Una noche visceral

Nadie lo vio llegar, todos estaban cegados con sus emociones de plástico y sus nuevas falsas historias sociales.

Hasta que el cráneo crujió cuando el martillo lo golpeó.

-¡No por favor, no! ¡Te lo pido de rodillas!

Pero ya era tarde, ¿no les parece? Con un movimiento desquiciado rompió y penetró el lóbulo frontal de su víctima.

Y danzaban las lagrimas de los seres queridos, correteaban las gotas de lluvia aquella noche en la fiesta exorbitantemente asquerosa. Fue gracioso les digo, como algo de película, el tipo arremetió con todos mientras refrescaban su sórdida garganta.

La mirada, tendrían que haberla visto. No era de enojo, ni de furia, ni de venganza. Era una mirada vacía y fría. Ni siquiera sonrió tras quebrarle el cráneo y darle muerte a su víctima, justo cuando los vasos de alcohol barato caían lentamente al suelo.

Todos estábamos callados y abrumados, tanto por el hecho del asesinato a sangre fría como por el susto que emergió del cuerpo de la víctima al verlo aproximándose. Dejó de hablar con su frígida objeto sexual descartable de una noche, para arrodillarse y pedir clemencia.

Vestía graciosamente un traje muy fino, limpio y arreglado. Su corbata era de color rojo sangre y llevaba una impecable camisa blanca, conforme a la mirada seriamente sepulcral que adornaba su rostro.

En un instante como si fuese por mágica negra, la lluvia comenzó a caer y los primeros truenos a repicar, justo cuando cruzó la puerta. Sin empujar a nadie, sin dar gritos y sin mostrar nada.

De un túmulo de gente salió y se dirigió hacia el centro del lugar mostrando el martillo, casi al lado de su víctima.

Iba completamente peinado y perfumado como si se hubiese equivocado de fiesta y en vez de ir a una formal, terminaba en ese lugar de mala muerte con personas vistiendo camisa a cuadros y jean.

Pero fue gracioso les digo, el tipo le reventó el cráneo y el cerebro estalló salpicando todo el vestido de la desechable que la acompañaba, echando alaridos mientras todos quedábamos atónitos.

Por un momento entre sangre y víscera se movió, casi por un reflejo arcaico para mirar a su atacante y entre sollozos, puedo jurar que se largó llorar pero al cabo de segundos, moría de una forma tan siniestra que hasta se me hace un nudo a la garganta cuando lo cuento. Pero fue gracioso, les digo.

La conmoción fue tan grande que nadie se molestó en llamar ni a la policía porque pensábamos que era todo parte de un truco de esas caras compañías de efectos especiales, pero la sangre que se acercó hasta donde yo estaba era bien real…

El asesino se acomodó su saco y peinó su flequillo mojado, mientras nos miraba a cada uno de nosotros con esos ojos vacíos y endemoniados.

Y te digo que fue de miedo, pensábamos que iba a darle con algo a alguien más, la anfitriona de la fiesta, una colorada consentida de barrios del norte quedó tan estupefacta que se desmayó, y otros lloraban por sus padres, puf, niñitos de mamá, no parecían tan rudos y viriles ahora que Lucifer había tocado puerta.

Y qué decirles de las siliconadas que corrían hacia la salida y se tropezaban entre vestidos baratos, zapatos descomunales y grasas sobrantes. Todo se volvió caos mientras él estaba parado firmemente, al lado del muerto entretanto que la lluvia lo mojaba íntegramente.

Les digo que animó la fiesta.

Tiró el martillo y se fue por la misma salida que todos. Nadie jamás lo mandó a la cárcel, ni siquiera sabemos quién fue.

Era un ajuste de cuentas, de cuchillos clavados en la espalda.