Lamentos apagados

La consigna era producir un texto de una sola carilla y que contenga la frase: “Un profesor entra a una clase, toma lista, se larga a llorar y sale corriendo”, narrado en segunda persona.

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Recuerdo cuando entraste a la clase y tomaste lista, te largaste a llorar y saliste corriendo, chocándote las puertas del instituto.

Con una gota mojándote la mejilla y exclamando entre sollozos, “¡Lo siento pequeña, perdóname por favor!”, te arrastrabas de rodillas por el pasillo y con el rostro perturbado de lamento, ponías las palmas contra la pared entretanto los ojos perplejos de los alumnos te enjuiciaban. Recordabas entre vertiginosos flashes de luz, la tragedia ocurrida mientras los profesores de turno intentaban asistirte, en el vano intento de regresar pequeños fragmentos de cordura en alguien sacado de sus casillas temperamentales. Como alguien parecido a una víctima de historia insidiosa o de un humillante vodevil, enunciabas su nombre con todo el esfuerzo que te permitían los pulmones rebozados de nicotina, “¡Sofía! ¡Sofía! ¡Perdóname por favor!”. La memoria, ese don divino que convierte individuos sanos en víctimas del abismo oscuro del recuerdo, replicaba en tu aquejada cabeza las imágenes hirientes borradas de tu cerebro. Aquellas esquirlas del pasado grabadas en cada neurona, una porción de un antes que se abre paso en tu cabeza y se alimenta del deseo imperante de olvidar. Y ahí estaba tu hija, con los ojos llenos de resplandeciente luz siendo apagados lentamente durante el tiempo en que el agua desbordaba, los dedos se le hinchaban y perdían pulso. Estaba enteramente sola en un entorno hostil que dañaba sus cimientos vitales. Es por eso que reaccionó de esa forma tan egoístamente cruel de dejar que la canilla de agua entibie sus dolencias. Sin embargo todo iba a acabar pronto, su sufrimiento necesitaba una salida prematura y con ella, su entidad en forma física. Sé que no sostenía a la vida como un regalo, sino como el peor castigo que un ser biológico podía soportar, por eso tras tener el cuerpo completo bajo el agua suspiró, agarró un cuchillo y derramó en el agua un rojo lleno de vida, que al tocar fondo fue teñido por el lúgubre espectro de su interior.

Cuán amenazante puede ser una palabra, un nombre siquiera de alguien sin ninguna relación con nosotros, que puede desencadenar el peor de los miedos o las más retorcidas tragedias.

Al leer el nombre de tu hija en la lista, tu cerebro para nada compañero mostró en tus retinas, el momento en el cual volvías de trabajar para tan solamente encontrar el remanente de tu hija infeliz, naufragando en el espiral de sus pensamientos.

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