Bloodborne

Nos sentábamos por ahí esperando la vida pasar, el cuerpo gastar y al amor renunciar. No elegimos porque ya estábamos destinados a ser, la cuerda roja nos mantenía unidos, pero no nos amábamos.

Maldecíamos al dios todopoderoso y celestial que nos aprisionó toda la eternidad. Nuestros cuerpos se habían vuelto uno y nos desagradaba la idea. No podía cortar la cuerda, estaba condenado a sufrir.

Y cuando toqué tus labios me sentí otra persona, una versión distinta de mí mismo. Ya nada podía cambiar ésto, el futuro nos pendía de un hilo y eramos sus benefactores. No sería lo mismo que antes, lo sabía, sin embargo luché por adentrarme en el pecado, irme al infierno. Lo deseas, lo sientes, lo necesitas y lo sabes.

Ella estaba ahí, la presa indefensa, el elixir sagrado, la sangre renovada. Sólo bastaba con besar sus labios y pasar a vida inmortal de recuerdos encontrados y futuros inciertos. Pero tenía miedo, sentía que me comprimía el pecho, me atosigaba y no podía respirar. Duele pero sigue ahí lo ansiado, lo letal y vivido en ese pedestal de marfil. Estás adorando a la diosa para que te de una nueva chance de vida.

No tienes las agalla suficientes para profanar el cuerpo de un semi-dios por el miedo absoluto de no poder recobrarte, de no salir. De no ser el mismo porque ya ella clavó su mirada, te tiene tentado con el fruto en sus manos pero te ciegas, pierdes el paraíso. Pierdes todo. La serpiente se desliza sobre tu cuello esperando la mordida.

Y lo único que quiero es morir. Morir sabiendo que pude llegar a un clímax existencial en mi vida terrenal. Sobrepasar el raciocinio y darme cuenta de que mi vida se evaporó.

Sabiendo que fui alguien en algún punto de mi vida, convertirme en leyenda, en recuerdo o en nada. Pero ser parte, de algo olvidado, presente o de un futuro.

Exiliarme al cosmos y por fin desaparecer. Que cada pie firme que transite la tierra empiece a desvanecerse, morirse cada miembro de mi cuerpo como hoja de otoño que cae en vaivenes hasta depositarse en el suelo.

Sucumbí a la tentación y comí la manzana brillante, mordí a la serpiente, besé y rompí el espejo. Su cuerpo se me difuminaba en el espacio cósmico y espectral que nos rodeaba en ese momento de almas que arden. Su cabello se asfixiaba entre mis labios pululantes y movedizos, aguardaban la carne caliente de piel pálida, esperando que los dientes dejen marca.

Las lenguas se trenzaban y las uñas lastimaban pero ya nada era real, aquel cóctel de color burdeos y aullidos resquebrajantes era alucinación de carne extasiada y trémula, un sueño frágil, una verdad incómodamente existente.

Lo único que nos iluminaba era una pequeña lámpara de escritorio, bastaba con su luz para reflejar siluetas danzantes en la pared que se volvían una, se separaban y se estremecían al chocar. Jugábamos con las sábanas, nos ahorcaban, nos protegían, nos escondían.

De repente su piel se convirtió en una áspera corteza vegetal, su rostro comenzó a oscurecerse y sus miembros a afinarse. Aspiraba su aliento frío mientra se convertía y me atrapaba con sus uñas largas y derruidas, el iris de sus ojos se volvió color miel y su pupila se afinó.

Nacía el demonio, rompía su crisálida, nos deslumbraba con su verdadera forma.


Qué bello es morir.

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