu mano dibuje o pinte, ya no digamos una obra de arte, sino una pieza que al menos te guste a ti mismo.

Por supuesto que se necesita empeño y voluntad para la parte explicativa, pero el resto se trata de la disciplina y la constancia en la práctica. Así que aunque sepas cómo se mueven los músculos y la forma que tienen, quedará aún muchas horas de práctica para dibujar un cuerpo humano en movimiento de la forma anatómicamente correcta.

  • La educación no te asegura la creatividad

Eso ya lo he dicho, que incluso puede ser contraproducente. Pero más allá de eso, no hay tampoco que subestimar la educación formal.

Cuando veo arte, poco me interesa indagar sobre la educación del artista (al menos ahora), porque sé que lo más importante es su proceso creativo y eso es complejo. No es sólo todo ese proceso como tal de crear la pieza sino de ¿Cuál fue el proceso en su cabeza? ¿Qué ideas, qué imágenes ayudaron a desarrollar ese trabajo en la vida real? Y eso no se aprende en ninguna escuela.

Es tonto subestimar al artista autodidacta, al artista que no puede hacer composiciones realistas o incluso “correctas” anatómicamente. No todos destruyen la forma a partir de conocerla desde la teoría, a veces la destruyen desde la experiencia y eso no es menos valioso.

Y estas son las cosas a tono personal que aprendí en esos meses…

Desde toda la vida me pasé comprando materiales y libros sobre arte (no de teoría, sino, especies de manuales prácticos) pero así como los compré, simplemente se quedaron guardados en alguna caja y no vieron la luz nunca más, hasta esta nueva etapa. Y me sorprendí pensando lo siguiente: “Ahora sí podré usar esto” “Ahora sí podré leer este libro”. Como si ser formalmente alumna de esa carrera en una institución, fuera el único y sencillo requisito y/o justificación que podía tener para usar o explorar esos materiales y leer esos libros.

No sé si se entienda la gravedad de esa situación.

Eso es una mentira, por supuesto. Nadie necesita la aprobación de las instituciones para hacer lo que quiere, para aprender lo que quiere y menos para crear o ser creativo. Pero esa era la mentira en la que estuve viviendo durante toda la vida.

La misma voz me decía “Ya no habrá reclamos porque esto es estudio, esto ahora es un deber” “No sólo estoy dibujando, estoy trabajando, estoy haciendo tarea”. Aún no descubro si este pensamiento viene de una realidad o simplemente de esa mentira construida en mi cabeza, el punto es que tenía la idea de que si yo me ponía a dibujar, sin estar en una escuela, fácilmente alguien podría decirme: “¿Por qué no trabajas en algo en vez de perder el tiempo? Haz algo productivo” Sentía que necesitaba una justificación, porque el dibujar no podía ser una actividad valiosa o productiva, sino una actividad de ocio o una pérdida de tiempo.

Afortunadamente, esas mentiras se rompieron en el momento que me sorprendí pensando esas simples frases.

En el lado positivo: El simple hecho de haber tomado la decisión me tenía infinitamente feliz y durante los primeros meses, extremadamente motivada. Perdí mucho miedo.

Solté mi mano, ataqué a la hoja en blanco y poco a poco dejé de temerle a mi duro juez interior. Deje de despreciar mi propio esfuerzo y dejé de compararme con los demás (o al menos ya tengo una perspectiva muy diferente sobre eso). Aprendí a explorar, a soltarme sobre las ideas y sobre la posibilidad de los materiales.

Claro que hay que aprender y hay muchas formas de hacerlo.

¿Por qué me salí entonces de la Bauhaus?

Bueno, los últimos meses me sentí muy presionada por aquello de las tareas formales. Y perdí motivación. Además de que llegó ese momento de preguntarme ¿Para qué hago esto? Es decir, estoy dibujando, se siente bien ¿Y luego qué? ¿Hacía donde voy?

Pocas cosas tenía totalmente seguras: No pienso dejar de dibujar, pase lo que pase, quiero seguir aprendiendo y ya tuve suficiente de la escuela.

Desde que hice público que entraría a la Bauhaus, muchos artistas cercanos a mí me dieron su apoyo y algunos incluso me ofrecieron su ayuda o me invitaron a sus talleres. ¿Y saben qué? Yo me sentí no sólo feliz sino afortunada. Para mí es realmente un privilegio conocer a todos aquellos artistas y más aún, recibir invitaciones de ellos para aprender. Y poco a poco me acercaré a ellos, por supuesto.

Anunciar mi salida en la Bauhaus, al menos para mí, significó un momento feliz. Cerré el círculo.

Dejo la Bauhaus pero no abandono el arte. Ahora iré a mi ritmo. Leeré tantos libros pendientes, exploraré con el material y tomaré talleres. Y tal vez continúe pensando que ya es demasiado tarde para mí, porque no tengo el mismo tiempo libre que en la adolescencia, y tal vez seguiré preocupada porque no sé hacía donde voy con todo esto pero… ¿Voy a sentir eso mientras me tiro al piso a sólo pensar y seguir dejando que pase el tiempo? ¿O voy a sentir esto mientras voy lento caminando, dibujando y aprendiendo? Mejor la segunda opción.